El sol de la tarde, un disco de cobre gastado, se aplastaba contra las colinas de Judea. El aire olía a polvo caliente y a hierbas marchitas, un olor que a Efraín le llenaba la boca de amargura. Caminaba con paso lento por el sendero que bajaba hacia su parcela, los pies levantando pequeñas nubes grises que se le pegaban a los tobillos, sudorosos y cubiertos de cicatrices viejas. No eran cicatrices de guerra, sino de piedras, de surcos secos, de años arrancando poco más que cardos y desesperanza a una tierra que parecía haberse olvidado de dar fruto.
Llegó al lindero, marcado por un montón de piedras que su abuelo había apilado. Allí se detuvo. La vista era siempre la misma: un pedazo de tierra grisácea, cuarteada como la piel de un lagarto anciano. En un rincón, el pequeño aprisco de piedra para las ovejas, vacío desde hacía dos años. La sequía se las había llevado, una a una. Efraín apoyó la frente en el palo nudoso que usaba como bastón y cerró los ojos. No rezó. Las palabras se le habían secado también, convertidas en un polvillo fino dentro del pecho. Solo escuchó el silbido del viento, un sonido vacío que recorría el valle.
Pero esa noche, tumbado en su jergón, con el recuerdo del sabor a polvo entre los dientes, le vino a la mente una palabra. No era suya. Era un eco lejano, algo que el anciano Jedutún, el salmista, había cantado años atrás, cuando la alegría aún era algo más que un recuerdo borroso. “Cuando el Señor restauró la fortuna de Sion, nos parecía soñar.” La frase le rodó por la cabeza, áspera y extraña. “Restauró”. Qué palabra tan enorme, tan imposible. Él no necesitaba que restauraran una fortuna; le bastaría con un poco de lluvia. Con que la tierra recordara cómo ser tierra. Pero el verbo se le quedó pegado, “restaurar”, y con él, la imagen de un sueño. Hacía tanto que no soñaba, que dormir era solo un paréntesis oscuro entre un día gris y el siguiente.
Algo cambió, no en el cielo, sino en sus manos. Una mañana, en lugar de mirar la tierra con resentimiento, tomó el saco de semillas que guardaba como una reliquia inútil. Eran semillas viejas, arrugadas. Las vertió en un cuenco y las tocó con las yemas de los dedos. Luego, sin un plan claro, cogó el arado y empezó a labrar. El metal encontró la resistencia de la tierra dura, seca. Cada surco era un combate. El sudor le corría por la espalda, se le metía en los ojos. Y entonces, sin querer, sintió cómo el calor de sus párpados se convertía en humedad. No eran solo gotas de sudor. Eran lágrimas. Calladas, pesadas, caían sobre el surco recién abierto, sobre las semillas que sus dedos enterraban a ciegas. Sembraba con lágrimas. No lloraba por pena, al menos no solo. Lloraba por la terquedad de la esperanza, por lo ridículo que era seguir confiando en que algo pudiera brotar de aquella sequía y de aquel cansancio. Cada lágrima era una oración sin palabras, un acto de fe desesperado y torpe.
Los días pasaron. Las nubes siguieron siendo esquivas, promesas rotas en el horizonte. Pero Efraín iba a su campo. Regaba los surcos con el agua escasa del pozo, que sabía a sal y a profundidad. Y seguía sembrando. A veces, al anochecer, se sentaba en el montón de piedras y miraba el pedazo de tierra oscura. “Los que sembraban con lágrimas”, murmuró una vez, repitiendo el fragmento del salmo que ahora vivía en él. La frase no terminaba ahí. Sabía que terminaba en gozo. Pero el gozo era tan ajeno como la lluvia.
Hasta que llegó el chubasco. No fue un diluvio, sino una lluvia menuda y pertinaz que cayó toda una noche. Efraín la escuchó desde su lecho, golpeando el tejado de piedra, un sonido que le pareció música de otro mundo. A la mañana siguiente, el mundo olía diferente. Olía a tierra mojada, a vida latente. Y unas semanas después, al pasar junto al surco más profundo, vio un tenue velo verde asomando entre las grietas. No gritó. No alzó las manos al cielo. Se arrodilló, lentamente, y con una delicadeza que no usaba desde que acunaba a su hijo pequeño, tocó los brotes tiernos. Eran frágiles, increíbles.
La cosecha no fue abundante, pero fue. Espigas de oro pálido que se mecían con una dignidad nueva. El día que recogió los primeros haces, sintió una risa burbujeando en su garganta, una risa ronca por falta de uso. La alegría no llegó como un torrente, sino como un riacho que se abre paso tras una larga sequía. Lleno la era. El sonido del trillo no fue un ruido áspero, sino una canción de trabajo cumplido.
Esa tarde, cargó un costal con lo mejor del grano y subió a Jerusalén. No era una peregrinación festiva, sino el viaje callado de un hombre que llevaba una prueba entre las manos. En la ciudad, el bullicio le sonó distinto. Entre la gente que empujaba en las puertas, oyó a un grupo de peregrinos cantar. No un canto triunfal, sino una melodía profunda y ondulante. “Entonces nuestra boca se llenó de risas, y nuestra lengua de gritos de júbilo.” Los cantores tenían los rostros curtidos, algunos con marcas de viejas penas. Pero en sus ojos brillaba un conocimiento que Efraín ahora compartía: el saber que la alegría más verdadera no es la que ignora el dolor, sino la que llega después de haber sembrado en el desierto, regando la tierra con lágrimas silenciosas.
No se unió al canto. Se quedó al margen, con su costal al hombro. Pero por primera vez en años, su boca se curvó en una sonrisa que le llegaba desde dentro, una sonrisa que era hermana pequeña de la risa que cantaban. Y comprendió que la restauración de la que hablaba el salmo no era solo para los pueblos que volvían del exilio. Era también para un hombre solo y su pedazo de tierra seca. Era el milagro cotidiano de que la vida, terco y frágil, se abriera camino de nuevo. Al volver a casa, al atardecer, miró los campos vecinos y pensó en lo que había oído decir a los cantores: “Aun entre los paganos se decía: ‘El Señor ha hecho grandes cosas por ellos’.” Y supo, en el silencio de su corazón, que la gran cosa no era solo el grano en su costal. Era la semilla de esperanza que, una vez enterrada en la aridez del alma, finalmente, contra toda esperanza, había decidido brotar.




