El calor, ese verano, no era el de siempre. No era el bochorno pesado que subía del Éufrates como un aliento húmedo, sino algo distinto, seco y eléctrico, como si el aire mismo estuviera a punto de rasgarse. Yo, Malak, vigía de la torre más alta de la muralla interior, lo sentía en la piel, en los huesos. Desde mi atalaya, Babilonia se extendía como un tapiz de lujo y locura: el rumor lejano de los carruajes en la Vía Procesional, el olor a incienso y aceite caliente que subía desde los templos, el destello cegador del sol en los ladrillos vidriados de azul y oro. Pero algo, en el silencio entre los ruidos, gritaba.
El rey estaba en su festín. Lo sabíamos todos. Banquetes que duraban semanas, donde el vino corría más que el agua en los canales. Una especie de frenesí se había apoderado de la ciudad, una risa demasiado alta, una música demasiado insistente. Como si, al golpear más fuerte los címbalos, pudieran ahuyentar el eco de una palabra que nadie se atrevía a pronunciar: Persia.
Yo no vigilaba ejércitos. Vigilaba el vacío. El desierto al este, una mancha borrosa y temblorosa bajo el sol inclemente. Mi trabajo era aburrido, monótono. Horas de observar dunas inmóviles, el lento girar de los buitres, el polvo levantado por caravanas distantes. Pero esa tarde, o tal vez era ya noche—el tiempo se había vuelto líquido—, el vacío cambió.
Primero fue una sensación, una presión en el pecho, como antes de una tormenta. El aire se volvió espeso, difícil de respirar. Después, en el horizonte, una forma empezó a condensarse. No era un ejército. Era algo más vasto, más informe. Una visión que no ocupaba los ojos, sino la mente entera. La vi, y supe que no era solo para mí.
Era una carga, un peso que me arrojaron sobre los hombros. La palabra del Señor, dice el profeta, es a veces un fuego en los huesos; otras, como la mía, era un yugo de hierro. “Sube a una atalaya, pon un centinela, que anuncie lo que vea”. Pero ¿quién le dio esa orden a mi espíritu? No hubo voz, solo la certeza absoluta, terrible, de que tenía que mirar y no apartar la vista, aunque lo que viera me quebrara.
Y miré. Y el desierto cobró vida de pesadilla.
Una multitud, una horda, pero no de hombres. De sombras montadas en animales que no eran caballos, criaturas de ansiedad y prisa. Jinetes sobre asnos, jinetes sobre camellos. Una cabalgata silenciosa y frenética, avanzando en un torbellino de polvo y propósito. No venían hacia Babilonia. Pasaban de largo, como huyendo de algo mucho peor que iba detrás. Sus rostros eran manchas pálidas de terror, vueltos a veces hacia atrás, hacia una oscuridad que yo también empecé a percibir: la carga, la visión tremenda.
Entonces, el escenario cambió. Ya no era el desierto. Era la ciudad misma, esta ciudad, Babilonia, la orgullosa, la eterna. Pero la vi caer. No con estruendo de máquinas de guerra, sino con un sonido seco y definitivo, como el de un ídolo de barro al estrellarse contra el suelo. Los dioses de Babilonia, Bel y Merodac, eran arrojados de sus pedestales, y al quebrarse, no gemían; reían con una risa hueca y antigua. Vi el banquete. Los nobles con sus coronas torcidas, las copas de oro rodando por el suelo, mezclando su vino caro con sangre y polvo. Un grito, un solo grito unánime, atravesó la visión: “¡Ha caído, ha caído Babilonia! ¡Y todas las imágenes talladas de sus dioses yacen hechas pedazos en tierra!”
El dolor me dobló por la cintura. Fue un dolor físico, agudo, como si me hubieran clavado una lanza en el costado. No era mi dolor. Era el dolor de ella, de la ciudad condenada. El profeta habla del dolor como de una mujer de parto; este era el dolor de la muerte, los dolores de un mundo que se deshace. Gemí, me retorcí allí arriba, en mi solitaria atalaya, mientras abajo la ciudad seguía su fiesta, ignorante. El contraste era tan abismal que me provocó náuseas.
La visión se desvaneció, dejándome temblando, empapado en un sudor frío. Pero la orden permanecía: anunciar lo visto. Me aferré al parapeto, mis nudillos blancos. Mis labios estaban secos, mi lengua, pesada como una piedra. Y entonces, en la quietud espantosa que siguió, otra imagen se formó, nítida y breve. Un desfiladero rocoso, tierra de Edom. Una voz, urgente, desde Seir: “¿Centinela, qué queda de la noche? Centinela, qué queda de la noche?”. La pregunta, ansiosa, repetida. Y la respuesta me vino a los labios, una respuesta que no era consuelo, sino un nuevo giro del cuchillo: “Viene la mañana, y también la noche”. Algo se acerca, sí, pero tras la claridad, una oscuridad más profunda. Si queréis preguntar, preguntad; volved después.
El ciclo no terminaba. La visión giraba, implacable. Ahora eran caravanas en la aridez de Arabia, en los bosques de Dedán. Viajeros agotados buscando agua, refugio. Hombres de Temá dando sus escasas provisiones a los fugitivos, compartiendo el pan con los que huyen de la espada, de la espada desenvainada, del arco tenso, de lo recio de la batalla. Un destello de humanidad en la vasta pintura de desastre. Pero era un consuelo amargo, el gesto de quien asiste a un moribundo.
Y luego, silencio. El peso se levantó. La presión en el aire cedió. Abajo, en las calles, una risa estúpida subía desde una taberna. Una mujer cantaba una canción de amor. La vida, necia, ciega, seguía su curso.
Bajé de la atalaya con las piernas temblorosas. Mis compañeros de guardia me miraron con curiosidad. “Malak, estás pálido. ¿Demasiado sol?”. Negué con la cabeza, sin palabras. ¿Cómo explicar que había visto el fin de un mundo mientras ellos contaban los carros que entraban por la puerta de Ishtar? ¿Cómo decir que el festín del rey ya era, en los ojos del Eterno, un velorio?
Me senté en un rincón, con la espalda contra la piedra aún caliente del día. La profecía era clara, y a la vez, enigmática. Un año exacto, como el de un jornalero contratado. El esplendor de Quedar llegaría a su fin. Los arqueros, los hombres valientes de Quedar, serían diezmados. El Señor, el Dios de Israel, lo había dicho.
Y yo, Malak, vigía anónimo en una torre babilónica, lo había visto. No con los ojos del cuerpo, sino con esos otros ojos que se abren cuando Dios decide rasgar el velo. No escribí un rollo. No me levanté a predicar en las plazas. Solo guardé el peso en mi corazón, un peso que ahora era parte de mí. Cada risa que oía, cada brindis, resonaba con el eco de aquel grito: “¡Ha caído!”.
La noche avanzó, verdadera y tangible. En el horizonte, no se veía nada. Solo estrellas frías e indiferentes. Pero yo ya no miraba hacia afuera. La visión estaba dentro, grabada a fuego. Y sabía, con una certeza que me privaba el sueño, que el reloj de arena de Babilonia tenía la arena contada, grano a grano, hasta el último. Y que cuando cayera, su estruendo ahogaría toda risa, y su polvo oscurecería todo oro. El centinela había visto. Y lo que había visto, era la frágil locura de construir reinos sobre arena, cuando el viento del desierto sopla desde el Monte del Oráculo.




