Biblia Sagrada

El sonido del barro quebrado

El calor de aquella tarde en Jerusalén no era solo cosa del sol. Era un calor que pesaba, que salía de la tierra misma como un aliento enfermo. Jeremías lo sentía en los huesos, un cansancio antiguo que no era solo del cuerpo. La palabra del Señor había llegado de nuevo, y con ella, una orden que le dejaba un sabor amargo en la boca, como el de hierba machacada.

Tomó el camino que bajaba de la puerta de los Cachorros, alejándose del bullicio de la ciudad. En sus manos, una vasija de alfarería, simple, de barro cocido, común. La sentía áspera, fría a pesar del bochorno. No iba solo. Con él caminaban algunos ancianos del pueblo y sacerdotes, hombres de rostros tallados por la costumbre y el cargo. Caminaban en silencio, pero el silencio de ellos era distinto al suyo. El de ellos era incómodo, lleno de preguntas no hechas; el suyo estaba lleno de un estruendo interior.

Llegaron al valle de Ben Hinón, al lugar que llamaban Tofet. El aire cambiaba aquí. No era el olor a pan recién horneado, a especias o a incienso del templo. Aquí olía a ceniza fría y a tierra quemada. A desecho. En las grietas de las rocas, restos de hogueras antiguas, manchas negruzcas que la lluvia no había podido lavar. Jeremías recordó las historias, los rumores que corrían en susurros: otros tiempos, reyes que no habían sabido escuchar, padres que habían pasado por el fuego a sus propios hijos, ofrendas monstruosas a dioses de silencio y piedra. El valle tenía una memoria triste, y la tierra parecía guardarla.

Se detuvo en un claro, donde los restos carbonizados eran más evidentes. Los ancianos se agruparon, expectantes. Sus ropas finas parecían fuera de lugar contra ese telón de desolación. Jeremías alzó la vasija. El sol, bajo ya, la tiñó de un color rojo oscuro, como de sangre seca.

Y habló. Su voz no era la de un orador en la plaza, sino la de un hombre cargado con un peso demasiado grande.

—Así dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel —comenzó, y las palabras salían lentas, pesadas como losas—. He aquí que yo traigo mal sobre este lugar, del que todo el que lo oiga le zumbarán los oídos.

Miró a los rostros frente a él. Algunos bajaron la vista. Otros miraban la vasija con una curiosidad fría, de funcionarios.

—Porque me han abandonado —continuó Jeremías, y en su garganta ardía la denuncia—. Han hecho ajeno este lugar, han quemado incienso aquí a dioses extraños, que no conocieron ellos, ni sus padres, ni los reyes de Judá; y llenaron este lugar de sangre de inocentes. Edificaron los lugares altos del Baal para quemar a sus hijos en el fuego, holocaustos para el Baal, cosa que no les mandé, ni hablé, ni me vino al pensamiento.

Hubo un murmullo, rápido, ahogado. Había nombres y prácticas que era mejor no mencionar, secretos que todos conocían pero que yacían enterrados bajo la rutina del culto oficial. Jeremías los desenterraba aquí, en este paraje de basura y memoria maldita.

—Por tanto —y aquí su voz se hizo más grave, cortando el aire quieto—, he aquí que vienen días, dice el Señor, en que este lugar no se llamará más Tofet, ni valle del hijo de Hinón, sino Valle de la Matanza.

Pronunció la palabra “matanza” con una crudeza que hizo estremecer a más de uno. No era una metáfora de salón. Era el destino escrito en la tierra que pisaban.

—Y vaciaré en este lugar el consejo de Judá y de Jerusalén —prosiguió, y su mirada parecía traspasar los muros lejanos de la ciudad—. Y haré que caigan a espada delante de sus enemigos y por mano de los que buscan su vida; y daré sus cuerpos muertos por comida a las aves del cielo y a las bestias de la tierra. Y pondré esta ciudad por espanto y por silbido; todo el que pase por ella se asombrará y silbará, por todas sus plagas.

Describió el sitio, el hambre, la desesperación. Habló de padres que comerían la carne de sus hijos, de hijos que comerían la carne de sus padres. No usaba lenguaje florido. Eran imágenes crudas, terribles, que pintaban la ruina total. No quedaba piedra sobre piedra, solo el silbido del viento entre las ruinas y el escarnio de los transeúntes.

Los ancianos estaban pálidos. El calor había desaparecido, sustituido por un frío que subía de la tierra. Jeremías sostenía la vasija más alto.

—Y quebrantaré a este pueblo y a esta ciudad, como quien quiebra una vasija de alfarero —dijo, y cada palabra era un clavo—, que no puede más restaurarse. Y enterrarán en Tofet porque no habrá otro lugar para enterrar.

Hubo un momento de silencio absoluto. Solo el rumor lejano de la ciudad, como el zumbido de una colmena ignorante. Jeremías respiró hondo. El mandato final estaba por cumplir.

Entonces, con un movimiento que no era violento, pero sí de una decisión irrevocable, alzó la vasija a la altura de su hombro y la arrojó con fuerza contra una roca plana y gris a sus pies.

El sonido no fue un estallido dramático. Fue un crujido seco, opaco, el sonido de la arcilla cocida rindiéndose. La vasija se hizo añicos. No se partió en dos o tres pedazos nobles, sino en decenas de fragmentos irregulares, pequeños, inútiles. Algunos se desparramaron sobre la ceniza. Otros saltaron cerca de los pies de los ancianos, que retrocedieron instintivamente, como si los fragmentos fueran proyectiles de la ira divina.

Jeremías miró los pedazos. El símbolo estaba completo. La ciudad, el reino, el pueblo elegido, reducido a eso: trozos de barro quebrado en un valle de desechos. No habría recomposición. No habría pegamento. La sentencia era total.

Se volvió hacia los hombres, que lo miraban con una mezcla de terror y una incredulidad que ya empezaba a filtrarse. El ritual había terminado. La palabra se había hecho acción.

—Así dice el Señor —dijo por última vez, su voz ahora solo un susurro ronco—. Así quebrantaré a este pueblo y a esta ciudad.

Sin añadir más, dio media vuelta y comenzó a subir la cuesta hacia la ciudad, dejando atrás el valle, los fragmentos de barro y a los hombres mudos. No lo siguieron de inmediato. Se quedaron allí, contemplando los restos de la vasija, tratando de entender si lo que habían presenciado era la locura de un profeta o el presagio de un fin.

Jeremías, mientras caminaba, no sentía alivio. Solo el peso de la verdad cumplida. Y en sus oídos, aunque el valle quedaba atrás, parecía persistir el eco seco, definitivo, del barro al quebrarse. Era un sonido que no se olvidaría. Era el sonido del juicio, esperando su hora.

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