Biblia Sagrada

La Tumba Ocupada

La piedra estaba fría bajo sus rodillas, un fresco áspero que le atravesaba el fino lino de la túnica. Aquí, en el hueco más oculto del jardín, donde ni siquiera el sol de la tarde se atrevía a colarse con fuerza, Elías sentía el peso de su nombre como una losa. Lo llevaba por un profeta, pero él no huía de Acab; huía de sí mismo. Del eco de las monedas en el cofre, del sabor agridulce del vino robado, de la mirada lastimera de la mujer a la que había defraudado. Era un hombre dividido, un río que intentaba correr en dos direcciones. Y el cauce que más fuerza llevaba era el de la vergüenza.

Ese sábado había escuchado a un hombre, un tal Crispo, leer y luego desgranar con una voz serena una carta llegada de Roma. Las palabras le habían atravesado como dardos de luz, cegadores e imposibles de ignorar. Hablaban de un tal Pablo, de gracia, de fe… y de muerte. “¿Qué diremos, pues? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera!”. La frase le había resonado en el pecho con la fuerza de un golpe. Él, en su secreto, había pensado algo parecido: si Dios perdonaba, ¿qué más daba un desliz más? Pero la voz del lector continuó, implacable, hablando de un bautismo, de una sepultura. “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.”

Elías se levantó, las rodillas entumecidas, y caminó hacia el estanque. El agua, quieta y verde, reflejaba los cipreses como si fueran dedos sombríos señalando al cielo. Sepultados. La palabra tenía un peso físico, una realidad última. No era un velo que cubriera la suciedad, era una losa sobre un cadáver. Y él, ¿qué había sepultado? Nada. Guardaba su viejo hombre, su yo codicioso y débil, en un rincón húmedo de su alma, y de vez en cuando lo sacaba a pasear, le daba de comer. Lo alimentaba con excusas y lo abrigaba con la tibia idea de un perdón barato.

Un recuerdo le vino, de cuando era niño y había visto por primera vez una pira funeraria. Las llamas no negociaban, no dejaban nada intacto. Consumían. Transformaban. Lo que entraba en ese fuego ya no salía; salía ceniza, humo, un recuerdo. Eso era la muerte de la que hablaba la carta. No un cambio de opinión, no un propósito de enmienda. Una ejecución. Él, Elías, tenía que llevar a su viejo hombre, al que ansiaba el dinero ajeno y mentía para conseguirlo, y arrojarlo a una hoguera de la que no pudiera escapar. Y la hoguera tenía un nombre: la cruz de aquel Cristo.

El sol comenzaba a declinar, tiñendo de naranja y púrpura el muro occidental de la casa. Sintió un nudo en la garganta, una opresión que era a la vez terror y un anhelo desesperado. Andar en vida nueva. ¿Cómo se andaba así? Él solo conocía el paso cansino del que carga una cadena, el andar furtivo del que mira de reojo. Vida nueva sonaba a mañana, a aire de montaña, a un cuerpo que se mueve sin el lastre de la culpa antigua.

Se sentó en el borde del estanque y hundió la mano en el agua. El frío le mordió la piel. Cerrando los ojos, hizo algo que no había hecho en años: no rezó pidiendo ayuda. No suplicó fuerza. Visualizó, con una crudeza que le hizo estremecer, su propia avaricia, su mentira, como si fueran un hombrecillo contrahecho y pegajoso que vivía dentro de su pecho. Y en un acto de voluntad tan brutal que le dolió en el alma, imaginó que agarraba a ese ser y lo arrastraba hasta la base de una roca áspera, clavada en una colina. No hubo diálogo, no hubo despedida. Solo un acto de entrega silenciosa y violenta. “Lo entrego a la muerte. Tu muerte”, musitó. No era un sentimiento. Era un veredicto.

Al abrir los ojos, el jardín era el mismo. El ciprés, el agua verde, la piedra fría. Pero algo había cambiado. No era una euforia, no era un rayo de luz. Era un silencio. Un vacío donde antes había un ruido constante, el susurro de la tentación que calculaba oportunidades. La cadena no se había roto con estruendo; simplemente, al soltarla, había caído al suelo con un golpe sordo. El peso en los hombrios seguía allí, pero era distinto. No era el peso de la carga, sino el peso de la libertad, un músculo nuevo que nunca había usado.

Se levantó y comenzó a caminar por el sendero. No iba a ningún sitio. Solo caminaba. Y por primera vez, sus pies parecían tocar la tierra de otra manera. No era el andar en vida nueva aún, pero sí era el andar de un hombre que ha dejado un cadáver atrás. Sabía que el viejo hombre, aquel que era esclavo del pecado, intentaría levantarse. Le había oído la respiración muchos años. Pero ahora había un argumento más fuerte que cualquier deseo: “Consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús”. No era una sugerencia. Era una orden basada en un hecho. Una realidad legal del reino de los cielos. Él, Elías, estaba muerto y su vida estaba escondida con Cristo. La resurrección podía esperar; la sepultura era hoy.

Al llegar a la puerta del jardín, vio a la mujer a la que había defraudado, cargando un cántaro. Sus ojos se encontraron. Antes, su mirada hubiera buscado el suelo, llena de vergüenza y promesas huecas. Esta vez, la sostuvo. No había júbilo en su rostro, sino una paz grave, como la de un campo después de una batalla. Asintió levemente, un gesto pequeño que no era de disculpa, sino de reconocimiento. Un primer y titubeante fruto para santificación. El camino era largo, el sol se ponía, pero sus pies, libres de la cadena, empezaban a aprender un nuevo ritmo. El ritmo de los que, habiendo sido plantados juntamente en la semejanza de su muerte, lo serían también en la de su resurrección. La piedra había sido removida. La tumba, por fin, estaba ocupada.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *