Biblia Sagrada

La Unción del Silencio

El polvo se levantaba en remolinos perezosos, arrastrado por un viento cálido que olía a tierra agrietada y a cardo seco. En la llanura, un hombre caminaba. No era un rey, ni un guerrero; su túnica era del color de la arena, gastada en los codos. Se llamaba Ebed, aunque él mismo rara vez pronunciaba ese nombre. Lo conocían más por su silencio que por sus palabras.

Había salido de la aldea al alba, con la intención vaga de llegar a las colinas. El sol, ahora en lo alto, parecia fundir el cielo en un metal blanco y doloroso. A lo lejos, el Mar Salado relucía como una lámina torcida bajo el calor. Ebed se detuvo junto a una roca que ofrecía una sombra escueta. Sacó un odre de agua, bebió un sorbo corto, y dejó que la quietud del lugar se posara sobre él. No era la quietud del vacío, sino la de una espera antigua, tensa como la cuerda de un arco.

Entonces, vino la Voz. No como un trueno, sino como el roce del viento en los juncos, pero con una claridad que le partió el alma en dos. No era un sonido para los oídos, sino para el hueso mismo de su ser.

«Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi escogido, en quien mi alma se complace».

Ebed contuvo el aliento. El paisaje desolado pareció contener su aliento con él. Los cerros lejanos, las grietas en la tierra, todo se volvió un auditorio silencioso.

«He puesto mi espíritu sobre él; él hará salir juicio a las naciones».

La Voz no hablaba de espadas ni de ejércitos. Hablaba de juicio. Pero el juicio que describía no era el estruendo de una batalla, sino algo más profundo, más lento, como el curso de un agua subterránea que finalmente rompe a la luz. Era un juicio que no quebraría la caña cascada, ni apagaría la mecha que humea. Ebed miró sus propias manos, callosas y marcadas por el trabajo. No eran manos para romper, sino para enderezar lo torcido, con una paciencia que desgastaría a la misma piedra.

La Voz siguió, tejiendo un destino ante él, en el aire vibrante del desierto. Lo llamaba luz de las naciones. Luz. Él, que se sentía a menudo como una sombra alargada al atardecer. Abriría ojos ciegos, sacaría de la cárcel a los presos, de las mazmorras a los que habitan en tinieblas. Las palabras pintaban cuadros en su mente: hombres con la mirada nublada de nacimiento, parpadeando ante el primer destello del amanecer; celdas húmedas cuyas puertas, oxidadas en sus goznes, gemían al abrirse por primera vez en años. Era una liberación que no llegaba con trompetas, sino con el sonido casi imperceptible de un cerrojo que cede.

Un sentimiento abrumador, una mezcla de terror y de una paz más honda que el miedo, lo invadió. No se le encomendaba conquistar imperios con la fuerza, sino con una fidelidad callada. «No gritará, no alzará su voz, no la hará oír en las calles». Su poder estaría en su constancia, en no desfallecer ni desalentarse hasta establecer la justicia en la tierra. Y las costas lejanas, esos lugares apenas nombrados en las conversaciones de los mercaderes, esperarían su ley.

Por un instante, la magnitud lo hizo tambalear. ¿Cómo podría un hombre como él, acostumbrado al horizonte limitado del desierto de Judá, llevar algo a las islas y a los pueblos de más allá del gran mar? La Voz, como si leyera el vértigo en su corazón, habló de lo creado: «Canten lo nuevo los cielos, alégrese la tierra, brame el mar y su plenitud». Toda la creación sería un coro de bienvenida. Los desiertos como ése en el que estaba parado, y sus aldeas, levantarían la voz; los habitantes de Sela, en las rocas, gritarían de lo alto del monte. Hasta los confines de la tierra entonarían la gloria de un Dios que obraba de esta manera, callada, firme, a través de lo débil.

El silencio regresó. El viento volvió a susurrar entre las piedras, el calor a pesar sobre sus hombros. Pero nada era igual. Ebed se incorporó, y al hacerlo sintió el peso de una unción que no era aceite en su frente, sino una certeza en sus entrañas. Miró sus manos de nuevo. Eran las mismas. Pero ya no lo eran.

El camino de regreso a la aldea le pareció distinto. Cada mata de hierba gris, cada piedra del sendero, parecía estar a la espera. No tenía un ejército que reclutar, ni discursos que preparar. Tenía que vivir. Tenía que caminar. Tenía que ser fiel en lo pequeño, en lo invisible, confiando en que la fuerza que ahora sentía como un río tranquilo dentro de él cumpliría su propósito, incluso cuando los días fueran largos y los resultados, invisibles.

Al entrar en la aldea, el hijo del alfarero, ciego de nacimiento, volvió la cabeza hacia el sonido de sus pasos con esa expresión vacía que siempre le partía el corazón. Ebed se acercó y puso una mano en su hombro. «La luz viene, muchacho», murmuró, y su voz sonó distinta incluso para sus propios oídos. No era un grito. Era una promesa, sembrada en el silencio del desierto, que empezaba a echar raíces en la tierra árida de un mundo que aún no sabía que estaba esperando.

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