Biblia Sagrada

El Salmo del Cronista

El aire en la cámara alta olía a polvo seco y a cera de abejas. Asaf, el cronista, no escribía; sus manos, surcadas de venas y años, reposaban sobre el pergamino vacío. Desde la pequeña ventana, el último resplandor del día moría sobre los tejados de Jerusalén, tiñendo las piedras de un rojo apagado, como de sangre antigua. No era el silencio lo que pesaba, sino el rumor sordo que llegaba desde más allá de las murallas: un murmullo de hierro y de hombres, un susurro de alianzas tejidas en la oscuridad.

Había visto los informes de los exploradores. Las tribus, las mismas que merodeaban como chacales alrededor de una hoguera, se habían unido. No era una simple razzia, un arrebato de saqueo. Era un pacto forjado en el odio. Los edomitas, con sus refugios en las grietas rocosas del sur; los ismaelitas, nómadas del desierto oriental; Moab y los amonitas, sus eternos rivales del otro lado del Jordán, ahora hermanados en un propósito único. Y tras ellos, la sombra más pesada: los filisteos de la llanura costera, con sus carros de hierro, y los fenicios de Tiro, astutos como serpientes, proveyendo tal vez de navíos. Una confederación de rencores. Habían susurrado su intención, pero el viento la había traído hasta las puertas de la ciudad: «Arrasemos a Israel como nación; que el nombre de Israel no sea más recordado».

Asaf cerró los ojos. No veía ejércitos, veía rostros. Veía la sonrisa desdentada de un mercader edomita regateando en el valle de la Sal, y el odio puro en los ojos de un pastor moabita cuyo abuelo había caído en alguna escaramuza fronteriza. Odio acumulado, gota a gota, durante generaciones. Como un vino amargo que ahora todos bebían juntos. Y su pueblo, ¿qué era? Un pueblo terco, de cerviz dura, a menudo extraviado. Un pueblo que, en ese mismo instante, quizás murmuraba en los patios y se preguntaba dónde estaba su Dios.

Se levantó, los huesos crujiendo. No fue hacia el arca, hacia el lugar Santísimo. Caminó hacia la terraza, donde el aire fresco de la noche empezaba a bajar del monte Moriá. Jerusalén se acurrucaba a sus pies, un rebaño de casas de piedra bajo el manto de la oscuridad. Una oveja descarriada, pensó. Siempre lo habían sido. Y ahora los lobos, cada uno de un territorio, formaban un solo y enorme fauces.

Su oración no comenzó con una súplica. Comenzó con un silencio. Un silencio que entregaba el ruido: el chirrido mental de los carros, el golpeteo de las lanzas contra los escudos, el grito de guerra unificado de diez pueblos. Lo entregó todo, como quien deposita un fardo pesado y venenoso en el suelo del templo.

«Oh Dios, no guardes silencio», murmuraron sus labios, y las palabras brotaron torrenciales, ya no desde la mente del cronista, sino desde las entrañas del patriarca. «No calles, Dios, ni te quedes quieto.» Era el grito del hijo que ve acercarse la tormenta y clama por el padre. No pedía victoria. Pedía que Dios *estuviera*. Que su silencio no fuera interpretado como ausencia o, peor, como indiferencia.

Y entonces, su mente, educada en las crónicas y en los salmos, empezó a hilar la historia con el presente. No eran solo edomitas o amonitas. Eran la resurgencia de un viejo enemigo, de una vieja arrogancia. «Mira a tus enemigos, que braman; los que te odian alzan la cabeza.» Como Faraón alzó la cabeza ante el mar de Juncos. Como Sísara alzó la cabeza antes de ser derrotado por una mujer y una estaca. Como los madianitas, que fueron confundidos y se mataron entre ellos bajo Gedeón.

La plegaria se volvió profecía, un cántico fúnebre anticipado. «Trátalos como a Sísara, como a Jabín en el torrente de Cisón…» Las palabras pintaban cuadros de terror cósmico. No pidió ejércitos más fuertes. Pidió que la naturaleza misma se volviera contra ellos. Que fueran arrastrados como tamo ante el viento, como leña consumida por el fuego. Que el desierto, ese aliado de los ismaelitas, se volviera su tumba. Que las montañas de Edom, sus guaridas, los aplastaran. Que el pavor, ese fantasma que ahora rondaba Jerusalén, se instalara en sus campamentos.

Pero había un propósito más hondo, una grieta de luz en la plegaria oscura. No era solo por la supervivencia. «Que sean avergonzados y aterrados para siempre; que sean humillados y perezcan.» ¿Para qué? «Para que sepan que tú solo, cuyo nombre es Jehová, eres el Altísimo sobre toda la tierra.»

Ahí estaba el núcleo. El nombre. No el nombre de Israel, que ellos querían borrar. Sino *Su* nombre. El conflicto no era territorial, era teológico. Era la batalla entre el clamor de una multitud de dioses locales –Quemos de Moab, Moloc de Amón– y el único Dios cuyos actos en la historia habían tallado un pueblo de la nada. Asaf no rogaba por gloria propia, sino por una teofanía, por una manifestación tan clara que ni el más terco de los filisteos pudiera atribuirla a la casualidad.

Un escalofrío recorrió su espina dorsal. No era miedo. Era la certeza solemne de haber tocado el hilo verdadero de la trama. Se quedó allí, en la terraza, hasta que las estrellas, indiferentes y frías, cubrieron el manto negro del cielo. Abajo, la ciudad dormía, ignorante de la tormenta que se cernía y de la plegaria que, como incienso, subía desde su corazón.

Regresó a la cámara. Tomó el estilo y, con una calma que no sentía, comenzó a escribir en el pergamino. No escribió un plan de batalla. Escribió un salmo. Un lamento. Una profecía. Un grito que, siglos después, seguiría resonando en los oídos de Dios y en el corazón de cualquiera que, acorralado por las confederaciones del mal, supiera que la última palabra no la tienen los ejércitos, sino el Nombre. Y la noche, pesada y expectante, envolvía Jerusalén, guardando su secreto y su esperanza.

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