El aire en el atrio del Templo olía a incienso y a polvo calentado por el sol. Era un olor que Asaf, hijo de Berequías, conocía tan bien como el latido de su propio corazón. Pero hoy, ese latido era un martilleo sordo y opresivo contra sus costillas. No era el calor del mediodía lo que le ahogaba, sino un fuego interior, una brasa de indignación que le consumía por dentro mientras sus ojos, nublados por la edad, veían pasar a los peregrinos.
Sus dedos, nudosos y surcados de venas, se aferraban al borde de su manto de lino. Desde su rincón, cerca de las columnas de bronce, escuchaba fragmentos de conversaciones, risas triviales, negocios que no cesaban ni en el lugar sagrado. Y más allá, en la ciudad que se extendía como un tapiz de piedras ocres bajo el cielo implacable, sabía lo que ocurría. Lo había visto. La viuda a la que unos oficiales con caras afiladas como cuchillos le habían arrebatado su última parcela con documentos falsos. El forastero, un hombre de ojos cansados de Sidón, golpeado en una calleja por unos matones cuyos amos nunca se manchaban las manos. La sangre se secaba rápido en el polvo, y el clamor de los justos parecia perderse en el rumor de la ciudad, como un grito en un desierto.
«Señor, Dios de las venganzas, Dios de las venganzas, muéstrate», murmuraron sus labios, cuarteados, en un susurro que era más un aliento que una palabra. No era una petición educada, no la fórmula de un sacerdote. Era el gruñido visceral de un hombre viejo que había gastado su vida cantando acerca de la bondad de un Pacto, y que ahora veía cómo ese Pacto era escupido y pisoteado por los mismos que debían guardarlo. ¿Hasta cuándo, oh Señor? La pregunta no era nueva. Habitaba en él como un hueso roto que nunca soldó bien. ¿Hasta cuándo los impíos, los que ostentan el poder, se gloriarán? ¿Hasta cuándo vociferarán, hablando con arrogancia, pavoneándose como si su fuerza bruta fuera sabiduría?
Recordaba el rostro del magistrado Hanán, redondo y satisfecho, saliendo del palacio de Herodes. Había dictado una sentencia inicua contra un grupo de campesinos de Galilea, y en sus ojos no había ni un atisbo de duda, sólo la placidez profunda de quien cree que su poder es absoluto y que no hay un ojo que lo escrute desde lo alto. Ellos aplastan a tu pueblo, oh Señor, y afligen a tu heredad. A la viuda y al forastero los matan, y al huérfano lo asesinan. Y dicen: «No lo ve Yahvé, ni se da cuenta el Dios de Jacob».
Un escalofrío, ajeno al calor, recorrió la espalda de Asaf. Esa era la raíz de toda la podredumbre. No era sólo la maldad; era la seguridad de la impunidad. La creencia de que el cielo estaba vacío, o sordo, o simplemente desinteresado. Esa idea era un veneno que corrompía todo. Tomó un sorbo de agua de un odre de piel, y el agua sabía a polvo.
De pronto, sus ojos se posaron en un hombre joven que entraba en el atrio. No era un sacerdote, ni un fariseo de ropas largas. Vestía la túnica sencilla de un artesano, las manos marcadas por el trabajo de la madera. Sus ojos, sin embargo, no buscaban el cambio de los mercaderes de monedas ni la aprobación de los doctores. Caminaba con una calma extraña, como si el gentío no le rozara. Se detuvo no lejos de Asaf, y levantó su rostro hacia el sol. No rezaba en voz alta, pero Asaf, entrenado para percibir los ritmos del espíritu, sintió la quietud que emanaba de él. Era como un árbol plantado junto a corrientes de agua.
Y entonces, en el silencio de su propio corazón, una respuesta comenzó a brotar, no como un trueno, sino como el lento despertar de un manantial subterráneo. No era la voz de la venganza que él había invocado. Era otra cosa.
«Entiende, oh necio del pueblo; y vosotros fatuos, ¿cuándo seréis sabios?» La palabra no era para el joven artesano, sino para él mismo, para su propia fiebre. ¿Podía el Hacedor del oído no oír? ¿El que formó el ojo, no vería? La pregunta retórica le golpeó con la fuerza de lo obvio. Él, Asaf, cantor del Templo, ¿había caído en la misma necedad que los impíos? ¿Creía, en su angustia, que Dios era como ellos, limitado, distante? El que disciplina a las naciones, ¿no reprenderá? El que enseña al hombre el conocimiento… El Señor conoce los pensamientos del hombre, sabe que son vanidad.
Su mirada se despegó del joven y se elevó, más allá del velo del Templo, más allá del azul cegador del cielo, hacia lo inefable. No era una visión. Era una certeza que se asentaba en sus huesos cansados. La furia no se apagó, pero se transformó. Ya no era un grito en el vacío. Era el fuego en la fragua del Hacedor. Bienaventurado el hombre a quien tú disciplinas, oh Yahvé. La palabra “disciplina” resonó amarga y dulce a la vez. Este dolor, esta indignación, este ver la injusticia y sentirse impotente, ¿no era también parte de esa instrucción? ¿Una manera de labrar el alma, de hacerla más profunda, más compasiva, más dependiente?
Los impíos cavarán un hoyo profundo para otros, y su propio pie caerá en él. Su violencia volverá sobre su propia cabeza. No era una promesa de un castigo espectacular e inmediato. Era la ley de la siembra y la cosecha, escrita en el tejido mismo de la creación por el Justo Juez. El mal llevaba dentro de sí la semilla de su propia destrucción. Podía tardar. Podía parecer que prosperaba. Pero el día del ajuste de cuentas llegaría. Porque el Señor no desamparará a su pueblo, ni abandonará su heredad.
Una paz extraña, no exenta de tristeza, descendió sobre Asaf. El clamor no había sido ignorado. Había sido escuchado y respondido con una verdad más grande que la simple vindicación que él pedía. El Juez de toda la tierra no era un verdugo a su disposición. Era un refugio. Mi roca era mi refugio el Dios de mi confianza. La frase vino a su memoria, de sus propios salmos, de los salmos de David. Nunca la había entendido tan bien.
El joven artesano se movió, y por un instante, sus miradas se encontraron. No hubo palabras. Sólo un leve asentimiento, un reconocimiento de algo compartido en el silencio del lugar santo. Luego, el joven se perdió entre la multitud.
Asaf respiró hondo. El aire todavía olía a incienso y polvo. La viuda seguía sin su tierra. El forastero, probablemente, aún tenía dolor en las costillas. Hanán, el magistrado, seguiría dictando sentencias en su palacio fresco. Pero algo había cambiado. La brasa de la indignación ahora ardía con una luz más clara, no sólo de furia, sino de una esperanza terrible y sólida como la roca. El salmo estaba completo en él. No terminaba con la aniquilación de los malvados bajo sus ojos. Terminaba con él, un hombre viejo y cansado, apoyado en la Roca que no se movía. Sabiendo que la justicia volvería al lugar de los justos. Y que, hasta entonces, su quietud no era derrota, sino la más profunda forma de resistencia.
Se levantó, con un crujido de rodillas, y se dirigió lentamente hacia las cámaras interiores. Tenía un canto nuevo que aprender. O, quizás, uno muy antiguo que sólo ahora empezaba a entender.




