Biblia Sagrada

La Tinta y la Fuente

El aire en la casa de Elí el escriba olía a viejo: a rollos de cuero, a polvo seco, y al aceite de la lámpara que combatía la penumbra del amanecer. Afuera, Jerusalén despertaba con el rumor lejano de carretas y el canto de un gallo pertinaz. Elí, sin embargo, no había dormido. Las palabras, esas palabras que había copiado una y otra vez, le revolvían el espíritu como un viento del desierto.

No eran las suyas, claro. Eran las del profeta, de aquel Zacarías de voz áspera y visión clara. Pero últimamente, al transcribirlas, sentía como si la tinta se le clavara en los dedos, dejando una mancha indeleble. “Aquel día…” había escrito la noche anterior, con una caligrafía más temblorosa de lo habitual, “…habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para la purificación del pecado y de la impureza.”

Una fuente. Elí miró distraído hacia el patio, donde la cisterna de la familia, medio vacía, acumulaba un agua verdosa y quieta. No era eso. No podía ser eso. ¿Una fuente en Jerusalén? ¿Qué manantial podía lavar la culpa de un pueblo que, incluso ahora, guardaba en sus arcas pequeños ídolos domésticos, recuerdos silenciosos de Babilonia? Se frotó los ojos, cansados. La profecía hablaba de una limpieza tan radical que le hacía sentir sucio.

El recuerdo de su hermano menor, Oved, le vino a la mente sin querer. Oved, que en su juventud se había dejado llevar por visionarios de pacotilla, hombres que se herían a sí mismos en los cultos en los altos, clamando ser portavoces de lo divino. “Y sucederá aquel día –declara el Señor de los ejércitos– que borraré de la tierra los nombres de los ídolos…” Elí murmuró las palabras. Borrar nombres. No destruir estatuas, sino hacer que el mismo recuerdo de ellos se desvaneciera, como un rastro en la arena bajo el viento. Y luego, lo más extraño: “Y si alguien todavía profetiza, su propio padre y su madre, que lo engendraron, le dirán: ‘No vivirás, porque has hablado mentira en el nombre del Señor.’” La familia, el núcleo de todo, convertido en juez. El costo de la verdad sería tan alto que hasta el amor de los padres se quebraría ante la falsedad.

El sol empezaba a dorar el borde de su mesa de trabajo. Un rayo de luz iluminó la siguiente línea, y a Elí le pareció que la tinta brillaba con fuego frío. “Y sucederá que aquel día los profetas se avergonzarán de su visión cuando profeticen; no vestirá ninguno el manto de pelo para mentir.”

Se echó a reír, una risa seca y sin alegría. ¡El manto de pelo! El atuendo del profeta, el símbolo que todo el mundo reconocía, reducido a un disfraz ridículo. Imagino a aquellos charlatanes, despojados de su autoridad teatral, confesando: “No soy profeta; soy un labrador de la tierra.” ¿Y si le preguntaban por las heridas entre sus manos? Esas marcas rituales, esas señales de un fervor equivocado… “Con estos fui herido en casa de mis amigos.”

La frase se le quedó grabada. *En casa de mis amigos*. No en el campo de batalla, no por un enemigo declarado. En el lugar del afecto, de la confianza. Una traición íntima. Elí sintió un escalofrío. La profecía ya no hablaba sólo de falsos profetas; se adentraba en un territorio más oscuro y personal.

Y entonces, como si el pergamino exigiera ser leído hasta el final, sus ojos corrieron hacia la última parte. El tono cambiaba. La voz se hacía grave, solemne, cargada de un dolor que trascendía los siglos. “‘Levántate, oh espada, contra mi pastor, contra el hombre que es mi compañero —declara el Señor de los ejércitos—. Hiere al pastor, y se dispersarán las ovejas.’”

Elí contuvo la respiración. El Pastor. El compañero del Señor. Herido. Por la espada de la justicia divina. Una imagen de una devastación insondable. ¿Qué pastor era ése, sino el que guiaba al rebaño entero? Y sin embargo, la profecía no terminaba en la dispersión. No. Seguía, con una cadencia que ahora le parecía un susurro atronador.

“Y traeré la tercera parte por el fuego, los refinaré como se refina la plata, y los probaré como se prueba el oro.”

Refinamiento. Prueba. Fuego. No una aniquilación, sino una purificación atroz, como la que sufre el metal en el crisol para que brille su esencia. La fuente de la que hablaba al principio no era un manantial apacible. Su agua manaba de junto a esa herida, del costado del Pastor herido. La limpieza venía a través de un sacrificio de una magnitud que a Elí se le antojaba incomprensible.

Finalmente, las palabras se cerraban con una sencillez que sonaba a promesa antigua, a un suspiro después del llanto. “‘Ellos invocarán mi nombre, y yo les responderé; diré: “Pueblo mío”; y ellos dirán: “El Señor es mi Dios.”’”

Elí dejó el cálamo. Su mano estaba entumecida. Afuera, el día era ya pleno, y los sonidos de la ciudad eran los de siempre: comercio, disputas, risas de niños. Pero nada volvía a sonar igual. La profecía ya no era una serie de enunciados misteriosos. Era un paisaje completo, terrible y esperanzador a la vez. Un camino que pasaba por la eliminación de toda mentira, incluso la que uno se cuenta a sí mismo; por la herida del que ama y es traicionado; por el fuego que quema pero no consume; para llegar, al final, a un reconocimiento mutuo, simple y devastador como la verdad.

“El Señor es mi Dios,” murmuró, probando las palabras en su boca. Ya no eran un título, sino una respuesta. La respuesta a una llamada que nacía de una fuente abierta. Se levantó, los huesos crujiendo. Tenía que ir a la cisterna. Necesitaba ver su propio reflejo en el agua quieta, y quizás, solo quizás, vislumbrar en ella el primer y tenue destello de algo que fluyera limpio.

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