Biblia Sagrada

La Cena Recordada en Corinto

El aire en la casa de Aquila y Priscila olía a pan recién horneado, a pescado ahumado y a la humedad persistente que subía del puerto de Corinto. Era el primer día de la semana, el día del Señor, y la comunidad se reunía al anochecer. Lámparas de aceite proyectaban bailes de sombras contra las paredes encaladas, iluminando rostros curtidos por el sol y manos encallecidas por el trabajo: tejedores, alfareros, comerciantes, algún esclavo fugitivo con la mirada aún huidiza.

Pablo se había ido hacía meses, pero sus palabras, aquellas que les había leído en voz alta y que ahora circulaban en un papiro gastado, parecían resonar con más fuerza en su ausencia. Y con más confusión. En un rincón, Cayo, un liberto con cierta holgura, conversaba en voz baja con sus invitados. Traían sus propias viandas: buenos trozos de cordero, queso de cabra, y vino de una cosecha decente. Un poco más allá, cerca de la puerta, Estéfanas y los de su casa compartían un pan más humilde y un plato común de lentejas. La fractura era invisible, pero todos la sentían. La cena común, la *agape* que debía unirlos, se había convertido en el escenario silencioso de las divisiones de la ciudad.

Aquila, con su frente ancha surcada de arrugas, observaba la escena con una pesadumbre familiar. Recordaba las discusiones acaloradas, los malentendidos. Algunas mujeres, como Febe de Cencreas, llegaban con la cabeza descubierta, su cabello suelto como una declaración de una libertad que ellos, quizás, no terminaban de comprender. Otros, los más judíos, fruncían el ceño ante eso. Y luego estaba el asunto de la Cena en sí. Se había convertido en un apéndice rápido, casi un ritual vacío después de una comida donde los que tenían más, comían hasta saciarse, y los pobres, como aquel joven alfarero que miraba con vergüenza su plato vacío, se quedaban con hambre. ¿Era esto el memorial que el Señor había instituido?

Fue en ese momento, cuando la conversación se fragmentaba en grupitos y el ruido de las copas ahogaba el sentido de comunidad, cuando Priscila se levantó. No lo hizo con estridencia, sino con una calma que atrajo la atención. Tomó en sus manos el papiro de la carta.

“Hermanos”, dijo su voz, clara pero no fuerte. “Acuérdense de lo que les escribió Pablo. No para regañarnos, sino para que volvamos al centro. Al único centro”.

Y comenzó a leer, pero no como una lección, sino como un recuerdo vivo. “Los alabo porque mantienen las tradiciones que les entregué…” Hizo una pausa, mirando a Cayo y a sus amigos. “Pero quiero que entiendan algo. La cabeza de todo hombre es Cristo… y la cabeza de la mujer es el hombre… y la cabeza de Cristo es Dios.”

Un silencio incómodo se coló entre las sombras. No era una jerarquía de dominio, lo explicaba Priscila con paciencia, entretejiendo las palabras de Pablo con su propia experiencia. Era un orden de origen, de amor y de gloria. Como Cristo es la gloria de Dios, y el hombre es gloria de Cristo, así la mujer es gloria del hombre. “¿No ven?”, decía, “todo está conectado en una cadena de amor y reconocimiento. Si una mujer ora o profetiza descubierta, es como si deshonrara esa gloria que lleva en sí misma, esa cabellera dada como velo natural. Y si un hombre lo hace cubierto, desdice la gloria de Cristo que representa.” No eran normas de una sinagoga, era algo más profundo, un lenguaje de símbolos para un mundo nuevo que aún balbuceaba.

Luego, su tono se volvió más grave al llegar al núcleo de la reunión. “En cuanto a la Cena del Señor… lo que hacemos ya no es la Cena del Señor.” La frase cayó como una piedra en aguas quietas. “Porque cada cual se adelanta a comer su propia cena; y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga.”

Miró directamente a Cayo, cuya mejilla enrojeció visiblemente a la luz de la lámpara. Miró al joven alfarero, que bajó la cabeza. “¿No tienen casas para comer y beber? ¿O menosprecian a la iglesia de Dios y avergüenzan a los que no tienen?”

Aquila tomó entonces la palabra. Su voz era ronca, como de madera vieja. “Lo que recibí del Señor, y les transmití, es esto…” Y narró, con una sencillez desgarradora, la última noche. El pan que Jesús partió diciendo “esto es mi cuerpo, que por vosotros es partido”. La copa, después de cenar, diciendo “esta copa es el nuevo pacto en mi sangre”. No era una parábola. Era un hecho. Un hecho que se hacía presente cada vez que ellos lo recordaban. “Porque cada vez que comen este pan y beben esta copa, anuncian la muerte del Señor, hasta que él venga.”

El ambiente había cambiado. La frivolidad se había esfumado. Priscila terminó la lectura con la advertencia solemne: “Por tanto, cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpable del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo, y entonces coma de ese pan y beba de esa copa.”

Hubo un silencio largo, cargado. No era de condena, sino de convicción. Cayo se levantó lentamente. Sin decir palabra, tomó la bandeja con el cordero y la llevó al centro de la sala, colocándola junto al pan humilde de Estéfanas. Otros hicieron lo mismo. Las diferencias se desdibujaron en la penumbra.

Finalmente, Aquila tomó un pan, un solo pan grande y sencillo. Lo elevó. No dijo “esto representa”. Siguiendo las palabras exactas, dando todo su peso a cada sílaba, pronunció: “Este es mi cuerpo, que por vosotros es partido. Haced esto en memoria de mí.” Lo partió con sus manos gruesas. El crujido se oyó en el silencio absoluto. Luego, una copa común, de barro, pasó de mano en mano. “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre.”

Al probar el pan, áspero y salado, y el vino, agrio y fuerte, ya no vieron división entre rico y pobre, ni disputa sobre velos. Por un instante, en la débil luz de Corinto, sólo vieron un cuerpo partido y una sangre derramada. Y en ese reconocimiento compartido, bajo la cabeza que es Cristo, volvieron a ser, imperfectamente pero verdaderamente, un solo cuerpo. El examen había comenzado, no con acusaciones, sino con un acto de memoria tan tangible como el sabor del pan en la lengua. Y en esa memoria, encontraron, otra vez, la gracia.

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