Biblia Sagrada

El Arca y la Hoja de Olivo

El cielo tenía un color que Noé no recordaba haber visto antes. No era el gris plomizo de una tormenta de verano, ni el azul despiadado del calor. Era una palidez enfermiza, como de metal bruñido y frío, que se extendía de horizonte a horizonte sin una sola ruptura. El aire, pesado y silencioso, olía a tierra removida y a madera de ciprés recién trabajada. Él estaba sentado en el umbral de la enorme embarcación, la punta de sus dedos recorriendo las vetas rugosas de la rampa. La paz que sentía era profunda, pero no era alegre; era la quietud solemne de quien ha agotado todas las discusiones y solo espera el cumplimiento de una palabra.

Durante décadas, el arca había sido una locura en medio de la llanura. La gente había pasado, primero con curiosidad, luego con burla, y al final con un desdén molesto. Pero desde hacía siete días, el silencio había vuelto a caer sobre el lugar. Noé y su familia habían estado ocupados en el traslado final de los víveres: sacos de grano, tinajas de agua dulce, heno seco. Y luego, los animales.

No vinieron con estruendo. Fue un desfile lento, inexorable, como si una corriente invisible los guiara. Los elefantes, con sus pasos que hacían temblar el suelo, avanzaban con una tristeza profunda en sus ojos pequeños. Las parejas de lobos, con el lomo erizado, entraban sin aullar. Los pájaros, bandadas y más bandadas, llenaban las cámaras superiores con un revoloteo susurrante y el ocasional gorjeo perdido. Noé los veía llegar, comprobaba en los rollos de pieles curtidas donde su hijo Sem los anotaba con tinta, y sentía un peso en el pecho. Cada par era un universo entero, un aliento divino encerrado en pelaje, pluma o escama. Y a todos les había sido dada una quietud sobrenatural. No hubo peleas, ni ataques. El león yace junto al cordero, pensó, pero no como profecía de paz futura, sino como presagio de un fin común.

Al séptimo día, la última criatura, una pareja de escarabajos de caparazón brillante, fue recogida por su mujer y colocada en una cesta de juncos. Entonces, desde lo alto de ese cielo pálido, vino el sonido.

No fue un trueno. Fue más bien como el crujido de una costura del mundo desgarrándose. Y empezó a caer agua. No eran gotas, era como si el océano superior se hubiera invertido. Un diluvio ciego, torrencial, que en minutos convirtió el suelo en un lodazal burbujeante. Noé llamó a sus hijos: Sem, Cam y Jafet, y a sus nueras. Subieron la pesadísima rampa, y entre todos, con cuerdas y palancas, la levantaron hasta cerrar la única abertura de la nave. La oscuridad fue instantánea, rota solo por las lámparas de aceite que colgaban y proyectaban sombras danzantes de vigas y bestias.

Luego vino el ruido. El golpeteo del agua sobre la cubierta era un tambor constante, ensordecedor. Pero peor era el sonido de fuera. Primero, el rumor lejano de torrentes desbocados, de ríos rompiendo sus cauces. Luego, gritos. Humanos, agudos, desgarrados, que llegaban apagados a través de la madera. Noé se sentó en la penumbra, junto a un costado, y apretó la frente contra la tabla. Los gritos no duraban mucho. Se iban apagando, ahogados por el rugido cada vez más poderoso del agua que subía. Su mujer se acercó y puso una mano en su hombro. No dijo nada. No había palabras para ese momento. Solo el sonido de la obediencia a Dios, que sonaba a condena universal.

El arca se movió. Fue un vaivén suave al principio, luego un balanceo más decidido. Ya no estaba sobre el suelo. Las aguas la habían alzado. Noé subió, con esfuerzo, por las escalas internas hasta una pequeña claraboya sellada con resina. Raspó un poco con la uña y miró. Solo agua. Un mar gris y furioso que se extendía hasta donde la vista alcanzaba, salpicado por los picos de las colinas más altas, que pronto desaparecieron. El mundo que conocían, los caminos, los campos, las ciudades de los hijos de Caín, todo se había disuelto en esa infinidad acuática. Solo quedaba el arca, a la deriva en un abismo sin orillas.

Dentro, la vida se estableció en una rutina de suspiros y cuidados. Los sonidos de los animales se hicieron familiares: el bufido de los rumiantes, el rascado de las aves en sus perchas, el leve siseo de los reptiles. La familia repartía el alimento, limpiaba los pesebres, recogía el estiércol para secarlo y usarlo como combustible en un pequeño brasero. El aire se volvió denso y cálido, cargado de olores a humedad, a paja, a vida concentrada. Rezaban. Hablaban en susurros. A veces, uno de los hijos se quedaba mucho rato mirando una tabla del barco, como si pudiera ver a través de ella.

La lluvia no cesó. Cayó cuarenta días y cuarenta noches con una constancia feroz. El arca cabalgaba sobre las olas, subiendo siempre más. Las aguas prevalecieron de manera tan inmensa sobre la tierra que cubrieron hasta los montes más altos. Noé pensaba en el monte donde Adán fue creado, en los montes donde Abel había pastoreado sus ovejas. Ahora yacían bajo quince codos de agua, una profundidad que ni el más fuerte de los gigantes de antaño podría haber sobrevivido. Todo ser viviente que se movía sobre la tierra expiró: aves, ganado, bestias, y toda clase de reptiles. Todo lo que tenía un hálito de aliento de vida en sus narices. Todo murió.

Solo quedó el sonido del agua y el crujido de la nave.

Pasado el diluvio, la lluvia cesó. El silencio que la sustituyó fue más aterrador que el estruendo. Era un silencio absoluto, sin viento, sin pájaros, sin el murmullo lejano de la vida. El arca flotaba a la deriva en un cementerio líquido. Noé esperó. Los días se volvieron semanas. El agua comenzó a decrecer, lentamente, como si se fuera drenando por un sumidero invisible. Un día, el casco rozó algo con un largo y profundo gemido de madera. Se habían encallado. Las montañas de Ararat emergían como los huesos del mundo, desnudas y lavadas.

Abrir la escotilla fue un acto de fe. El aire que entró era frío, limpio, y olía a nada. A roca y a agua. No había perfume de flores, ni hedor de podredumbre. Era el aroma del mundo recién nacido, severo y vacío. Noé soltó un cuervo. El ave negra voló en círculos, alejándose, y no volvió. Luego soltó una paloma. Esta regresó, porque no había donde posar sus patas. Esperó siete días más, y la volvió a soltar. Al atardecer, la paloma regresó con una hoja de olivo fresca, arrancada, en el pico. La evidencia era frágil y hermosa: en algún lugar, la vida terrestre brotaba de nuevo.

Cuando por fin pisó tierra firme, el barro seco y agrietado bajo sus pies, Noé lo primero que hizo fue construir un altar con piedras lisas del lugar. No era un monumento a su supervivencia. Era un reconocimiento. El olor del sacrificio, dulce y áspero, se elevó en el aire quieto. Miró el arca detrás de él, monstruosa y quieta sobre la ladera, ya inservible. Delante, un mundo húmedo y esperanzado se extendía bajo un cielo que, por primera vez, mostraba el arco pálido de una promesa. La humanidad empezaba otra vez, con el peso del recuerdo de las aguas y el susurro de una hoja de olivo en la quietud.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *