Biblia Sagrada

El Escriba y la Mano Invisible

El sol de media tarde, ceniciento y pesado, se filtraba a través del polvo levantado por miles de pies y cascos. Bajo la tienda de campaña, el aire olía a cuero sudado, a aceite rancio de las armas y a la tierra seca del camino. Tebal, escriba del Gran Rey de Asiria, frotó sus ojos cansados. Delante de él, sobre la mesa de campaña, el pergamino desplegado mostraba una lista interminable: Samaria, Damasco, Calno, Arfad, Hamat… Nombres que ahora eran polvo bajo el yugo asirio. Su mano, callosa y manchada de tinta, trazó con letra firme el siguiente: Jerusalén.

Un rumor de pasos pesados hizo levantar la cabeza. Era Asurban, capitán de la guardia personal del Turtán, el comandante en jefe. Traía el olor del campo de batalla pegado a la armadura.
—El Turtán pide el informe de las últimas conquistas —dijo sin preámbulos, su voz un eco ronco de órdenes gritadas.
—Está listo —respondió Tebal, secando la última línea. —Diez ciudades, diez reyes. Ninguna pudo resistir. Es como si… como si una mano invisible derribara sus murallas antes de que llegaran nuestras arietes.
Asurban esbozó una sonrisa dura, sin calor.
—La mano invisible es el favor de nuestros dioses, escriba. Y el hierro de nuestras lanzas. No busques poetas donde solo hay fuerza.
Tebal asintió, pero mientras enrollaba el pergamino, una vieja frase aprendida de un mercenario hebreo cautivo le vino a la mente: “¡Ay de los que dictan leyes injustas!”. La desechó como se desecha un sueño sin sentido. Él no dictaba leyes; solo las registraba. Él era el instrumento del registro, como el ejército era el instrumento de la conquista.

Esa noche, en la tienda del Turtán, la atmósfera era de vino espeso y orgullo desbordado. El comandante, un hombre ancho con ojos de halcón, señalaba en un mapa tosco trazado sobre piel de cabra.
—Mi mano ha alcanzado los reinos de los ídolos —decía, y su voz retumbaba en el espacio cerrado—. Sus imágenes eran más que las de Jerusalén y Samaria. Como hice a Samaria y a sus ídolos, así haré a Jerusalén y a sus inútiles estatuas.
Los oficiales asintieron, brindando. Tebal, en un rincón tomando notas, sintió un escalofrío que no provenía del frío nocturno. Había una unanimidad demasiado perfecta en su arrogancia, como si todos repitieran un guion escrito por alguien más. El Turtán prosiguió, embriagado por su propio discurso:
—¿No es Calno como Carquemis? ¿No es Hamat como Arfad? ¿No es Samaria como Damasco? Mi propia inteligencia lo ha logrado. He borrado las fronteras de los pueblos y he saqueado sus tesoros. Como un hombre fuerte, he derribado a los que estaban sentados en tronos.
La lógica era aplastante, circular. Cada victoria justificaba la siguiente. No había lugar para la contingencia, para la suerte, para… para otra voluntad. Tebal miró sus propias manos, instrumentos que transcribían esa lógica de hierro. “¿Acaso se envanece el hacha contra el que con ella corta?” La frase del cautivo regresó, esta vez con la fuerza de una intuición repentina. Él era el escriba, el hacha. El Turtán era el guerrero, el hacha. ¿Y el que blandía el hacha? Una imagen se formó en su mente: una mano enorme, callosa, que no era la de ningún rey asirio, sosteniendo el mango de un hacha cuyo filo era todo el ejército. La mano movía el hacha con un propósito que el propio hierro desconocía.

Los días siguientes fueron una marcha implacable hacia la ciudad montañosa de Judá. El paisaje se volvió áspero, lleno de colinas rocosas y olivares polvorientos. La confianza del ejército era palpable, un animal enorme y seguro de su fuerza. Pero Tebal comenzó a ver grietas. Pequeñas cosas. Una peste en los caballos que ralentizó la vanguardia. Un manantial que encontraron envenenado. La resistencia feroz, casi desesperada, de una aldea insignificante que les costó más bajas de lo previsto. Eran piedras en el zapato de un gigante, pero el gigante empezaba a cojear.

