El sol, ese sol implacable del desierto que todo lo sabe y todo lo seca, caía a plomo sobre nuestras cabezas. No era el mismo sol de Egipto, pesado y húmedo, sino uno distinto, limpio y cruel, que hacía brillar las piedras del Arabá como si fueran esquirlas de vidrio. Yo, Moisés, les hablaba a ellos, a esa nueva generación que apenas recordaba el sabor del lodo de los ladrillos. Les hablaba con la voz ronca de quien ha bebido más viento que agua, y les contaba lo que el Señor había hecho por nosotros al otro lado del Jordán.
“Subimos”, dije, y la palabra sonó a esfuerzo, a pendiente. “Subimos camino de Basán. Y salió contra nosotros Og, rey de Basán, con todo su pueblo, para presentarnos batalla en Edrei.” Podía ver aún, detrás de mis párpados entornados, la silueta de aquel monarca, un remanente de los gigantes refaítas. Su cama de hierro, que aún se conserva en Rabá de los amonitas, medía nueve codos de largo y cuatro de ancho. Un hombre que dormía en un lecho así infundía terror. Pero el terror es para quienes no conocen la promesa.
“Y el Señor me dijo: ‘No le tengas miedo, porque yo lo he entregado en tu mano, a él y a todo su pueblo y su tierra.’” Callé un momento, dejando que el crujido de una hoguera pequeña y el susurro de la arena arrastrada por el viento llenaran el espacio. Sus rostros, curtidos ya por el desierto, estaban tensos, expectantes. “Y así fue. Los derrotamos hasta no dejar ni un solo superviviente. Tomamos entonces todas sus ciudades, sesenta en total, toda la región de Argob, el reino de Og en Basán.” Las palabras ‘sesenta ciudades’ las pronuncié despacio, dejando que el número, redondo y abrumador, se posara sobre ellos. No eran campamentos de nómadas; eran plazas fortificadas con altos muros y puertas con cerrojos. Ciudades de piedra que hablaban de un poder antiguo.
Les describí la tierra, porque un hombre debe saber lo que pisa. “Una tierra de colinas altas, de valles profundos donde el rocío se resiste a marcharse hasta mediodía. Tomamos todas las ciudades de la meseta, todo Galaad, todo Basán hasta Salcá y Edrei.” Hice un gesto vago hacia el norte, donde el aire temblaba con el calor. Recordé el ganado, bajo y robusto, pastando en las laderas; los rebaños de ovejas que como manchas de cal se movían entre los matorrales; los incontables bueyes. Un botín que hablaba de una tierra que fluía leche, sí, pero también de una feracidad oscura y poderosa.
La distribución, eso era crucial. Se lo conté como quien reparte un testamento. “La tierra desde Aroer, a la orilla del arroyo Arnón, y la mitad de la región montañosa de Galaad, con sus ciudades, se la di a los rubenitas y a los gaditas. Y al resto de Galaad, y todo Basán, el reino de Og, se lo di a la media tribu de Manasés.” Vi cómo algunos asentían, aquellos cuyos padres habían recibido aquella herencia al oriente del Jordán. Les recordé los términos: “Vuestros hombres valientes, armados, cruzarán con vuestros hermanos. Hasta que el Señor dé reposo a ellos como os lo ha dado a vosotros, y hasta que ellos también tomen posesión de la tierra que el Señor vuestro Dios les da al otro lado. Entonces podréis volver cada uno a la posesión que os he dado.”
Y entonces, llegaba el punto que siempre me encogía el alma, que hacía que el sabor de la victoria se volviera amargo como la hiel. “En aquel tiempo supliqué al Señor.” Mi voz, sin quererlo, bajó hasta casi convertirse en un rumor. No era el tono de un caudillo, sino el de un suplicante anciano. “Oh Señor Dios, tú has comenzado a mostrar a tu siervo tu grandeza y tu mano poderosa. Porque ¿qué dios hay en el cielo o en la tierra que pueda hacer obras como las tuyas? Te ruego que me dejes pasar y ver la buena tierra que está al otro lado del Jordán, esa hermosa región montañosa y el Líbano.”
El silencio fue total. Ni un niño lloró. El crepitar del fuego parecía demasiado fuerte. Todos conocían la respuesta, pero necesitaban oírla de mis labios, necesitaban ver el dolor en un rostro que había hablado con Dios cara a cara.
“Pero el Señor se airó contra mí por causa de vosotros”, dije, y la frase ‘por causa de vosotros’ no era un reproche, era un hecho pesado como losa, una verdad que nos envolvía a todos. “Y no me escuchó. ‘¡Basta!’, me dijo. ‘No me hables más de este asunto. Sube a la cumbre del Pisgá y alza tus ojos al oeste, al norte, al sur y al oriente, y mira con tus propios ojos, porque no pasarás este Jordán.’”
Respiré hondo. El aire ardiente me quemó los pulmones. “Pero a Josué…”, y aquí una punzada, aguda y limpia, de celo santo y de paternidad frustrada, “a Josué le encarga: ‘Anímale y fortalécele, porque él ha de pasar al frente de este pueblo, y él les hará heredar la tierra que verás.’” Así de simple. Así de irrevocable. Mi mirada buscó, entre la multitud, el rostro más joven y resuelto de Josué. Nuestros ojos se encontraron por un instante. En los suyos no había triunfo, sino una responsabilidad tan inmensa que casi le hacía parecer más joven, más vulnerable.
“Y nos quedamos”, concluí, con una fatiga que ya no era solo del cuerpo, “en el valle, frente a Bet-peor.” El nombre del lugar era una sombra, un recordatorio de otras batallas, de otras infidelidades. Pero también era el lugar desde donde se veía la Tierra Prometida como una visión lejana, dorada por el sol de la tarde.
El relato había terminado. No añadí moraleja. No sermoneé. Les había entregado la memoria cruda de la victoria y el peso de la obediencia, el regalo de la tierra y el límite de un río que para mí sería infranqueable. Que ellos lo unieran todo, como debían unir en sus vidas la gratitud y el anhelo, la herencia y la promesa aún por cumplir. El viento levantó un remolino de polvo fino que pasó como un fantasma por entre el campamento, y yo cerré los ojos, viendo más allá del polvo las colinas de Judá, que nunca pisaría.




