El alba en Tesalónica siempre llegaba con un susurro salado, arrastrándose desde el Egeo para mezclarse con el humo de los hornos y el polvo de los caminos. Lucas no la veía; la sentía. Un escalofrío que precedía a la luz, un cambio en la textura del aire sobre su rostro, aún apoyado en el brazo de la silla de junco. No había dormido. De nuevo.
En la estancia contigua, el ronquido pausado de su hermano menor, Marco, era un ritmo familiar. Pero en el pecho de Lucas resonaba otro, un latido de espera inquieta. Las palabras del apóstol, aquel judío de mirada ardiente que había pasado por la ciudad hacía ya meses, seguían vivas, quemando como carbones. *El día del Señor llegará como ladrón en la noche*. Lucas miraba hacia la ventana, un cuadrado de tiniebla que comenzaba a teñirse de un azul pálido. No era miedo lo que lo mantenía alerta, no exactamente. Era algo más desasosegante: la posibilidad de estar dormido cuando todo cambiara.
Se levantó, los huesos crujiendo levemente. Encendió una lámpara de aceite, cuya llama danzó y proyectó sombras alargadas y temblorosas sobre las paredes de yeso. Sobre un escabel de madera, junto a un trozo de pan duro y una copa de barro, descansaba un rollo de papiro, desgastado en los bordes. Las palabras, copiadas con su propia mano torpe pero cuidadosa, le hablaban desde la penumbra: *Vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas para que aquel día os sorprenda como ladrón*. Un suspiro, profundo, le salió del pecho. Entonces, ¿no era vigilar con temor? ¿Era… vivir de otra manera?
Despertó a Marco con una mano suave en el hombro. El muchacho se incorporó sobresaltado, ojos empañados de sueño. “¿Ya? Apenas hay luz.”
“La luz suficiente”, murmuró Lucas. “Hoy no iremos al puerto tan pronto.”
Marco se frotó la cara, desconcertado. La pesca era su vida, la rutina que marcaba los días desde que tenían uso de razón. Pero había aprendido a confiar en esa seriedad nueva, casi grave, que a veces se apoderaba de su hermano mayor desde que se habían unido al pequeño grupo de los que seguían al Mesías.
Salieron a la calle, cuando el cielo era una cúpula de nácar. Tesalónica olía a pan recién horneado, a especias y a estiércol. Evitaron la colina del foro, donde ya empezaba el bullicio de los tratos y las disputas. En lugar de eso, Lucas guió a Marco por callejuelas más estrechas, hacia el barrio de los tintoreros, donde el aire picaba con el olor a orina y a colorantes. Se detuvieron frente a una puerta baja, de madera carcomida. De dentro llegaba un sonido: no un canto, sino una voz quebrada, hablando con una intensidad que traspasaba la madera.
Era la casa de Prisca y Aquila. Dentro, apiñados en una estancia no mayor que la de ellos, había una veintena de personas. Algunas con ropas de lino fino, otras con el sayal áspero de los esclavos. Todos miraban a un hombre mayor, Tíquico, cuyo rostro surcado de arrugas parecía iluminarse desde dentro. No enseñaba con la elocuencia de Pablo, sino con la calma de quien ha visto naufragios y tormentas, y ha encontrado puerto.
“No somos de la noche, ni de las tinieblas”, decía Tíquico, su voz un hilo firme. “Por tanto, no durmamos como los demás. Estemos alerta y seamos sobrios.” Sus ojos, de un grís claro, recorrieron la estancia, se posaron en Lucas, en Marco. “Estar sobrio no es caminar con el ceño fruncido, hijos. Es caminar con los ojos abiertos. Abiertos al dolor del vecino, a la mentira que se quiere colar en vuestro corazón, a la pequeña injusticia que pasamos por alto porque cansa enfrentarla.”
