Biblia Sagrada

El Susurro de un Aleluya

El aire olía a tierra mojada y a hierba pisada. No era un olor del desierto, seco y polvoriento, sino un aroma denso, generoso, que subía desde los valles y se enredaba entre las calles de piedra de Jerusalén. Ezequías, un hombre ya entrado en años cuyo oficio era hilar lana, se detuvo en el umbral de su casa, un cuenco de barro con granos de trigo entre sus manos. El cielo, lavado por las lluvias tardías, era una bóveda profunda y limpia. Respiró hondo. No era solo alivio por el fin de la sequía; era algo más.

A lo lejos, desde la dirección del Templo, llegó el sonido tenue de un cántico. No se distinguían las palabras, solo la melodía, una corriente de notas que parecía querer elevarse y fundirse con el azul del crepúfugo. Ezequías pensó en su hijo pequeño, dormido dentro con una fiebre que había cedido por fin esa mañana. Pensó en los racimos de uvas que empezaban a hincharse en la viña familiar, pequeñas esferas de agua y luz. Y una palabra, antigua y pesada como un cant rodado, rodó desde lo hondo de su pecho hasta sus labios secos: “Aleluya”.

No era un grito. Era un susurro ronco, la conclusión lógica de todo lo que sus ojos veían y sus manos tocaban. Porque, ¿quién sino el Señor podía ordenar este milagro cotidiano? Él, el mismo que contaba el número de las estrellas y a cada una la llamaba por su nombre. Ezequías miró al cielo que se oscurecía. No era astrónomo, pero en las noches claras, tendido en el tejado plano, intentaba seguir las innumerables chispas plateadas. Su abuelo le dijo una vez que eran como las ovejas de un rebaño infinito. ¿Quién podía saber su número, su camino, su razón de ser? Solo Aquel cuyo aliento las encendió. La inmensidad le daba vértigo, pero también una paz extraña. Si Él sostenía *aquello*, ¿cómo no iba a sostener a Jerusalén, a su hijo, a la débil llama de su lámpara de aceite?

Un ruido de cascos en la callejuela lo sacó de sus pensamientos. Era Jonatán, el albañil, conduciendo un asno cargado con piedras para reparar un muro. Se detuvo y saludó con la cabeza. “Bendita sea la lluvia, vecino”, dijo, y su rostro curtido se arrugó en una sonrisa. “Sí, bendita”, respondió Ezequías. Y en su mente completó el versículo que los levitas cantarían al atardecer: *‘Él sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas’*. Las heridas de la ciudad eran visibles: muros aún cicatrizando de viejos conflictos, casas con el luto reciente, el peso de la memoria. Pero Jerusalén estaba allí, en su colina, reconstruyéndose piedra sobre piedra. No por la fuerza de sus guerreros, que eran pocos, ni por la sabiduría de sus príncipes, sino por una fuerza distinta, callada y tenaz como la raíz de una encina. La fuerza del favor del Altísimo, que se complace no en los corceles veloces ni en la musculatura del soldado, sino en el temor reverente de aquellos que esperan en su misericordia.

Al día siguiente, Ezequías bajó a los campos que rodeaban la ciudad. La tierra, que días antes era una costra agrietada, ahora estaba mullida y oscura. De ella brotaba, con una fuerza casi audible, la vida. La hierba para el ganado era una alfombra verde y húmeda. Los lirios, esos mismos que Salomón en toda su gloria no pudo igualar, vestían las laderas con mantos púrpura y blanco. Y los cuervos, negros y graznantes, revoloteaban y se posaban, encontrando su sustento. Nadie los alimentaba, nadie les señalaba el camino. Pero ellos, en su instinto salvaje, conocían al Proveedor. Ezequías se sintió pequeño y a la vez parte de algo inmenso. Él, con su rueca y su esfuerzo diario, era como esos cuervos. Como la hierba. Dependiente. Y, sin embargo, cuidado con una precisión asombrosa.

De vuelta a la ciudad, al caer la tarde, el viento cambió. Vino del norte, frío y áspero, trayendo consigo un mensaje de las altas cumbres del Hermón. El aire se volvió cortante. Ezequías se envolvió más en su manto. Pronto, aquel mismo aliento que acariciaba los brotes tiernos se convertiría en escarcha, en cristales de hielo que cubrirían la tierra como un manto de diamantes. El mismo Señor que enviaba la lluvia benéfica, enviaba el hielo. ¿Quién podía hacer eso? ¿Quién podía gobernar los dos extremos de la creación, la caricia y el rigor, el germinar y el dormir? Solo Él, cuya palabra corre más veloz que cualquier viento, que derrite el hielo con solo pronunciar su mandato, y hace soplar de nuevo el viento cálido del sur. El ciclo no era capricho. Era palabra. Era un canto con dos estrofas: una de abundancia, otra de límite; una de crecimiento, otra de quietud. Y ambas eran buenas.

Esa noche, antes de dormir, Ezequías miró a su hijo, ya sin fiebre, respirando tranquilo. Afuera, el frío norteño golpeaba contra las contraventanas de madera. Dentro, el calor del hogar y la paz. Tomó su salterio, un instrumento modesto y gastado, y sus dedos, torpes por el trabajo, buscaron unas cuerdas. No intentó una melodía compleja. Dejó que sus dedos erraran, que una nota chocara con otra, que el ritmo fuera el de su propia respiración. Y entrecortadamente, como el agua que gotea de un tejado después de la tormenta, le fue hablando a la oscuridad.

No alababa solo la lluvia. Alababa al que la enviaba. No daba gracias solo por la curación de su hijo, sino por el corazón del Médico. No se maravillaba solo de las estrellas, sino de la voz que las nombraba. No se confiaba en los muros reconstruidos, sino en el albañil divino que los sostenía. Era una alabanza tejida con hilos de vida cotidiana: el trigo en el cuenco, la piedra en el muro, el aliento del niño, el silbido del viento. Cada cosa, por pequeña, era una sílaba en el gran poema de la fidelidad.

Y al final, en el silencio que siguió a la última vibración de la cuerda, le pareció entenderlo. El cántico que había oído desde el Templo no era solo música. Era la ciudad misma respirando. Era el sonido de las heridas siendo vendadas, de los cimientos siendo afirmados, de la hierba creciendo, del hielo resquebrajándose al mandato de una voz que no se oía, pero que lo llenaba todo. Jerusalén, su pequeña, amada, vulnerable Jerusalén, no era más que un eco. Un eco material de una alabanza que comenzó antes que los tiempos, en el corazón mismo de Dios. Y su propia voz, ronca y imperfecta, era parte de esa sinfonía. Aleluya.

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