El sol de la tarde, un disco de cobre gastado, se inclinaba sobre las colinas de Judá, alargando las sombras de los almendros hasta convertirlas en dedos oscuros que arañaban el polvo del camino. En el lomo de la cuesta, la aldea de Quiryat parecía hecha de la misma tierra que la rodeaba, sus casas bajas de piedra fundiéndose con la roca. Desde el pequeño huerto de higueras junto a la última casa, Najla observaba a su nieto, Itamar, que intentaba desenredar a una cabrita testaruda de una mata de espinos.
—Con suavidad, hijo mío —dijo la mujer, sin alzar la voz—. No es un enemigo, es un animal asustado. Su lana vale más entera.
La voz de Najla era áspera, como piedra de molino gastada por el uso, pero tenía un fondo de ternura que solo los suyos conocían. Itamar, de doce años, hizo un último esfuerzo y la cabrita se liberó, alejándose trotando con un balido de protesta. El niño se dejó caer en la tierra, jadeante.
—Abuela, ¿por qué tenemos que cuidar todo? Hasta la lana de una cabrita tonta.
Najla sonrió, un gesto que surcó su rostro curtido como un cauce seco en verano.
—Ven —dijo, señalando con la barbilla un montón de lana sucia a su lado—. Siéntate y ayuda a hilar. Te contaré por qué.
Itamar obedeció, resignado. Las manos de Najla trabajaban con una memoria antigua, los dedos torcidos por la artritis aún ágiles para separar las fibras. El silencio se llenó con el rumor del viento en las higueras y el leve crepitar de la lana.
—Tu bisabuelo, Efraín, no era de aquí —comenzó Najla, sin mirar al niño—. Vino del sur, de las tierras de Moab, después de una gran sequía. Llegó con los pies sangrando y el alma más rota aún. Había perdido a su mujer, a tu tatarabuela, en el camino. Y no traía más que una manta raída y una deuda de dolor.
Itamar dejó de juguetear con un huso y escuchó.
—Aquí, en Quiryat, lo recibieron mis abuelos. No como a un extraño, sino como a uno de los nuestros. Le dieron un rincón en la casa, una porción de la comida, aunque aquel año las cosechas habían sido escasas. Le dieron trabajo, no como a un siervo, sino como a un jornalero. Y le pagaron su salario al caer el sol, cada día, porque el sudor de un hombre no debe esperar a la mañana para ser recompensado. Así lo dice la Ley.
La niña miró hacia las casas, imaginando a aquel hombre polvoriento y triste.
—¿Y se quedó?
—Se quedó. Y trabajó. Y un día, mi abuelo, que era entonces el dueño del pequeño rebaño que teníamos, le dijo: ‘Efraín, toma esta lana. No es la mejor, pero es tuya. Hila una prenda para ti’. Y tu bisabuelo, que no tenía nada, tomó aquella lana áspera y comenzó a hilar. Pero la Ley también dice algo más, Itamar. ¿Sabes lo que es una prenda empeñada?
El niño negó con la cabeza.
—Cuando un hombre pobre te da su manto, su única capa, como promesa de una deuda, no puedes quedarte con ella toda la noche. Debes devolverla antes de que el sol se ponga, para que tenga con qué abrigarse. Porque ese manto es su cama, su cobijo del rocío. Si no, ¿sobre qué va a dormir? Y si clama a mí, yo escucharé, porque soy misericordioso. Así dijo el Señor.
Najla hizo una pausa, sus ojos grises perdidos en la distancia, donde los primeros luceros comenzaban a puntear el cielo lavanda.
—Un invierno, un mercader de Hazor pasó por aquí. Un hombre duro, de mirada fría. Tu bisabuelo, que ya se había levantado un poco, tenía dos ovejas propias. El mercader le ofreció un precio por la lana, por adelantado, pero luego las ovejas enfermaron y la lana no fue tan fina. El mercader quiso entonces quedarse con el manto de lana de Efraín, el que él mismo se había tejido, como compensación. Y se lo llevó a su campamento.
Itamar contuvo la respiraza.
—¿Y se lo devolvió?
