El sol de la tarde, pesado y dorado, se colaba entre las rendijas de madera del sencillo lugar de reunión. El aire olía a polvo caliente, a lana sudada y al aceite de las lámparas que empezaban a titilar. Santiago se ajustó el manto áspero sobre el hombro, no por vanidad, sino por ese gesto cansado de quien lleva todo el día meditando palabras que arden dentro. Sus ojos, surcados de arrugas finas como grietas en tierra seca, recorrieron los rostros congregados. No era una multitud, sino un grupo de creyentes, teñidos por el trabajo y la incertidumbre.
Vio a Elena, la viuda de Jonás, sentada en el rincón más sombrío, sus manos nudosas, destrozadas de tanto remendar redes ajenas, reposaban inertes sobre su falda raída. Junto a la entrada, con un movimiento que hacía sonar levemente las monedas en su cinturón, se acomodaba Gayo, un mercader de cierta prosperidad reciente, cuyo manto nuevo desprendía un tenue aroma a incienso caro. Sus dedos jugueteaban con un sello de bronce.
La reunión comenzó con saludos, con algunos compartiendo breves noticias. Pero Santiago sentía el peso del texto, de aquella verdad que le escocía en el alma cada vez que veía la discordia silenciosa entre ellos. No empezó con un tono de profeta, sino con la voz ronca de un hermano mayor, cargada de una tristeza práctica.
—Hermanos míos —dijo, y la palabra “hermanos” resonó en el silencio que de pronto se hizo—, ¿de qué sirve, dime, que alguien diga tener fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe?
Hizo una pausa, dejando que la pregunta, sencilla y brutal, se instalara. No buscaba la respuesta rápida. Dejó que el crepitar de una lámpara llenara el vacío unos segundos.
—Suponed que un hermano o una hermana —y aquí su mirada se posó, sin señalarlo de forma evidente, en el manto raído de Elena— anda desnudo y falta del alimento cotidiano. Y que uno de vosotros les dice: “Id en paz, calentaos y hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo… ¿de qué sirve?
Gayo, el mercader, bajó la vista hacia su propio manto, como si de pronto la tana fina le pesara. Santiago continuó, su argumento creciendo como un riachuelo que se topa con piedras y las rodea con insistencia.
—Así también la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe, y yo tengo obras”. Muéstrame tu fe sin obras, y yo, por mis obras, te mostraré mi fe.
Un joven llamado Natán, dado a los debates que aprendió en la sinagoga antes de seguir al Camino, levantó tímidamente la mano. —Maestro, ¿no es la fe en el Señor Jesús lo único esencial? ¿No nos salva por gracia, no por obras, para que nadie se gloríe?
Santiago asintió, con paciencia. Era una objeción que esperaba.
—Tú crees que Dios es uno. Haces bien. También los demonios creen… y tiemblan. —La frase cayó como un guijarro helado en un estanque. No hubo énfasis dramático, sólo una constatación lúgubre—. ¿Quieres comprender, hombre vano, que la fe sin obras es estéril?
Se levantó entonces, con un ligero crujir de rodillas, y caminó hacia el centro del espacio despejado. Su sombra, alargada por la luz baja de las lámparas, bailó en la pared.
—Nuestro padre Abraham, ¿no fue justificado por las obras, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿Ves cómo la fe actuaba juntamente con sus obras, y que por las obras la fe fue perfeccionada? Y se cumplió la Escritura que dice: “Y creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia”. Fue llamado amigo de Dios.
La historia era conocida, pero Santiago la presentó no como un relato lejano, sino como una mecánica íntima de confianza y acción inseparables. La fe de Abraham no era un sentimiento enclaustrado; era un pie que se alzaba para subir al monte Moriah, una mano que empuñaba el cuchillo en obediencia terrible y viva.
—De igual manera —prosiguió, volviendo a sentarse con un suspiro—, Rahab la ramera, ¿no fue justificada por obras, cuando recibió a los mensajeros y los hizo salir por otro camino? Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.
Al mencionar a Rahab, una extranjera, una mujer de mala vida, muchos bajaron la mirada, incómodos. La elección no era casual. Era el colmo de lo impensable, y sin embargo, allí estaba, en la genealogía misma de la fe: una acción concreta, arriesgada, sucia quizás, que demostró una confianza más auténtica que la de muchos piadosos.
El silencio que siguió era espeso, cargado de autoevaluación. Santiago no sonreía triunfal. Parecía más cansado que antes, como si extraer esa enseñanza del hueso de la realidad le hubiera costado fuerza. Miró a Gayo, luego a Elena, y finalmente a todos.
—No hablo de ganar el favor de Dios con nuestros esfuerzos. Hablo de que la fe verdadera… respira. Sueña. Y al respirar, sus manos se mueven. Si ve frío, busca un manto. Si ve hambre, parte su pan. No puede quedarse quieta, porque entonces dejaría de ser fe para convertirse en un recuerdo de fe, en un fósil.
Gayo se removió en su asiento. Al final de la reunión, mientras todos se dispersaban con murmullos bajos y pensativos, se acercó a Elena. No dijo nada grandioso. Con un gesto torpe, como avergonzado de su propia tardanza, se desprendió de su manto nuevo, el de olor a incienso, y lo colocó sobre los hombros encorvados de la viuda.
—Hace fresco ya, hermana —murmuró, evitando su mirada.
Elena lo miró, y en sus ojos no hubo súplica satisfecha ni humillación, sino un asombro quieto. Sus manos, esas manos nudosas, acariciaron la lana fina, no con codicia, sino como quien toca algo incomprensible y vivo. Un sacramento tangible.
Santiago, observando desde la penumbra mientras recogía unos rollos, no comentó el acto. Sólo una leve y profunda paz suavizó por un instante las grietas de su rostro. La palabra no se había quedado en el aire, resonando en hermosas teorías. Había tomado carne, había tejido lana, había calentado unos hombros cansados. Y en ese gesto silencioso y imperfecto, la fe de aquella pequeña comunidad, quizás por primera vez en días, respiró hondo y dio un paso firme.




