Biblia Sagrada

La Confesión de Pedro en Cesarea

El aire sobre la costa de Cesarea de Filipo era distinto. No cargaba con la sal espesa del lago, sino con una frescura áspera que bajaba de las laderas del monte Hermón, cuyas cumbres, aún a finales de verano, conservaban manchas blanquecinas de nieve. El polvo del camino se les había metido a los discípulos entre los dedos de los pies, en los pliegues de las túnicas, y hasta en el gusto de la boca. Andar con él era cansado, de un cansancio que calaba los huesos.

Jesús caminaba un poco aparte, como solía hacerlo últimamente. Su silueta contra la luz de la tarde parecía más angular, más deliberada. Pedro, frotándose un hombro donde la correa de la bolsa había dejado su marca, lo observaba con esa mezcla de devoción y perplejidad que le era habitual. Alrededor, los demás hablaban en tonos bajos, no de lo que habían visto—milagros, multitudes—sino de lo que no entendían: las parábolas que se les escapaban como peces entre las manos, la hostilidad creciente de los fariseos, esa sombra en la mirada del Maestro.

De pronto, Jesús se detuvo y se volvió. No con la sonrisa amplia que usaba para las muchedumbres, sino con una expresión serena, directa. La pregunta no fue un preámbulo, fue un hacha que partió el aire polvoriento.

—Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

Hubo un silencio incómodo. Se oyó el graznido lejano de un cuervo. Andrés escupió al suelo, no por desdén, sino por nerviosismo. Las respuestas brotaron, titubeantes, repitiendo los ecos de los caminos y las plazas.

—Algunos dicen que Juan el Bautista, resucitado…
—Otros, que Elías, claro. El que ha de venir.
—Jeremías, quizás. Uno de los profetas.

Jesús no asintió. Sus ojos, del color del mar en un día nublado, recorrieron cada rostro, deteniéndose en Pedro. Y en Pedro había algo distinto. No era el ímpetu del pescador que se lanza al agua, sino una certeza que venía de un lugar más hondo, más oscuro y a la vez más luminoso. Era como si todas las noches en la barca, bajo el manto estrellado, todas las palabras escuchadas a la orilla del lago, todos los panes partidos y los ojos ciegos que se abrían, se hubieran comprimido en un solo instante de claridad brutal.

Pedro no lo dijo a gritos. Lo dijo con una voz ronca, cargada de todo el polvo del camino, pero firme como la roca sobre la que estaban.

—Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

Las palabras se quedaron flotando, pesadas, irrevocables. Jesús se acercó. Le puso las manos en los hombros, y Pedro sintió el calor de esas palmas como si fuera la primera vez. La sonrisa de Jesús entonces fue amplia, auténtica, llena de una alegría que parecía brotar de una fuente largamente guardada.

—¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! Porque esto no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

Pedro no supo qué responder. Las palabras “iglesia”, “llaves del reino”, resonaban en él de forma extraña, grandiosa y aterradora. Los demás miraban, boquiabiertos. La promesa era descomunal. Pero entonces, la expresión de Jesús cambió. La sombra volvió, más densa. Y comenzó a hablarles claramente, sin parábolas, de lo que le esperaba en Jerusalén: de los sufrimientos, de la muerte a manos de los ancianos y sumos sacerdotes, de resucitar al tercer día.

Pedro no lo pudo soportar. Aquella gloria recién declarada, ¿manchada de sangre y derrota? Se llevó a Jesús aparte, con el atrevimiento del que se siente dueño de una confianza nueva. Le tiró de la manga.

—¡Lejos de ti, Señor! ¡Eso no te puede pasar!

Jesús se volvió. Y la mirada que dirigió a Pedro ya no tenía nada de la alegría de antes. Era fría, cortante como el viento de Hermón.

—¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú eres para mí un tropiezo! Porque no piensas como Dios, sino como los hombres.

Pedro retrocedió como si le hubieran golpeado en el pecho. El nombre “Satanás” le quemó los oídos. La caída fue vertiginosa: de roca fundamental a piedra de tropiezo en un suspiro. El resto de los discípulos bajaron la vista, confundidos, temerosos. Jesús, sin embargo, no se alejó. Su voz, aún grave, se suavizó un poco, como dirigiéndose ahora a todos.

—Si alguien quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la encontrará.

Habían empezado a bajar hacia el valle, la luz era ya dorada y larga. La promesa y la advertencia se mezclaban en sus corazones como el polvo con el sudor. Pedro caminaba en silencio, la reprimenda aún resonándole. No entendía, no podía entender la necesidad del sufrimiento. Pero recordaba el fuego en los ojos de Jesús cuando le llamó “roca”. Y recordaba el hielo cuando le llamó “Satanás”. En ese espacio tensionado entre los dos nombres, intuía, estaba el meollo de todo. Seguir no era aplaudir desde la orilla. Era cargar con la madera áspera, aunque no se viera el diseño final de la carpintería.

Seis días después, en la ladera solitaria de una montaña alta, Pedro vería un atisbo. La luz, los rostros de Moisés y Elías, la voz desde la nube. Y otra vez, hablaría sin saber lo que decía, proponiendo construir tres chozas, queriendo fijar en tiendas la gloria fugaz. Jesús no le reprendió esa vez. Solo, cuando todo hubo pasado y quedaron solos, les ordenó no decir nada hasta después. Y ellos guardaron silencio, pero se preguntaban entre sí qué significaría “resucitar de entre los muertos”.

Pedro, mientras bajaban de la montaña, rozó con los dedos la tela áspera de su manto. No había entendido ni la mitad. Pero algo se había movido dentro de él, algo tan firme y tan frágil como la fe. No era la piedra segura de su propia certeza, sino la roca que era Cristo, sobre la que, sin saber muy bien cómo ni por qué, estaba aprendiendo a edificar su vida. Y esa roca, intuía, era lo único que no se movería cuando todo lo demás—sus ideas, su seguridad, incluso su vida—se hicieran añicos.

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