Una tarde, acampados ya en los montes de Judá, a la vista de las murallas lejanas de Jerusalén, Tebal salió a caminar más allá de las líneas de guardia. Encontró un pequeño huerto de olivos, abandonado por sus dueños que habrían huido a la ciudad. Bajo un árbol viejo, retorcido como un alma atormentada, había un hombre. No era un soldado. Vestía un manto raído, y sus ojos, al posarse en Tebal, no mostraron miedo, sino una profunda y serena tristeza. Era el mercenario hebreo, ahora libre o desertor, el mismo que años atrás le había hablado.
—Tebal, el escriba de la cuenta —dijo el hombre en un acento cargado de melancolía—. Vienes a anotar también la caída de Sion.
—Es el destino de los que se oponen a Asiria —respondió Tebal, pero su voz carecía de la convicción de otros tiempos.
El hebreo sacudió la cabeza lentamente. Señaló con el mentón hacia el imponente campamento asirio, cuyas fogatas empezaban a encenderse como estrellas profanas en la tierra.
—Asiria es la vara de mi furor —murmuró, como hablando consigo mismo, citando una cadencia antigua—. El bastón de mi ira está en sus manos. Yo lo envié contra una nación impía, lo mandé contra el pueblo de mi enojo, para que saqueara despojos y tomara botín, para que lo hollara como lodo de las calles.
Tebal contuvo la respiración. El hombre hablaba en primera persona, pero no era un rey, ni un general. Hablaba como si fuera… el dueño de la mano.
—Pero él no lo piensa así —continuó el hebreo—. Su mente no es así, sino que su corazón es para destruir, para exterminar naciones no pocas. Porque él dice: “¿No son mis príncipes, todos ellos, reyes?”. Se envanece el hacha contra el que con ella corta.
Allí estaba, la frase completa, resonando en el silencio del olivar. Tebal sintió que el suelo firme de su mundo, el mundo de listas y conquistas y dioses de metal, se resquebrajaba.
—¿Qué… qué sucederá entonces? —logró preguntar.
El hombre miró hacia Jerusalén, bañada por los últimos rayos de sol.
—Cuando el Señor haya terminado toda su obra en el monte Sion y en Jerusalén, castigará el fruto de la soberbia del corazón del rey de Asiria y la gloria de la altivez de sus ojos. Porque ha dicho: “Con el poder de mi mano lo he hecho, y con mi sabiduría, porque soy prudente”. El leñador no se gloría del hacha. Y el hacha, si se gloría, se quiebra. Un resto, solo un resto, volverá. La destrucción está decretada, pero será como el pasar de un torrente. Hasta aquí llegará.
Antes de que Tebal pudiera articular otra palabra, el hombre se levantó y se perdió entre los olivos, fundiéndose con las sombras del crepúsculo.

La batalla, cuando llegó, no fue como las otras. No hubo asalto monumental, ni máquinas de guerra desplegadas. Una pestilencia, dicen algunos. Una noticia de revuelta en Nínive, murmuraban otros. La orden de retirada llegó abrupta, humillante. El gigante cojeó de vuelta, dejando atrás equipo, botín, y su orgullo intacto pero ahora vacío, como un odre agujereado. Tebal, en medio del caos de la retirada, vio al Turtán. Ya no parecía un halcón, sino un ave mojada, furiosa y confundida, gritando órdenes contradictorias. El hacha se había quebrado contra una roca invisible.

Años después, Tebal, ya anciano y viviendo lejos de las cortes, supo de la caída de Nínive. La poderosa Asiria, el hacha que todo lo cortaba, hecha añicos por los babilonios. Recordó la lista de ciudades en su pergamino, ahora ceniza en algún archivo olvidado. Recordó al hombre del olivar y sus palabras. “Un resto volverá”. Y supo, con una certeza que no provenía de los registros reales sino de algo más hondo, que mientras los imperios se alzan y caen, movidos por una mano que no ven, la promesa sobre el resto, frágil como un brote verde después de un incendio, era la única historia que verdaderamente perduraba. El había sido el escriba de la soberbia. Ahora, en el silencio de sus días finales, se convertía en el memorioso de la esperanza.

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