El sol de la mañana pesaba sobre los hombros como un manto de plomo. El aire, quieto y polvoriento, olía a tierra reseca y a piedra caliente. Yo caminaba unos pasos detrás del profeta, tratando de seguir el ritmo de sus pies descalzos sobre la losa áspera del atrio. No era la primera vez que nos deteníamos en aquel lugar, frente a la entrada oriental de aquel templo que no era más que visión y promesa, una estructura de líneas perfectas y proporciones celestiales que se alzaba en la llanura de nuestro destierro. Pero ese día había algo distinto en la manera en que Ezequiel miraba el umbral. Su silencio no era el de la contemplación, sino el de la espera.
De pronto, se hizo un leve ruido, un susurro que parecía nacer de las mismas junturas de la piedra. Ezequiel no se volvió; solo inclinó la cabeza, como escuchando una voz que solo a él le llegaba. Luego, con una calma que helaba la sangre, dijo: “Mira”.
Y entonces vi el agua.
No era una inundación violenta, ni un torrente desbocado. Era un hilillo tímido, claro como el cristal, que manaba de debajo del umbral de la puerta, hacia el lado oriental. Fluyó sobre el pavimento, serpenteando casi con timidez, como si explorara un camino que nunca antes había existido. El profeta comenzó a caminar, y yo lo seguí, con los ojos clavados en aquel riachuelo imposible. Cruzamos el atrio, salimos por la puerta que daba al este, y el agua nos precedía, fluyendo cuesta abajo.
Caminamos quinientos codos, una distancia considerable bajo el sol inclemente. Cuando miré de nuevo, el hilillo se había convertido en un arroyo que me llegaba a los tobillos. El agua chapoteaba contra mis pies, fría y viva, con una frescura que no tenía nada que ver con el calor muerto del desierto. Ezequiel no dijo palabra. Siguió avanzando, midiendo otros quinientos codos con sus pasos largos y decididos. Al cruzar esa nueva marca, tuve que contener un jadeo. El agua me daba ya hasta las rodillas, y su corriente era firme, constante, llenando el cauce que ella misma iba tallando en la tierra árida.
La procesión silenciosa continuó. Otros quinientos codos. El agua, ahora turbia solo por la fuerza de su propio movimiento, me golpeaba contra los muslos, y para seguir al profeta tuve que nadar. La sensación era desconcertante: avanzar a braza en medio de la llanura, en un río que surgía de la nada. El sol relucía sobre la superficie, rompiéndose en mil destellos que hacían daño a los ojos. A mi alrededor, el paisaje comenzaba a cambiar. Donde antes solo había costras de sal y arbustos espinosos, asomaba un verdor pálido, como un rumor de vida.
El último tramo. Quinientos codos más. Aquí, el profeta se detuvo, y yo con él, forcejeando para mantenerme a flote. El río era ya una corriente impetuosa, un torrente que no podía vadearse. Las aguas me llegaban al cuello, y más allá, solo había la promesa de una profundidad en la que un hombre debía sumergirse por completo. El ruido era el de un río de verdad: un murmullo profundo, poderoso, que hablaba de caudal y de destino. Ezequiel, de pie en la orilla que ya no era orilla, señaló con la mano hacia el este, por donde el agua se perdía de vista.
“¿Has visto, hijo de hombre?” Su voz, por primera vez en horas, cortó el rumor del agua y el silbido del viento.
Asentí, sin aliento, aferrado a un pedazo de roca que emergía como una isla.
Entonces, como si la visión necesitara de un testigo más allá de la medida, me hizo volver, siguiendo la ribera. Y fue en el camino de regreso cuando comprendí el alcance de la cosa. Porque no íbamos junto a un río común. A ambos lados del caudal, la tierra muerta había estallado en una frondosidad desconcertante. Árboles de toda especie brotaban de la ribera, con una vitalidad que parecía un desafío al sol. Sus ramas, cargadas de hojas verdes y brillantes, se inclinaban sobre el agua. Y en ellas, colgando como joyas de la creación, vi frutos. No los frutos escasos y amargos del desierto, sino higos, granadas, uvas, dátiles… una cosecha perpetua. Las hojas no se marchitaban; su verdor era medicinal, un bálsamo para los ojos acostumbrados al ocre de la arena.
“Esta agua fluye hacia la región oriental”, explicó Ezequiel, y su tono ya no era el del que muestra un misterio, sino el del que anuncia un hecho. “Bajará hasta la Arabá, y de allí al Mar Muerto”.
Al pronunciar el nombre de aquel mar, un escalofrío me recorrió. Todos conocíamos el Mar Salado. Un páramo líquido, una lágrima espesa y estéril de la tierra donde nada vivía, donde los peyes se convertían en momias de sal al tocarlo.
“Y al entrar en el mar, en esas aguas pestilentes”, continuó el profeta, “las sanará”.
Lo vi entonces, en la visión que se extendía ante mis ojos interiores. Vi la corriente dulce y viva, imparable, vertiéndose en la inmensidad salada y amarga. Y vi cómo el milagro ocurría: no una mezcla gradual, sino una transformación radical. Donde llegaba el río, la muerte retrocedía. Las aguas ponzoñosas se volvían dulces, vivificadas. Y en ese nuevo mar, allí donde antes solo había silencio y sal, bullía la vida. Enjambres de seres vivos, peces de todas las formas y colores, tantos como en el Gran Mar del occidente. Y en las riberas, ahora fértiles, pescadores arrojando sus redes, desde En-gadi hasta En-eglaim, secando sus capturas bajo un sol que ya no era una maldición, sino una bendición. Las marismas y las lagunas quedarían para la sal, útil y necesaria, pero el cuerpo principal del agua sería un manantial de vida.
Nos habíamos detenido. El río de la visión seguía fluyendo a nuestros pies, claro y profundo. Ezequiel miró los árboles cargados de fruto, cuyas hojas susurraban con la brisa que ahora, milagrosamente, soplaba fresco desde el este.
“Su fruto servirá de alimento”, dijo, casi para sí mismo, “y sus hojas de medicina”.
La última palabra quedó suspendida en el aire, mezclada con el aroma a tierra mojada y a vegetación nueva. No era solo una cura para el cuerpo; lo entendí en ese instante. Era la medicina para el corazón roto, para el espíritu en cautiverio, para la tierra que había bebido tanta sangre y lágrimas que se había vuelto salada. El río que nacía del umbral del santuario, del mismísimo lugar de la Presencia, traía consigo la sanidad de todo lo que tocaba.
La visión se desvaneció entonces, no de golpe, sino como un sueño del que se despierta poco a poco. El sonido del agua se fue apagando, convertido en el susurro del viento sobre la llanura real, seca y polvorienta. Pero la imagen del río, de los árboles, del mar lleno de vida, se había grabado en mí con una claridad más duradera que la de la piedra. No era un consuelo vano. Era una promesa tallada a fuego en el alma: que desde el lugar más sagrado, desde el corazón mismo de la presencia de Dios, nacería un flujo de gracia que ningún desierto podría absorber, y que ninguna muerte, por salada que fuera, podría resistir.




