El arca había estado tanto tiempo en Quiriat-jearim que los más jóvenes apenas recordaban su historia. Para ellos era una reliquia, una caja grande y dorada guardada en la casa de un tal Abinadab, donde su hijo Eleazar la vigilaba con un respeto silencioso y un poco sombrío. Pero cuando David, reciente en el trono de toda Israel, fijó sus ojos en Sion, su corazón se agitó con un deseo que no era del todo político. Quería traer el arca, el trono invisible de Dios, a la nueva capital. Quería que la presencia estuviera en el centro del pueblo.
El día amaneció con ese aire de fiesta que precede a los grandes acontecimientos. Treinta mil hombres escogidos, los principales de Israel, formaban una comitiva imponente. No era un ejército en marcha, sino algo más parecido a una procesión triunfal. Habían construido una carreta nueva, de madera robusta, para transportar el objeto sagrado. Cuando los sacerdotes, con manos temblorosas, sacaron el arca del lugar donde había reposado por décadas, un silencio extraño cayó sobre la multitud. No hubo trompetas todavía. Solo el crujir de la madera, el roce del oro contra los paños de lino, y el sonido seco de los pies descalzos de los levitas sobre el polvo del patio.
La pusieron sobre la carreta. Uza y Ahío, hijos de Abinadab, guiaban los bueyes. Uza, el mayor, caminaba al lado, su mano cerca del poste, como si temiera que aquella carga infinita se deslizara. David, vestido con un efod de lino sencillo sobre su túnica real, danzaba delante de la comitiva con todos sus fuerzas. La música estalló entonces: címbalos, arpas, salterios, el redoble alegre de los tambores. Las voces se alzaron en cantos que se habían compuesto para la ocasión, mezclándose con los cantos antiguos de los tiempos de Moisés. El camino desde la colina de Abinadab serpenteaba hacia el valle. La tierra temblaba bajo los pies de tantos hombres, y el polvo se elevaba en una nube dorada por el sol de la mañana.
Fue en la era de Nacón. Un terreno desigual, lleno de surcos y piedras ocultas. Quizás un buey tropezó. Quizás la rueda de la carreta encontró una roca. El hecho es que el arca se bamboleó, con un movimiento brusco y violento, como si fuera a despeñarse. Sin pensarlo, instinto puro de un hombre que había convivido con lo sagrado desde niño, Uza extendió la mano y la apoyó con fuerza en el costado del arca, sujetándola.
La vida se fue de él en un instante. Cayó redondo, como herido por un raigo silencioso. La música se apagó en seco, deglutida por un grito ahogado que recorrió las filas. Los bueyes se detuvieron, confusos. El silencio que siguió fue más ensordecedor que toda la música anterior. David vio el cuerpo desplomado de Uza, vio la mano que aún tocaba la madera dorada, y un temor frío, antiguo, le recorrió la espina dorsal. No era ira divina; era algo más profundo y terrible. Era el abismo que se abre cuando lo santo es profanado, no por malicia, sino por una familiaridad imprudente. “¿Cómo va a venir a mí el arca de Jehová después de esto?”, murmuró, y su voz sonó extraña en el silencio.
La alegría se había convertido en luto. La procesión se deshizo. David, con el corazón encogido, ordenó desviar el arca a la casa de un tal Obed-edom geteo, un extranjero de Gat. Allí la dejaron, como depositando una brasa viva que no sabían cómo manejar. Durante tres meses, el arca permaneció en esa casa ajena. Y corrieron rumores, luego noticias confirmadas: la casa de Obed-edom prosperaba. Todo lo que emprendía florecía. La bendición era palpable, como una vid fecunda que trepaba por los muros de su hogar.
Esto removió el ánimo de David. El temor no se había ido, pero ahora se mezclaba con una certeza: la presencia no era una maldición para el imprudente; era una bendición para el que la recibía con el temor debido. Esta vez, no hubo carreta. David reunió a los sacerdotes y levitas, estudió los antiguos escritos, aquellos que hablaban de varas sobre los hombros, de santidad y de distancia. Cuando todo estuvo preparado, la comitiva fue distinta. Más solemne. Más consciente.
Sacrificaron siete becerros y siete carneros apenas comenzado el camino. David, despojado de su manto real, vestía solo un efod de lino, como el más humilde de los sacerdotes. Bailaba. Girando, saltando, con una entrega total, un éxtasis que era a la vez gozo y humillación. No era la danza de un rey ante sus súbditos; era la danza de un hombre liberado ante su Dios. La multitud lo seguía, pero ahora sus gritos de alegría tenían un tono más hondo, aprendido en el dolor de la pérdida.
Mical, la hija de Saúl, observaba desde una ventana del palacio que David estaba construyendo en Sion. Vio a su esposo, el rey, saltando y girando semidesnudo ante las criadas y los siervos. Y en lugar de ver la devoción, o la humildad, o el pacto restaurado, solo vio la indignidad. Un desdén frío se apoderó de su corazón. Para ella, aquello era el espectáculo de un plebeyo, no la dignidad de la casa de su padre Saúl.
El arca fue instalada en la tienda que David había preparado. Hubo holocaustos, ofrendas de paz, y una bendición sobre el pueblo. David repartió pan, tortas de pasas y de higos a cada israelita, hombre y mujer. La fiesta fue grande, pero en el pecho del rey ya habitaba una sombra.
Al volver a su casa, para bendecir a los suyos, le salió al encuentro Mical. Su rostro era un puño cerrado. “¡Qué glorioso ha quedado hoy el rey de Israel!”, dijo, y cada palabra era un dardo envenenado. “Desnudándose hoy delante de las criadas de sus siervos, como se desnudaría un cualquiera.”
David, con el sudor del baile aún seco en la piel y el corazón todavía palpitante de la presencia divina, la miró. No había ira en su respuesta, sino una tristeza enorme. “Fue delante de Jehová. Él me eligió en lugar de tu padre y de toda tu casa, para constituirme por príncipe sobre su pueblo. Danzaré delante de Jehová, y me haré aún más vil que esta vez. Y seré tenido en poco para con las criadas de las que hablas; pero con ellas seré honrado.”
En sus palabras había una teología nueva, nacida del susto en la era de Nacón y de la bendición en casa de Obed-edom. La honra ante Dios no siempre se parece a la honra ante los hombres. A veces, es su exacto contrario. Mical, atrapada en la dignidad helada de una dinastía que Dios había rechazado, no pudo entenderlo. Quedó estéril, dice el relato, hasta el día de su muerte. Una esterilidad no solo física, sino del alma: la incapacidad de engendrar vida donde solo se ve ritual y apariencia.
Y el arca quedó en Sion, en medio del pueblo, un recordatorio silencioso de que la gloria es un fuego que calienta y alumbra, pero que también puede consumir al que se acerca con manos no santificadas. David lo había aprendido de la manera más dura. Y esa lección, grabada a fuego en su corazón, sería el eco de todos sus salmos por venir.




