Biblia Sagrada

La Promesa del Muro de Fuego

La noche olía a tierra húmeda y a cenizas recientes. Zorobabel, el gobernador, se había retirado hacía horas, y el silencio sobre el montón de ruinas que había sido Jerusalén era tan denso que parecía tener peso. Yo, un hombre de palabras sencillas y manos encallecidas por el trabajo de reconstrucción, no podía dormir. Caminé entre las piedras desenterradas, los cimientos apenas visibles de lo que fue. La luna, un fino hilo plateado, iluminaba de manera cruel la desnudez de Sión. En mi corazón, una pregunta antigua y cansada giraba en círculos: ¿hasta cuándo?

No fue un sueño, no del todo. Fue como si el aire mismo se hubiera espesado y empezara a vibrar con una frecuencia distinta. De repente, ya no estaba entre las sombras de las piedras, sino en una llanura vasta y dorada, bajo una luz que no lastimaba los ojos. Y lo vi. A un hombre. No llevaba armadura de guerrero ni vestiduras sacerdotales, sino una túnica simple, de un lienzo blanquecino, y en su mano un cordel de lino. El cordel de medir de los albañiles. Sin decir palabra, con una determinación tranquila, comenzó a caminar.

Lo seguí, o más bien, fui arrastrado por la corriente de aquella visión. Vi cómo extendía el cordel sobre lo invisible, midiendo una longitud, luego una anchura. Sus movimientos eran precisos, rituales. Medía Jerusalén. Pero no la Jerusalén que yo conocía, la de los muros derribados y las calles estrechas. Medía un espacio tan amplio, tan desmesurado, que mi corazón dio un vuelco. ¿Cómo se pueden poner muros a algo así?

Y entonces, otra presencia. No la vi con los ojos, pero la sentí a mi espalda, una energía pura y antigua. Era un mensajero, un ser de fuego silencioso, que avanzaba hacia el hombre del cordel de medir. Yo me quedé quieto, conteniendo el aliento.

El mensajero le habló, y su voz era como el sonido de muchas aguas en la distancia: “Corre, habla a aquel joven”. El joven. Me señalaban a mí. Una oleada de calor me subió por el cuello. “Di esto: Jerusalén habitará como aldeas sin muros, a causa de la multitud de hombres y de ganado que habrá en medio de ella.” Las palabras se grabaron en mí como sobre piedra.

Aldeas sin muros. La imagen me desconcertó. Un pueblo abierto, vulnerable. Pero la voz continuó, y ahora era más íntima, como si hablara directamente al centro de mi ser: “Yo seré para ella, dice el Señor, un muro de fuego en derredor, y para gloria estaré en medio de ella.” Un muro de fuego. No de piedra, que se puede derribar o escalar, sino de la propia presencia de Dios. Una protección viva, devoradora de toda amenaza. Y Su gloria, no como un recuerdo del pasado, sino como un residente, un habitante más en medio de las casas y los corrales.

La visión se hizo más vasta, se desbordó. La voz, que ahora reconocía sin lugar a dudas, tronó con una autoridad que hacía temblar la tierra bajo mis pies: “¡Eh, eh! Huid de la tierra del norte, dice el Señor, pues por los cuatro vientos de los cielos os esparcí, dice el Señor.” Era una llamada urgente, un grito de liberación. No solo para los que estábamos aquí, sudando entre escombros, sino para todos los nuestros, los esparcidos, los que aún vivían en la sombra de Babilonia, cómodos en su exilio. Huid. Dejad la falsa seguridad. Volved a donde no hay seguridad aparente, solo la promesa de un muro de fuego.

Y entonces, lo más sorprendente. La voz se suavizó, se tornó casi maternal. “Oh Sión, la que habitas con la hija de Babilonia, escápate.” Escápate. No con un ejército, no con tratados políticos. Con un acto de fe pura. Porque algo, Alguien, se estaba preparando para mover los cimientos del mundo. “Porque así ha dicho el Señor de los ejércitos: Tras la gloria me enviará él a las naciones que os despojaron; porque el que os toca, toca la niña de su ojo.”

La niña de su ojo. La parte más sensible, más protegida. Jerusalén, este montón de ruinas, éramos eso para Él. Un escalofrío que no era de miedo, sino de un asombro abrumador, me recorrió la espalda. La historia no era nuestra. Era Suya. Él se levantaría, y su movimiento haría que los imperios, esas naciones que nos habían saqueado con tanta arrogancia, se estremecieran.

La culminación fue un susurro que llenó todo el espacio de la visión: “Canta y alégrate, hija de Sión; porque he aquí vengo, y moraré en medio de ti, dice el Señor.” No era un “vendré”. Era un “vengo”. Un presente absoluto, una certeza que atravesaba el tiempo. Y no solo para visitar. Para morar. Para plantar Su tienda entre nuestras tiendas.

La llanura dorada se desvaneció. La última imagen fue una avalancha de pueblos, de rostros que no reconocía, vestidos con telas extrañas, llegando a Jerusalén. “Y se unirán muchas naciones al Señor en aquel día, y me serán por pueblo, y moraré en medio de ti.” La ciudad sin muros, abierta, sería el imán. El muro de fuego no era para excluir, sino para custodiar un fuego central que atraería a todos.

La visión se quebró. Me encontré de rodillas en el frío suelo, entre las piedras ásperas de la Jerusalén real. Las lágrimas me corrían por la barba y caían sobre el polvo. Ya no veía ruinas. Veía el andamio invisible de una promesa. El aire aún olía a tierra húmeda y a ceniza, pero ahora también olía a algo más, a algo como el aroma del campo después de la primera lluvia de primavera. Lejos, en el este, el cielo comenzaba a clarear. Me levanté, las rodillas doloridas, el corazón liviano como no lo había estado en décadas. Tenía que encontrar a Zorobabel. Tenía que contarle que no estábamos construyendo una fortaleza. Estábamos preparando el espacio, ancho, muy ancho, para recibir a un Huésped. Y que, cuando Él llegara, Su presencia sería nuestro único y suficiente muro.

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