Biblia Sagrada

El Latido del Altar

El sol, un disco pálido tras la bruma matutina, empezaba a calentar las piedras del desierto cuando Aarón, mi tío, apoyó su mano huesuda en mi hombro. El peso de aquella mano, seca y surcada de venas, era el peso de una responsabilidad que yo, Eleazar, aún no terminaba de comprender por completo. El aire olía a polvo, a leña quemada de la víspera, y a algo más: el aroma penetrante y seco del incienso que ya se preparaba en la tienda del encuentro. No era sólo otro día en el campamento de Israel. Era el día que sostenía a todos los demás.

“La ofrenda del fuego perpetuo”, murmuró Aarón, y su voz era como el crujir de un cuero antiguo. “No es un mandato, hijo, es un latido. El latido del corazón de este pueblo ante el Santo. Si este latido cesa, todo lo demás es ruido y movimiento sin sentido”.

Yo asentí, mirando hacia el atrio. Los levitas ya movían los utensilios de bronce, que relucían con un fulgor opaco bajo aquel cielo lavado. Había un ritmo en sus movimientos, una coreografía silenciosa aprendida a fuerza de repetición y temor. Mi padre, Eliazar, supervisaba la selección de los corderos. No cualquiera servía. Tenían que ser machos, sin defecto, de un año. Los animales balaban, inconscientes, mientras unas manos expertas palparon sus lomos, revisaron sus ojos y sus patas. La perfección no era un lujo; era la única moneda aceptable en el umbral de lo Sagrado.

El primer cordero, separado del pequeño rebaño, fue conducido con suavidad. No había prisa, pero tampoco titubeo. Al despuntar el alba, en el momento preciso en que el horizonte se rajaba dejando escapar la primera luz clara, mi padre alzó el cuchillo. El acto nunca dejaba de helarme la sangre, a pesar de la cotidianidad. No era la muerte lo sagrado, comprendía eso ahora. Era la vida entregada, sustituida, convertida en humo que aspiraba el cielo. El chorro de sangre recogido en la vasija de bronce era de un rojo intenso, casi negro. Salpicaba con un olor metálico y terroso.

Luego venía la ofrenda de harina, amasada con el aceite claro y puro que guardábamos como un tesoro. No era un acompañamiento; era parte del mismo suspiro hacia Dios. Una medida por cordero, la cuarta parte de un hin. Yo mismo la vertí sobre el fuego que nunca se apagaba, y el crujido breve, el aroma a pan tostado que se mezclaba con el de la carne chamuscada, era un recordatorio tangible: esto también era alimento, ofrecido al que no necesita comer. La libación de vino, la cuarta parte de un hin, completaba la tríada. El líquido rojo y oscuro caía sobre la base del altar con un sonido sibilante, evaporándose al instante en un vapor dulzón que se enredaba con el humo. Cordero, harina, vino. Mañana y tarde, sin falta, como la salida y la puesta del sol. La constancia era la fe hecha hábito, el pacto renovado en cada respiración del día.

Pero la semana tenía su columna vertebral: el séptimo día. El shabbat no era un descanso del ritual, sino su culminación. Aquel día, la rutina matutina se veía impregnada de una solemnidad distinta. El silencio del campamento, roto sólo por el balido de las ovejas y los pasos suaves de los sacerdotes, era más profundo. Y entonces, sobre el holocausto cotidiano, se ofrecían dos corderos inmaculados, con su ofrenda de harina y sus libaciones dobles. El altar, aquella mañana, parecía respirar con más intensidad. Las llamas lamían la carne grasa con un crepitar más vivo, y el humo se elevaba en una columna más densa y recta hacia el cielo infinito. Era como si la comunidad entera, al descansar, pusiera un acento de gratitud especial, un énfasis en la dependencia que los días laboriosos a veces podían ocultar.

Y luego estaban las lunas nuevas. El avistamiento de la primera y fina hoz de plata en el crepúsculo provocaba un runrún de expectación en el campamento. Era el reinicio del calendario divino, un recordatorio de que el tiempo mismo le pertenecía. Al día siguiente, el bullicio en el atrio era mayor. El olfato se emborrachaba con los olores: no un cordero, sino dos novillos, un carnero, y siete corderos de un año, todos sin defecto. La magnitud del sacrificio era abrumadora. El trabajo era agotador; el calor del fuego, el peso de las ofrendas de harina —tres décimas por novillo, dos por carnero, una por cordero—, el constante fluir del vino —medio hin por novillo, un tercio por carnero, un cuarto por cordero—. Los sacerdotes nos movíamos como sombras entre el humo, sudando, concentrados. No era una celebración festiva, sino una proclamación solemne y costosa. El mensaje era claro: el paso del tiempo bajo la mirada de Dios requiere una expiación proporcional, un reconocimiento de que cada nuevo ciclo es un don que nos alcanza, aún manchados como estamos.

Acompañando a los animales, siempre, el macho cabrío. Su ofrenda era distinta, no un holocausto cuyo aroma ascendiera, sino un sacrificio por el pecado. Su sangre no se rociaba sobre el altar de la misma manera. Era un recordatorio mudo y punzante en medio de la abundancia de la adoración: la gratitud y la expiación van de la mano. No se puede ofrecer lo primero sin reconocer la necesidad de lo segundo.

Años después, mientras mis propias manos empezaban a adquirir la textura de las de mi tío Aarón, comprendí el sentido profundo de aquel latido. No se trataba sólo de cumplir una lista divina, un meticuloso registro de cantidades y tiempos. Era el lenguaje mediante el cual un pueblo errante, acampado en la vastedad hostil del desierto, mantenía una conversación con su Dios. Cada humo que se elevaba al alba era una palabra. Cada libación derramada al atardecer, una sílaba. Los sábados y las lunas nuevas eran frases completas, párrafos de adoración escritos en el aire con fuego y aroma. Era un ritmo que nos estructurba, que nos daba identidad. En la monotonía sagrada del sacrificio diario, en el esfuerzo solemne de las festividades, encontrábamos nuestra verdadera libertad: la de ser un pueblo perteneciente, sostenido, y perdonado, día tras día, mes tras mes, en el implacable y misericordioso ciclo del tiempo de Dios.

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