—Mi abuelo se enteró. Y no dijo nada al mercader. Esperó. Al anochecer, cuando las sombras eran más espesas que la melaza, tomó el manto de reserva de nuestra casa y caminó hasta el campamento. Allí estaba el mercader, sentado junto al fuego, con el manto de Efraín sobre sus rodillas. Mi abuelo se plantó delante de él y dijo: ‘La Ley de Moisés nos prohíbe dormir con la prenda empeñada de un pobre en nuestra tienda. Devuélvesela ahora, antes de que la noche sea completa’. El mercader se burló, habló de contratos y deudas. Pero mi abuelo no se movió. Sólo repetía: ‘Es la Ley’. Y al final, el mercader, quizá temiendo la reprobación de toda la aldea, o quizá algo más profundo, lanzó el manto a los pies de mi abuelo. Este lo recogió, lo sacudió y se lo llevó a Efraín, que estaba en su jaima, tiritando. No dijo de dónde había salido. Sólo que el Señor provee.
El relato flotó en el aire fresco de la tarde. Itamar procesaba las palabras.
—Pero abuela, eso fue hace mucho. ¿Y ahora?
—Ahora —Najla dejó el hilo y posó su mano rugosa sobre la del niño— ahora es cuando más importa. Mira.
Señaló hacia el sendero. Por él avanzaba lentamente una figura encorvada: era Aminadab, el viejo molinero, cuyo hijo había muerto el año anterior en un derrumbamiento. Iba cargado con un saco.
—Aminadab viene a moler lo poco que le queda de cebada. Nadie en la aldea le cobra por usar la muela. ¿Sabes por qué? Porque la Ley dice que no tomaremos la muela superior como prenda, porque sería tomar una vida como prenda. Sin moler, un hombre no puede hacer pan. Sin pan, no hay vida. Es una cosa sagrada, el sustento. Y también… —bajó la voz, como compartiendo un secreto— también dice que cuando siegues tu campo y olvides una gavilla, no vuelvas a buscarla. Será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda. Por eso, cuando Itiel, el hijo del herrero, siega su parcela, siempre ‘olvida’ una gavilla junto al seto de piedra, donde Aminadab la encuentra sin tener que pedir limosna.
Itamar asintió, comprendiendo. Las reglas no eran sólo reglas; eran una red de bondad invisible que sostenía a toda la comunidad.
—Y hay algo más, hijo —continuó Najla, su voz tomando un tono grave—. Algo que duele recordar. La Ley es justa, pero también reconoce el dolor humano. Dice que cuando un hombre toma una esposa nueva, no saldrá a la guerra ni se le impondrá negocio alguno durante un año. Será libre para estar en su casa y hacer feliz a la mujer que ha tomado. El gozo también tiene su tiempo, y debe ser protegido. Y… —respiró hondo— y si un hombre repudia a su mujer porque halla en ella algo indecente, y ella sale de su casa y llega a ser mujer de otro, el primer marido no podrá tomarla de nuevo. Eso profanaría la tierra. Algunas decisiones, una vez tomadas, cambian las cosas para siempre. La misericordia no borra las consecuencias, Itamar. Las rodea, las contiene, pero no las deshace.
En sus palabras había un eco personal, un dolor antiguo y soterrado que Itamar no se atrevía a preguntar. Era la imperfección de la vida, el rasgón en la tela que, una vez hecho, nunca queda exactamente igual aunque se cosa.
La noche había caído por completo. En las casas comenzaron a encenderse las lámparas de aceite, pequeños puntos de luz temblorosa contra la oscuridad inmensa.
—Mañana —dijo Najla, poniéndose de pie con un quejido sordo— irás con tu padre al campo. Y si ves que los segadores han pasado por alto algunas espigas, no las recojas. Déjalas. Y si sacudes tu olivo, no repases las ramas. Y si vendimias tu viña, no rebusques los racimos. Porque de eso comerá el que no tiene viña, ni olivo, ni campo. Nosotros, Itamar, nosotros que una vez no éramos más que esclavos errantes en Egipto, sabemos lo que es no tener nada. El recuerdo de la aflicción es lo que nos hace humanos. Y lo que nos hace fieles.
Itamar se levantó, sintiendo el peso de la historia, de la Ley, de la tierra bajo sus pies. No eran sólo normas. Era la forma de caminar por el mundo sin olvidar de dónde se venía, ni a quién se debía la libertad.
Najla recogió el cesto de lana hilada. Antes de entrar, miró al cielo estrellado, un manto infinito sobre la tierra que el Señor había dado. Un manto que, por ley y por amor, nunca debía ser retenido injustamente, para que ningún hombre tiritara de frío en la noche.
—Ven —llamó al niño—. Es hora de cenar. Y mañana, más trabajo.
Y en sus palabras sencillas, en el ritmo cansado de sus pasos, estaba toda la teología del monte, hecha vida, hecha lana, hecha pan compartido y memoria viva. Imperfecta, humana, profundamente verdadera.




