El crepúsculo se arrastraba por las ventanas altas del palacio, un polvo dorado y triste que se posaba sobre los tapices y enfriaba los mármoles. David estaba solo, o más bien, era la soledad hecha hombre en aquella estancia demasiado grande. El rumor lejano de la ciudad, los olores a pan y a incienso que subían desde las calles, todo parecía provenir de otro mundo, de una vida a la que ya no pertenecía. Hacía semanas, quizá meses, que la habitación de su propio pecho era el lugar más inhóspito que conocía.
No pensaba en la mujer, no al menos directamente. El recuerdo de Betsabé se había difuminado, convertido en una mancha de color púrpura y remordimiento. Tampoco en Urías, el hitita, cuyo nombre ahora le quemaba la garganta como un grito ahogado. Pensaba en el silencio. En el profundo, abismal silencio que había donde antes había una voz. La voz que solía llegarle en la brisa de la tarde, entre el balido de las ovejas que ya no pastoreaba, en el susurro de las hojas de los olivos. El Espíritu. Su huésped, su consejero, su luz. Ahora solo había un vacío sonoro, un eco de su propia falta que resonaba en cada latido.
Se levantó, y sus pies descalzos sintieron el frío del suelo. Caminó hacia un rincón donde la luz ya no llegaba. Allí, en la penumbra, su propia sombra le pareció un acusador. “Ten piedad de mí, oh Dios.” Las palabras no salieron de su boca, sino de algún lugar más profundo, de las entrañas mismas de su ser herido. No era una oración estudiada, de esas que un rey debe pronunciar. Era un quebranto, el sonido de un hueso roto del alma. “Conforme a tu misericordia, conforme a tu inmensa compasión.”
Por primera vez, no se vio a sí mismo como el ungido, el vencedor de Goliat, el poeta de Israel. Se vio desnudo. Un hombre manchado. Y la mancha no era externa, no se podía lavar con agua del Gihón ni con los perfumes de Arabia. Era una trama negra tejida en la urdimbre de su corazón. Lo sabía desde el momento en que el profeta Natán, con la terrible sencillez de una parábola, le había señalado: “Tú eres ese hombre.” La convicción no había sido un rayo, sino una lenta inundación que ahora anegaba todo. “Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí.”
Contra ti, solo contra ti. La frase le golpeó con la fuerza de una verdad recién descubierta. Betsabé, Urías, el reino, el ejército… todo era la periferia del desastre. En el centro, el acto fundacional de su ruina había sido una afrenta a los ojos bondadosos que lo habían mirado desde el aprisco. Había quebrado algo que no era una ley, sino una confianza. Había mancillado una belleza que le había sido prestada. “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.” No era un disculpa, sino un reconocimiento desgarrador de su propia genealogía interior, una confesión de que aquella semilla de orgullo y lujuria no era un accidente, sino el fruto natural de un árbol torcido desde la raíz.
Anhelaba, entonces, no el perdón como un decreto real, sino la limpieza como un milagro de la creación. “Lávame, y seré más blanco que la nieve.” Cerraba los ojos y veía la nieve en las cumbres del Hermón, pura, implacable en su blancura, caída del cielo. Eso pedía. Una nieve divina que cubriera el barro seco de su alma. “Hazme oír gozo y alegría, que se regocijen los huesos que has abatido.”
Y luego, la súplica más extraña, la más profunda. “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio.” No dijo “límpiame el corazón”, sino “crea”. Era como pedir un nuevo órgano, una nueva fuente de vida. Su corazón viejo, el que había planeado el asesinato y se había envilecido con el deseo, era irrecuperable. Necesitaba una obra de Génesis, un soplo del aliento divino sobre el caos de su interior. “Y renueva un espíritu recto dentro de mí.” El espíritu que había estado allí, el de la dulce comunión, lo sentía ahora como un amigo al que había traicionado, alejándose herido.
El miedo más agudo no era al castigo, sino a la expulsión. “No me eches de delante de ti.” La presencia, aunque fuera una presencia que juzgara, era su único oxígeno. “Y no quites de mí tu santo Espíritu.” Era una plegaria agarrada al borde del abismo. Sabía que Sansón, después de su traición, había luchado sin saber que el Espíritu ya se había ido. Él no quería esa ceguera. Prefería el dolor de la convicción a la insensibilidad de la ausencia.
Entonces, de las cenizas de su confesión, brotó un voto. “Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos.” Su pecado no sería estéril. Su caída, si era redimida, se convertiría en un mapa para otros perdidos. Su boca, que había mentido y dado órdenes mortales, proclamaría alabanzas. “Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no te agrada el holocausto.” Aquella era una herejía gloriosa frente al ritual establecido. Dios no quería la grasa de los carneros, quería el corazón despedazado. El sacrificio era el espíritu quebrantado; el altar, un pecho contrito. Eso era lo único que el Altísimo no desdeñaría.
La noche había caído por completo. David seguía en el rincón, pero la opresión en su pecho había cambiado de textura. Ya no era solo el peso de la culpa; era el peso de una esperanza feroz y humilde. Sabía que la justicia estaba allí, ineludible. Las consecuencias, como Natán le había anunciado, rugirían como una espada en su propia casa. Pero entre él y esa justicia, vislumbraba, como a través de un velo rasgado, la posibilidad de la misericordia. Una misericordia que no borraría el pasado, sino que escribiría sobre sus cicatrices.
Al final, sus labios, secos y agrietados, murmuraron las últimas palabras del salmo que nacía en él, una plegaria por Sion, por la ciudad que gobernaba y que amaba. “Edifica los muros de Jerusalén.” Porque si el corazón del rey podía ser rehecho, quizá también los muros de piedra de la ciudad podrían encontrar una fortaleza nueva, una protección que no dependiera de la virtud humana, siempre frágil, sino de la gracia que sostiene a los que se saben quebrantados.
Y allí, en la oscuridad, el poeta que había matado y amado con la misma pasión terrible, intuyó una verdad que sería el consuelo de millones después de él: que a veces, el cántico más puro nace del silencio más profundo, y la alabanza más aceptable, del corazón que ha sido reducido a polvo, solo para ser recreado por una mano que conoce el arte de hacer belleza con los fragmentos rotos. Un corazón que, finalmente, podía comenzar a latir de nuevo, no al ritmo de su propia justicia, sino al compás lento y profundo de un perdón recibido como un don, como la primera lluvia sobre un desierto de culpa.




