El sol de mediodía golpeaba con fuerza sobre el polvo del camino, un calor pesado y antiguo que parecía exprimir hasta el último suspiro de la tierra. Habían pasado ya muchos años desde que Salomón, el viejo rey, murmurara esas palabras en la penumbra de su palacio, palabras que ahora, como semillas llevadas por el viento, habían echado raíces en la mente de un hombre sencillo llamado Efraín. No era sabio, ni rico, ni conocido. Era simplemente un pescador del lago, con las manos ásperas como la corteza de una higuera y la espalda encorvada por una vida de redes y remos.
Efraín remaba en silencio, la vista fija en las aguas profundas y oscuras que reflejaban un cielo despiadadamente azul. Recordaba las palabras, no porque las hubiera leído—no sabía leer—, sino porque un rabiano viajero las había recitado una tarde, junto al muelle, mientras reparaba sus redes. “Todo viene a lo mismo; todo va a un mismo lugar: todo es del polvo, y todo volverá al mismo polvo”. La frase le había caído encima como una losa. Miraba sus manos, surcadas de cicatrices blancas y callos amarillos, y pensaba en las manos del mercader de Tiberíades, suaves y perfumadas, o en las del fariseo que pasaba recitando salmos, delicadas como pergamino. Todas, al final, polvo. La misma tierra seca que ahora se le metía entre los dedos de los pies.
Un golpe seco en el casco de la barca lo sobresaltó. Era Jonatán, su hermano menor, cuya risa era tan rápida y brillante como el destello de una escama al sol. “¡Efraín! ¡Soñando despierto otra vez! Tira la red por ese lado, he visto un cardumen oscurecer el agua”. Jonatán no pensaba en polvo ni en destinos comunes. Vivía en el instante preciso del esfuerzo muscular, del sudor en la frente, del pescado plateado saltando en la red. Para él, el mundo era este: el agua, la barca, el pan compartido al anochecer. A veces, Efraín lo envidiaba.
Más tarde, ya con las cestas medio llenas de lizas y alguna carpa, recogieron sus cosas. Al atracar, el pueblo bullía. En la plaza, cerca del pozo, se había congregado un grupo. Un hombre joven, de rostro angustiado y ropas finas pero rasgadas, gritaba hacia la casa del juez. Era el hijo del rico terrateniente de la colina. Su padre, un hombre duro y temido, había muerto súbitamente la noche anterior, de un dolor en el pecho que le había robado el aliento en medio de un banquete. Ahora, primos y acreedores se disputaban sus tierras, sus olivares, sus rebaños. El joven imploraba justicia, pero los ojos de los ancianos del pueblo eran gélidos. Su padre había tenido poder, sí, pero también muchos enemigos. “¿De qué le sirvió su riqueza?”, pensó Efraín, mientras pasaba de largo con su carga. “Un dolor en el pecho, y todo se terminó. Su sabiduría para los negocios, su astucia, su misma respiración… todo, arrebatado en un momento”. No había distinción. La muerte era el pastor que reunía a todas las ovejas en el mismo redil, sin importar si su lana era fina o basta.
Esa tarde, sentados bajo el emparrado de su casa, compartiendo una hogaza de pan de cebada y un cuenco de aceitunas, Efraín vio a su hermano reír, contando una anécdota sin importancia sobre un pez especialmente escurridizo. El sol, ya bajo, teñía de oro la sencilla escena. Y entonces, como si un velo se descorriera, las palabras del sabio resonaron dentro de él con un nuevo significado. No solo como una sentencia de pesadumbre, sino como una extraña y liberadora verdad. “Anda, come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón”. No era una orden hedonista, no. Era un permiso. Un permiso sagrado para honrar el simple hecho de estar vivo, aquí y ahora, bajo este sol que calienta, con este pan que satisface, con esta compañía que da calor. El mismo destino aguardaba a todos, sí. Pero el camino, los pequeños instantes de dicha en el camino, esos sí eran un regalo. Un regalo de Dios, tan frágil y real como el vaso de barro con agua fresca que su mujer ponía sobre la mesa.
Al día siguiente, muy temprano, salió a pescar de nuevo. El amanecer sobre el lago era un espectáculo de suaves colores, de brumas que se deshilachaban como lana sucia. Remaba con un ritmo constante, y su mente, por una vez, no se hundía en cavilaciones. Estaba aquí. En la textura áspera de la cuerda, en el chillido de una gaviota, en el frío del agua que salpicaba su brazo. Trabajó duro, con todas sus fuerzas, porque otra frase danzaba en su memoria: “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas”. La red era pesada cuando la subía, el trabajo era sudor y esfuerzo, pero había una dignidad profunda en ello. No era la grandiosa obra de Salomón, sino la obra de Efraín. Y eso bastaba.
Al regresar, pasó por el cementerio, una parcela de tierra pedregosa a las afueras. Allí yacían el rico y el pobre, el respetado y el olvidado. No había inscripciones lujosas, solo montículos de tierra y algunas piedras apiladas. La misma tierra para todos. Pero en lugar de sumirlo en la desesperación, esta vez la vista le trajo una paz extraña. La carrera no era para el más rápido, la batalla no era para el más fuerte. El pan no era para el sabio, ni la riqueza para el inteligente. El tiempo y la ocasión llegaban para todos, caprichosos como el viento del este que levantaba olas imprevistas. Su vida no estaba en sus manos para controlarla en su totalidad, pero sí para vivirla. Para saborear el pescado asado al fuego de leña, para sentir el amor rudo de su hermano, para contemplar el sueño tranquilo de sus hijos.
Aquella noche, antes de dormir, miró las estrellas clavadas en el manto negro del cielo. Pensó en la red que debía remendar al día siguiente, en la sonrisa de su mujer, en la incertidumbre del mañana. Y supo, con una certeza tranquila y no exenta de melancolía, que la única respuesta ante el gran misterio era vivir. Vivir con gozo el don del hoy, trabajar con las manos llenas de propósito, amar con el corazón entregado, sabiendo que todo, absolutamente todo, es soplo. Pero un soplo que, por un instante precioso y único, era suyo.




