Biblia Sagrada

La Transfiguración y el Niño Endemoniado

La ladera aún guardaba el fresco de la noche. Pedro, con las sandías llenas de polvo fino y blanco de aquel camino pedregoso, se detuvo para ajustar la tira de cuero que se le había soltado. Más arriba, Jesús caminaba con una determinación silenciosa que, desde hacía unos días, envolvía sus movimientos. No era la prisa de quien huye, sino la solemnidad de quien asciende a un lugar preciso, necesario. Santiago y Juan, unos pasos atrás, intercambiaban miradas cargadas de preguntas no formuladas. La conversación de los últimos tiempos había estado tejida de palabras duras: traición, muerte, resurrección. Un vocabulario que se les atragantaba.

Llegaron a una meseta irregular, un recodo de la montaña donde las piedras parecían dispuestas como asientos toscos. El aire era más delgado, más puro, y el mundo de abajo—el lago, las aldeas—se veía como un mapa difuso. Jesús se apartó unos pasos para orar, como solía hacer. Pedro, rendido, se dejó caer sobre una roca, sintiendo el cansancio en los huesos. El silencio era profundo, roto solo por el susurro del viento en los matorrales.

Fue entonces cuando la luz comenzó, no como algo que viniera de fuera, sino como algo que emanaba de Él mismo. No era cegadora, al principio, sino una claridad interna que traspasaba la trama de su túnica, haciéndola de un blanco imposible, un blanco que no existía en los telares de los hombres, un blancho vivo. Pedro se incorporó, la boca seca. El rostro de Jesús se transfiguraba, sus facciones no cambiaban, pero la gloria que de Él surgía las hacía irreconocibles, terriblemente hermosas. Y aparecieron dos figuras con Él, hablando. No hizo falta presentación. Pedro supo, en lo más hondo de su ser, que era Moisés, la ley hecha rostro sereno y anciano, y Elías, el fuego del profeta, conversando con Jesús. Hablaban de su partida, la que debía cumplirse en Jerusalén. La palabra griega que Pedro alcanzó a entender, *éxodos*, resonó en su pecho como un golpe.

La emoción, desbordada y torpe, lo llevó a hablar sin pensar. “Rabí, es bueno que estemos aquí. Hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.” No sabía lo que decía, era el puro deseo de perpetuar aquel instante, de domesticar lo divino, de hacerlo habitable en una choza de ramas. El miedo y la dicha lo sacudían por igual.

Mientras aún hablaba, una nube los envolvió, no una nube del cielo, sino una densidad luminosa y opaca a la vez, como niebla de gloria. Y desde la nube, una Voz: “Este es mi Hijo amado; a él escuchad.” Era un sonido que no solo se oía con los oídos; reverberaba en las entrañas, en el hueso. Pedro, Santiago y Juan cayeron rostro en tierra, aterrados, poseídos por un temor sagrado que anulaba todo pensamiento.

Sintieron luego un tacto familiar en el hombro, una mano. Jesús. “Levantaos, no temáis.” Al alzar la vista, ya no había nadie más que Él solo, con su túnica corriente, su rostro de siempre, aunque en sus ojos quedaba un destello de aquella luz, como la calma después de una tormenta de esplendor. Les mandó que no dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resurgiera de entre los muertos. Bajaban por la senda, el sol ya alto, y ellos guardaban un silencio cargado, rumiando el significado de “resurgir de entre los muertos”, preguntándose por qué los escribas decían que Elías debía venir primero.

Él, caminando delante, como leyendo sus pensamientos, dijo sin volverse: “Ciertamente, Elías viene primero y restaura todas las cosas. Pero, ¿cómo está escrito acerca del Hijo del Hombre? Que padezca mucho y sea tenido en nada.” Y entonces, con una sencillez que lo aclaraba y lo oscurecía todo a la vez, añadió: “Sin embargo, os digo que Elías ya vino, e hicieron con él todo lo que quisieron, como está escrito de él.”

Comprendieron entonces que hablaba de Juan, el Bautista. La profecía no era un drama lejano, sino una sangre reciente sobre las losas de Herodes.

Al llegar al pie de la montaña, al mundo llano de la polva y la necesidad, los encontró una muchedumbre agitada. Discípulos que no habían subido con ellos discutían acaloradamente con unos escribas. Un rumor de voces exasperadas y lamentos subía del grupo. Al ver a Jesús, se produjo una especie de alivio convulso. La gente corrió hacia Él, saludándole.

Un hombre se abrió paso, su rostro marcado por la angustia y una esperanza desgarrada. Cayó de rodillas delante de Él. “Maestro, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu mudo. Dondequiera que se apodera de él, lo derriba, y echa espumarajos, y cruje los dientes, y se va secando. Dije a tus discípulos que lo echasen fuera, y no pudieron.”

Jesús respiró hondo. Una tristeza profunda, cansada, le cubrió el rostro. “¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo.”

Trajeron al muchacho. En el momento mismo, al ver a Jesús, el espíritu lo agitó violentamente. Cayó al suelo, revolcándose, echando espuma por la boca. Era un espectáculo desgarrador, la lucha visible de una persona contra una posesión que lo anulaba.

Jesús preguntó al padre, con una calma que contrastaba brutalmente con la escena: “¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto?”

El hombre, con la voz quebrada, respondió: “Desde niño. Y muchas veces lo ha echado en el fuego y en el agua, para matarlo. Pero si algo puedes, ten misericordia de nosotros y ayúdanos.”

Jesús lo miró fijamente. “¿Si algo puedes?… Al que cree, todo le es posible.”

La respuesta del padre brotó como un grito del alma, la más honesta confesión de fe débil, de fe que lucha por nacer: “¡Creo! ¡Ayuda mi incredulidad!”

Entonces Jesús, viendo que la multitud acudía corriendo, reprendió al espíritu inmundo con una autoridad que no admitía réplica: “Espíritu mudo y sordo, yo te mando: Sal de él y no entres más en él.”

El niño dio un grito desgarrador, una convulsión final tan violenta que muchos pensaron que había muerto. Quedó tendido, inmóvil, pálido como la cera. Un murmullo de lamento recorrió a la multitud. “Está muerto,” decían unos.

Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó. Y el niño se incorporó, parado sobre sus pies, el sudor frío en la frente pero con la mirada clara, propia, vaciada del terror que la habitaba. Lo devolvió a su padre. El hombre lo abrazó, sin palabras, y el silencio que siguió fue más elocuente que cualquier himno.

Más tarde, ya en casa, en Capernaúm, a solas con los doce, la pregunta inevitable surgió. “¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?”

Jesús se sentó, con la pesadez del día en los hombros, pero con paciencia en la voz. “Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno.” No era una fórmula mágica, era una clave de vida. Les hablaba de dependencia radical, de una fe que se alimenta en lo secreto del Padre, no en la fuerza propia. Habían confiado quizá en el poder delegado, en el método, y se habían encontrado con los límites de su propia humanidad no sostenida por la Gracia.

El camino hacia Jerusalén continuaría. Y mientras caminaban por Galilea, Él les instruía, repitiendo lo que no querían escuchar: que el Hijo del Hombre sería entregado, muerto, y resucitaría. Ellos no entendían, pero ahora esas palabras estaban teñidas por el recuerdo de un rostro transfigurado en la montaña y por el eco de una voz que decía “Escuchadle”. Y también por la imagen de un niño, libre, de pie, sostenido por una mano que lo había levantado de la muerte. Todo era un mismo misterio, un mismo y arduo camino de descenso, donde la gloria se revelaba en la entrega, y el poder, en la oración que se vacía para ser llenada.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *