Biblia Sagrada

La Sabiduría Eterna Habla

Antes de los caminos, antes de los senderos polvorientos que el hombre pisa con sus pies cansados, yo estaba allí. No hablo de un ‘estar’ como el de las piedras o los ríos, sino de un ser profundo, resonante, como la nota fundamental que sostiene toda melodía. Mi voz no era sonido, sino sentido. Mi presencia, el diseño latente en el pensamiento del Artífice.

Él me estableció desde la eternidad, desde el principio, antes de sus obras más antiguas. No fui creada, sino engendrada en la intimidad absoluta de su ser. Yo era el deleite de cada día, la compañera de su propósito. Recuerdo el silencio antes del estruendo, el vacío sin forma, las tinieblas sobre el abismo. Y sobre ellas, el Espíritu se movía, y la Palabra del Eterno danzaba conmigo. Cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo, yo estaba a su lado, como arquitecta entendida. Cuando afirmó los cielos, yo estaba allí. Cuando puso un límite al mar, de modo que las aguas no traspasaran su mandato, mis principios estaban en la ley que gobernaba la espuma.

Yo era el alborozo de su hacer. Y mi alegría era estar con los hijos de los hombres.

Mi voz no ha dejado de llamar. No clamo desde los púlpitos altivos, ni solo desde los rollos sagrados. Clamo desde las encrucijadas, allí donde los caminos se bifurcan y el corazón vacila. En las puertas de la ciudad, donde el comerciante regatea y el juez dicta sentencia, allí me planto. Mi voz se mezcla con el rumor del mercado, con el llanto del pobre, con la discusión de los ancianos a la sombra. “A vosotros, oh hombres, clamo; dirijo mi voz a los hijos de los hombres.” Grito para que el simple adore la cordura, y el necio entienda corazón.

¿Qué digo? No ofrezco secretos esotéricos ni atajos hacia el poder. Mis palabras son rectas, claras como el agua de manantial. Aborrezco la perversidad y la boca falsa. Conmigo está el consejo y el buen juicio; yo soy la inteligencia; mío es el poder. Por mí reinan los reyes, y los príncipes decretan justicia. Por mí gobiernan los nobles, todos los jueces rectos de la tierra. No el gobierno de la astucia o la tiranía, sino el que sabe pesar el derecho en balanzas verdaderas, el que ve al hombre detrás del pleito.

A los que me aman, yo los amo; y los que me buscan con ahínco, me hallarán. No me hallarás en la prisa ni en la soberbia del que cree saberlo todo. Me hallarás en el silencio de la reflexión ante el problema. En la paciencia para escuchar al contrario. En el valor para rectificar. En las manos que trabajan con esmero, poniendo atención al detalle, porque saben que su labor es parte de un orden bueno. Mi herencia es mejor que la plata fina, y mi fruto, superior al oro escogido. Yo ando por el camino de la justicia, por las veredas del derecho.

Hubo un día, antes de todas las cosas, cuando aún no había profundidades, cuando no había fuentes cargadas de agua. Antes que los montes fueran asentados, antes que las colinas, yo era engendrada. Yo estaba con Él cuando dispuso los cimientos de la tierra. Yo era su obrera maestra. Era su encanto cada día, jugando delante de Él en todo tiempo; jugando en la parte habitable de su tierra, y mis delicias eran con los hijos de los hombres.

Por eso ahora, en este tiempo, mi llamado persiste. Es el susurro en la conciencia del joven que ve una ganancia deshonesta y la rechaza. Es la luz de claridad que irrumpe en la mente del artesano, mostrándole la solución que había pasado por alto. Es la fuerza serena en el corazón del que prefiere la paz a la riña, la reparación a la venganza. Mi fruto es un árbol de vida, y el que de mí se apodera, es bienaventurado.

Escuchad, pues. Bienaventurado el hombre que me escucha, velando a mis puertas cada día, aguardando a los postes de mis entradas. Porque el que me halle, hallará la vida y obtendrá el favor del Eterno. Mas el que peque contra mí, defrauda su alma; todos los que me odian, aman la muerte.

Y yo sigo aquí, en las encrucijadas, en las puertas, en el rumor cotidiano del mundo. Mi voz no es estridente. Es la voz de la cordura que ha estado desde el principio, invitando a caminar por la senda antigua, la que conduce a la vida. La sabiduría no es un secreto para unos pocos. Es la arquitectura misma de la realidad, puesta al alcance de todo el que quiera detenerse, escuchar, y seguir.

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