Lucas sintió que algo se desencajaba dentro de él. La vigilia no era una postura de parálisis, esperando el cataclismo. Era una cualidad de la mirada. Mirar el mundo, a los otros, a uno mismo, con la luz cruda y amorosa del mediodía, sin las sombras alargadas y distorsionadoras del crepúsculo de la indiferencia.
La reunión derivó en algo que a Marco le pareció caótico y hermoso. Uno, un tal Nicanor que tenía un brazo tullido, comenzó a hablar de una esperanza que no se oxidaba. Una mujer, Lidia, cuyo marido pagano la despreciaba por su fe, animó a todos con un relato de cómo la paz, esa paz que supera todo entendimiento, la había sostenido ante los insultos. Otro, un esclavo joven llamado Onésimo, con las manos llenas de cicatrices, dio gracias a Dios por sus amos, no porque fueran buenos –no lo eran–, sino porque en medio del yugo había descubierto una libertad interior que las cadenas no podían tocar. *Agradezcan en toda circunstancia*, Lucas recordó. La frase ya no era una orden inalcanzable, sino un misterio que se desarrollaba ante sus ojos.
No fue un sermón pulido. Hubo pausas incómodas, un niño que lloró y fue mecido en brazos, una discusión tangencial sobre un pasaje de los profetas que no llegó a resolverse del todo. Pero al final, cuando Tíquico, con manos temblorosas, tomó el pan y la copa, recordando al Señor, Lucas sintió por primera vez lo que significaba *edificarse unos a otros*. No era un edificio de piedra perfectamente cortada, sino una cabaña viviente, hecha de troncos diversos, unidos, sosteniéndose mutuamente contra el viento.
La jornada continuó. Fueron al puerto, descargaron sacos de grano de una barcaza de Alejandría, el sudor les corrió por la espalda bajo un sol ahora implacable. Pero algo había cambiado. Cuando el capataz, un griego hosco, le gritó a Marco por un descuido, Lucas no bajó la vista. Se acercó, tomó el saco que su hermano había a punto de dejar caer, y lo colocó con él. “Vamos, hermano”, le dijo a Marco, en voz baja pero clara. El capataz los miró, desconcertado por la palabra y por la solidaridad tranquila. No era un desafío, era una afirmación. Eran de otro reino, incluso allí, entre el sudor y el polvo.
Al atardecer, de regreso, pasaron por la plaza donde un filósofo cínico arengaba a una pequeña multitud sobre la insensatez de los dioses. La gente reía o discutía. Antes, Lucas habría sentido urgencia por confrontar, por debatir. Ahora, recordó: *Examinadlo todo; retened lo bueno*. Observó. Escuchó. Había amargura en el hombre, pero también un destello de verdad en su denuncia de la hipocresía religiosa. Lo bueno. Podía retener eso, sin necesidad de tragarse el veneno.
Ya en casa, con el último resplandor púrpura muriendo en el horizonte, Lucas se sentó nuevamente. Marco machacaba unos granos de pimienta para la cena, el ritmo del mortero sonando a música doméstica. La fatiga pesaba en los hombros de Lucas, pero era una fatiga distinta. No la del insomnio ansioso, sino la del día vivido a plena conciencia.
Tomó el papiro. Su dedo siguió las palabras finales, aquellas que a veces le parecían una lista imposible: *Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo… No apaguéis al Espíritu… Tened paz entre vosotros.*
Miró a Marco, concentrado en su tarea, un mechón de pelo cayéndole sobre la frente. *Tened paz entre vosotros*. No era un tratado de política comunitaria. Era esto. El sonido del mortero, el silencio cómplice, la certeza de que, ladrón en la noche o no, el día del Señor ya había comenzado a amanecer dentro de esas paredes, en la vigilia sobria de un corazón que había aprendido, por fin, a mantenerse despierto. Y sin prisa, con una sonrisa que le nació de un lugar profundo y tranquilo, Lucas sopló la lámpara. La oscuridad no era ya un reino ajeno. Era simplemente la antesala de una luz que él, ahora sabía, ya llevaba dentro.



