Biblia Sagrada

El Espíritu en las Manos de Bezalel

El aire en la base del monte aún olía a trueno y a piedra calcinada. Una quietud expectante, pesada como un manto de lana húmeda, se había adueñado del campamento. Moisés había ascendido de nuevo, desaparecido entre las nubes bajas que ceñían la cima como un turbante divino, y el pueblo aguardaba. Entre las tiendas, en una de las parcelas asignadas a la tribu de Judá, un hombre llamado Bezalel, hijo de Uri, trabajaba el cobre.

Sus manos, curtidas y surcadas por líneas de polvo y óxido, movían la lima con un ritmo paciente, casi meditativo. No era un ruido estridente, sino un susurro áspero y constante que se mezclaba con el rumor lejano del ganado. El sol del desierto, implacable incluso a media tarde, hacía brillar el sudor en su frente y en sus brazos. No pensaba en grandezas. Su mundo era éste: la resistencia de un metal al calor, la veta de una madera, la manera en que la luz se hundía en el ámbar. Había heredado el oficio, sí, pero en sus dedos había algo más, una intuición callada que transformaba lo útil en bello casi sin proponérselo.

Fue en ese momento, con la lima en el aire y la mirada absorta en la curva imperfecta de un cuenco, cuando sintió que el suelo le faltaba. No fue un estruendo, ni una visión cegadora. Fue como si el aire mismo, ese aire quieto y caliente, se espesara de pronto y le envolviera, penetrándole por la boca y la nariz, no para ahogarle, sino para llenarle. Una presencia tan vasta como el desierto y tan íntima como el latido de sus propias sienes. El Espíritu de Dios. No hubo palabras, al menos no como las de los hombres. Fue un conocimiento que se depositó en lo más hondo de su ser, como una semilla de luz que germinó al instante. Su mente, acostumbrada a calcular ángulos y proporciones, se inundó de formas que nunca había visto: querubines entrelazados, flores de almendro hechas de oro, diseños de granada que eran un himno en hilos de carmesí y azul. Supo, sin que nadie se lo dijera, cómo mezclar el aceite para la unción, cómo fundir el incienso fragante. Supo de pesos, de medidas, de la madera de acacia que cruje de una manera especial. Y sobre todo, supo que no era para él. Era para el Santuario. Para la Tienda del Encuentro.

La lima cayó sobre la arena con un sonido opaco. Bezalel se dejó caer sobre un tronco, las manos temblorosas. La revelación no era un orgullo, era un peso. Una responsabilidad tan inmensa que por un instante le faltó el aliento. Miró sus manos, las mismas de siempre, y sin embargo ahora le parecían ajenas, instrumentos prestados para una tarea sagrada.

Días después, cuando Moisés descendió del monte con el rostro transformado, radiante de una luz que hería la vista, la convocatoria sonó en todo el campamento. Bezalel acudió con el corazón en un puño. La asamblea era multitudinaria, un mar de rostros expectantes y temerosos bajo el cielo abierto. Moisés, de pie sobre una roca, habló con una voz que no parecía del todo humana, resonante y clara.

—Mirad —dijo, y su brazo se extendió señalando a Bezalel, que se encontraba entre la gente—. El Señor ha designado a Bezalel, hijo de Uri, de la tribu de Judá. Lo ha llenado del Espíritu de Dios, con sabiduría, inteligencia y conocimiento para toda clase de trabajos: para hacer diseños en oro, plata y cobre, para cortar y engastar piedras, para tallar madera y realizar toda clase de labor artesanal.

Bezalel sintió que todas las miradas se posaban sobre él. No eran miradas de envidia, sino de un asombro reverente. Él bajó los ojos, clavándolos en la arena.

—Y ha puesto —continuó Moisés— en su corazón el poder de enseñar, tanto a él como a Oholiab, hijo de Ahisamac, de la tribu de Dan.

Un hombre robusto, de manos anchas y mirada perspicaz, asintió con gravedad desde otro punto de la congregación. Oholiab, el maestro de los telares y los bordados. Bezalel alzó la vista y se encontró con la de él; fue un entendimiento instantáneo, una comunión de propósito que no requirió de palabras. Juntos. No sería una tarea en solitario.

Entonces Moisés habló del descanso. Su tono se volvió aún más solemne, cargado de una advertencia que erizó la piel.

—Guardaréis, pues, el día de reposo, porque es santo para vosotros. El que lo profane, morirá irrevocablemente. Cualquiera que haga trabajo alguno en él, será eliminado de entre su pueblo. Seis días se trabajará, pero el séptimo día será de reposo consagrado al Señor.

