El calor se posaba sobre la llanura de Mamre como una manta pesada y antigua. Abram sentía el peso de los años en sus huesos, un cansancio que no era solo del cuerpo. Noventa y nueve veranos habían pasado sobre su cabeza, cada uno marcado por la promesa que resonaba en su interior como un tambor lejano: una descendencia, una tierra, una bendición. Pero el silencio de Sarai, su tienda vacía de risas infantiles, era un recordatorio constante que el polvo del desierto se empeñaba en susurrar al caer la tarde. El río de estrellas en el cielo nocturno parecía burlarse de su única herencia: un sobrino, un siervo damasceno, rebaños que se extendían hasta donde la vista alcanzaba, pero ningún hijo de sus entrañas.
Aquella tarde, mientras la luz dorada se volvía ámbar y las sombras de las encinas se alargaban como dedos oscuros, la Presencia llenó el espacio de su tienda. No fue un trueno, ni un viento recio. Fue una densidad en el aire, una plenitud en el silencio que hizo que Abram bajara la frente hasta tocar la tierra áspera de la piel de cabra. Un temor reverencial, antiguo y nuevo a la vez, le encogió el corazón.
“Yo soy el Dios Todopoderoso”, resonó la voz, no en sus oídos, sino en el centro mismo de su ser. Era un sonido que no tenía sonido, una palabra que llevaba en sí el peso de los montes y la inmensidad del mar. “Anda delante de mí y sé perfecto.”
Abram contuvo el aliento. La perfección. ¿Cómo podía un hombre marcado por el polvo del camino, por decisiones torpes y una fe que a veces titubeaba, ser perfecto? Pero la voz continuó, tejiendo el futuro con hilos de eternidad.
“Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y te multiplicaré en gran manera.”
Entonces vino el cambio. Un cambio de nombre, que en aquellos días no era solo una etiqueta, sino la esencia de la identidad, el destino pronunciado.
“Y no se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes.”
Abraham. *Padre de multitudes*. El sonido del nuevo nombre le quemó los labios internamente. Cada sílaba era una promesa grabada a fuego en su alma. Y la promesa se hizo concreta, desbordante: sería excesivamente fecundo; de él saldrían naciones y reyes. El pacto sería perpetuo, una alianza inquebrantable entre el Dios Todopoderoso y la simiente de Abraham por todas las generaciones. La tierra de Canaán, por la que había errado como forastero, sería posesión perpetua de su descendencia. Y Dios sería el Dios de ellos.
Abraham postró su rostro nuevamente, pero una risa incrédula y amarga se agitó en su pecho, una burbuja de desesperanza anciana. *¿Un hijo de cien años? ¿Y Sarai, de noventa, habrá de concebir?* La idea parecía tan absurda como hacer brotar agua de una piedra reseca por el sol.
La Presencia lo envolvió, conociendo sus pensamientos antes de que tomaran forma.
“En cuanto a Sarai tu mujer, no la llamarás Sarai, mas Sara será su nombre. Yo la bendeciré, y aun te daré de ella un hijo. Sí, la bendeciré, y vendrá a ser madre de naciones; reyes de pueblos saldrán de ella.”
Sara. *Princesa*. Su esposa, la compañera de todas sus jornadas, la que había reído con escepticismo ante la promesa años atrás, sería coronada con una maternidad milagrosa. Abraham no pudo contenerlo. Cayó sobre su rostro, pero esta vez la risa que le brotó fue diferente: un sollozo de asombro, un gozo incipiente que le quemaba los ojos. *¿A Ismael no bastaba?* pensó, aferrándose a lo conocido, a lo ya establecido. El muchacho, hijo de la sierva Agar, ya tenía trece años. En él veía un futuro, un heredero plausible.
“Ciertamente a Sara tu mujer te daré un hijo”, insistió la voz, clara como el agua de un manantial, “y lo llamarás Isaac. Con él estableceré mi pacto, alianza perpetua para su descendencia después de él.”
Isaac. *Risa*. El nombre era una profecía y un recordatorio. La risa de la incredulidad se transformaría en la risa del asombro cumplido. Pero Dios no desechó a Ismael. En un gesto de bondad que conmovió a Abraham hasta lo más hondo, el Todopoderoso también tuvo palabras para el muchacho: “He aquí que le he bendecido, y le haré fructificar y multiplicar mucho en gran manera; doce príncipes engendrará, y haré de él una gran nación.”
Luego vino el signo. El sello físico, tangible y doloroso del pacto. “Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón entre vosotros… y será por señal del pacto entre mí y vosotros.”
La circuncisión. Un corte en la carne, en el mismo órgano de la generación, como recordatorio perpetuo de que la promesa no dependía de la fuerza humana, sino de la fidelidad divina. Era un pacto en la carne, un recordatorio sangrante de que la bendición era un don, no una conquista. Todo varón, desde el hijo de ocho días hasta el siervo comprado por dinero, debía llevar esa marca. El que no lo llevase, sería cortado de su pueblo; había quebrantado el pacto.
Cuando la Presencia se levantó, como el sol cuando abandona el horizonte dejando una estela de colores, Abraham se quedó sentado en el suelo de su tienda. El aire volvía a ser solo aire, cálido y polvoriento. Pero nada era igual. Se tocó el costado, como si ya pudiera sentir el peso del nuevo nombre. Abraham. Respiró hondo, y el aroma a cordero asado y hierbas secas le pareció más intenso, más real.
Sin demora, esa misma tarde, llamó a Ismael y a todos los varones de su casa, siervos y libres. Con los cuchillos de pedernal afilados y el aceite a mano, bajo el cielo implacable de Canaán, Abraham, a sus noventa y nueve años, se circuncidó primero. No fue un acto sin dolor. El ardor fue agudo, punzante, una quemadura viva que le hizo apretar los dientes. Pero en ese dolor había una certeza solemne. Luego, con manos que apenas temblaban, impuso la señal del pacto a su hijo Ismael, de trece años, y a todos los hombres de su campamento. Los gritos contenidos, el olor a sangre y aceite, el sudor que brillaba en las frentes, todo se mezcló en un rito extraño y sagrado.
Al caer la noche, yacía en su lecho, palpitante y febril. Sarai—Sara—entró con un paño húmedo. Sus ojos, surcados de arrugas, se encontraron con los de él. No dijo nada. En el silencio compartido, en la complicidad de una vida entera recorrida junta, algo nuevo brillaba. Una esperanza imposible. Una promesa grabada no solo en sus almas, sino ahora, físicamente, en sus cuerpos. El dolor de la carne era el recordatorio de la promesa que aún no se veía. Y Abraham, mirando el toldo oscuro de la tienda, supo que ya no era el mismo. El camino hacia Isaac, hacia la risa, había comenzado con un corte. Y la tierra prometida, bajo el manto de estrellas infinitas, esperaba.