Las palabras cayeron como losas de granito. El trabajo que iban a emprender, por sagrado que fuera, no podía usurpar el tiempo del Santo. Era un límite divino, un recordatorio de que la obra, por excelente que fuera, era humana, y el Creador era otro. El reposo era el sello, la firma de Dios en su alianza con ellos.

El proyecto comenzó no con un estallido de actividad, sino con una planificación meticulosa. Bezalel y Oholiab se sentaron bajo una tienda amplia, con pieles de carnero extendidas en el suelo a modo de pergaminos. Con carbón y tintes, comenzaron a bosquejar. Bezalel dibujaba las estructuras: el arca de madera de acacia revestida de oro puro, con sus anillas y sus varas; la mesa para los panes de la proposición; el candelabro de siete brazos, cuyo diseño de flores, cálices y lamparillas le había sido mostrado con una claridad que ahora trasladaba al croquis con mano segura. Oholiab intervenía señalando los puntos donde sus telares entrarían en juego: el velo de lino fino trenzado con querubines, las cubiertas de pieles de tejón, los cinturones bordados para los sacerdotes.

Luego vino la enseñanza. Reunieron a los artesanos, a los que tenían corazón sabio, como decía la orden. Bezalel, que no era hombre de muchos discursos, enseñaba mostrando. Cogía un trozo de plata y, ante los ojos atentos de un joven aprendiz, comenzaba a golpearlo con el martillo, no con fuerza bruta, sino con una percusión rítmica y delicada, explicando cómo el metal «recordaba» cada golpe y cómo había que sentir su resistencia. Hablaba de la paciencia de la madera, de cómo el aceite de oliva realzaba el brillo del oro sin apagarlo. Oholiab, en otro rincón, desplegaba madejas de hilo azul, púrpura y escarlata, explicando los tintes extraídos de los caracoles y de la cochinilla, y la manera de tejer el lino para que fuera a la vez resistente y ligero como una nube.

El campamento se transformó en un taller al aire libre. El sonido familiar del martillo sobre el metal ya no era solo el sonido de herramientas, sino el de la obediencia. El olor a madera cortada y a incienso en prueba se mezclaba con el humo de las hogueras. Había una alegría contenida, un fervor silencioso en cada gesto. Bezalel recorría los puestos de trabajo, corrigiendo con una palabra, alentando con una mirada. Veía a un anciano tallando con amor las patas en forma de garra de la mesa del incienso, y a una mujer joven, con una concentración feroz, ensartando cuentas de ónix para el pectoral del sumo sacerdote. El Espíritu que estaba en él, se manifestaba también en ellos, en esa capacidad colectiva entregada a un solo fin.

Y llegaba el séptimo día. Un alto total. Las herramientas se limpiaban y se guardaban con cuidado la tarde del sexto día. El sábado, el silencio que caía sobre el campamento era de otra calidad. No era la quietud de la espera o del agotamiento, sino una quietud plena, consciente. Bezalel, sentado a la puerta de su tienda, miraba las pilas de materiales apilados con orden: los bloques de oro ya batido en láminas, los rollos de telas preciosas. Y no sentía prisa. El reposo santificaba el trabajo, le recordaba su origen y su destino. Era como respirar. Seis días de exhalación, de creación, de esfuerzo que salía de sí. Un día de inhalación, de recibir, de recordar que todo don, toda habilidad, venía del Aliento que una tarde había llenado el espacio de su tienda.

Una tarde, mientras inspeccionaba los querubines de oro que coronarían el propiciatorio del arca, sus alas extendiéndose hacia el centro en un gesto de adoración eterna, Oholiab se acercó. Traía en sus manos un trozo del velo, una sección donde el hilo azul y el carmesí se entrelazaban formando el borde de un ala celestial.
—Es difícil —murmuró Oholiab, no con queja, sino con la satisfacción del reto—. Hacer que lo eterno se sienta en un nudo.
Bezalel asintió, pasando los dedos por la suave textura del lino.
—Sí —respondió, su voz era ronca por el polvo y el silencio—. Pero Él nos ha dado las manos para eso. Para atar, aquí en el tiempo, un hilo de su gloria.

Y en eso consistía todo. En cada golpe de martillo, en cada puntada, en cada talla, había un hilo de esa gloria, atado con la paciencia del desierto y la certeza de la promesa, esperando el día en que la Tienda se alzara, y la Nube descendiera a posarse entre las obras de sus manos.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *