El sol de Galilea no calentaba aquella mañana, sino que pesaba. Era una losa de bronce incandescente sobre los hombros y la nuca de la gente que subía, lentamente, por la vereda polvorienta. El aire olía a tierra reseca, a romero machacado por los pies, y a un leve aroma salino que traía el viento desde el lago, invisible detrás de las colinas. No era un gentío como el de las fiestas en Jerusalén, bullicioso y colorido. Este tenía una urgencia callada. Venían pescadores con las manos aún ásperas de redes y escamas, mujeres con las mantellas apretadas contra el polvo, campesinos con la mirada cansada y clavada en el suelo. Algunos arrastraban los pies, otros casi corrían, empujados por un rumor que había crecido como la mala hierba: *Él está aquí, en el monte, y va a hablar*.
Elías, un tejedor de Magdala que había dejado su telar medio acabado, se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Lo que buscaba no era un milagro espectacular, aunque los contaban a montones. Lo que le había traído allí, caminando horas bajo ese sol, era un vacío que sentía en el pecho, un hueco con forma de pregunta que ni la ley, ni las severas explicaciones de los ancianos en la sinagoga, lograban llenar. Subió hasta una explanada natural, una especie de graderío formado por la roca y la tierra, donde ya se congregaban cientos. Allí, sentado en una piedra algo más elevada, estaba el rabí. No tenía aspecto de príncipe ni de guerrero. Su túnica era simple, su rostro, sereno pero marcado por la intemperie. Miraba a la multitud como quien reconoce a cada uno, sin prisa.
Cuando empezó a hablar, no alzó la voz. Y sin embargo, un silencio abrupto cayó sobre todos, como si el mismísimo sol hubiera dejado de crepitar. No eran las palabras ampulosas de los oradores en el pórtico del Templo. Su voz era clara, y cada sílaba llegaba nítida, cargada de un peso distinto.
“Bienaventurados los pobres de espíritu”, dijo. Elías frunció el cejo. ¿Los pobres de espíritu? Los piadosos hablaban de los ricos en buenas obras, de los fuertes en la ley. Pero Él hablaba de una pobreza interior, de quienes sentían, como él mismo, ese vacío, esa necesidad de algo que no poseían. Y les prometía el reino de los cielos. No como una conquista, sino como una herencia.
“Bienaventurados los que lloran”. Una mujer cerca de Elías, que llevaba el luto reciente por un hijo, alzó la cabeza, los ojos inundados de una perplejidad dolorosa. ¿Bienaventurada en el duelo? Él prometía consuelo. No un consuelo genérico, sino uno que llegaría a tocarla, a sanar esa grieta en el alma. Elías observó cómo los hombros de la mujer, antes encorvados bajo el peso invisible, se enderezaban un poco, no por esfuerzo, sino como si una mano suave los hubiera aliviado.
Siguió. Los mansos heredarían la tierra. Los que tenían hambre y sed de justicia serían saciados. Cada frase era una inversión del orden establecido, un vuelco del mundo al revés. Los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacificadores… no eran los héroes de las crónicas. Eran la gente común, la que perdonaba una deuda a pesar de la necesidad, la que buscaba la paz en medio de riñas familiares, la que anhelaba ver a Dios no en el trueno, sino en el rostro del prójimo.
Luego, la voz del rabí se afiló ligeramente, como un hierro que se templa. “Habéis oído que fue dicho a los antiguos…” Y comenzó a excavar bajo la superficie de la ley, buscando la raíz viva. No matarás. Pero Él hablaba de la ira que envenena el corazón, del insulto que siembra la muerte en el alma del hermano. “Deja tu ofrenda ante el altar”, dijo, “y ve primero a reconciliarte”. Elías recordó la discusión áspera con su vecino por un límite de terreno. No había derramamiento de sangre, pero había un muro de silencio y rencor. La ley no condenaba eso. Pero las palabras del rabí hacían que aquel muro pareciera una ofensa mayor.
“Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio”. Un hombre a su derecha bajó la mirada, súbitamente pálido. “Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla…” No se trataba sólo del acto, sino de la semilla de la lujuria que se guarda y se alimenta en la intimidad del pensamiento. Era una exigencia imposible, pensó Elías por un instante. Hasta que entendió que no era una nueva lista de prohibiciones, sino una llamada a una pureza que nacía desde dentro, una integridad total. “Si tu ojo derecho te hace tropezar, sácalo”. La imagen era brutal, pero el mensaje era claro: más vale una vida mutilada de placeres egoístas que una vida entera perdida.
Hablando de los juramentos, el rabí despojó a las palabras de toda teatralidad. “Sea vuestro hablar: Sí, sí; No, no”. La verdad como cimiento, sin necesidad de apelar al cielo o a la tierra para darle peso. La simple honestidad como reflejo de un corazón sincero.
Y entonces llegó a lo que hizo que Elías contuviera el aliento. “Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, diente por diente”. La ley del talión, el equilibrio frío de la justicia retributiva. Pero Él dijo: “No resistáis al que es malo”. Y pintó escenarios que desafiaban todo instinto de dignidad y justicia. Ofrecer la otra mejilla. Dar la túnica además del manto. Caminar dos millas cuando te obligan a una. Elías miró sus propias manos, callosas pero no violentas. ¿Era eso posible? No como una cobardía, sino como una fuerza distinta, una libertad desconcertante que desarmaba al agresor al negarse a jugar su juego.
La cumbre llegó con un mandato que resonó en el aire quieto como un tañido de bronce puro. “Amad a vuestros enemigos, orad por los que os persiguen”. El sol pareció detenerse. Amad a los romanos que os oprimen, a los recaudadores que os esquilman, al vecino que os difama. Elías sintió un nudo en la garganta. Amó a su familia, a sus amigos. Pero el odio al centurión que había humillado a su primo era una brasa amarga y cálida en su pecho. Orar por él. La idea era tan revolucionaria, tan ajena a todo lo conocido, que le produjo vértigo. Él, el rabí, lo decía con una naturalidad pasmosa: “Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos”. Ahí estaba la clave. No se trataba de un código para una secta, sino de imitar el corazón mismo de Dios, cuyo amor no discrimina, cuyo sol alumbra por igual. La perfección a la que llamaba era esa: ser completos, íntegros en el amor, como el Padre es íntegro.
El discurso siguió, hablando de la limosna en secreto, de la oración en lo oculto, del ayunto con rostro lavado. De un tesoro en el cielo, incorruptible. De que el ojo es la lámpara del cuerpo. De no poder servir a dos señores. Del afán y las preocupaciones, y cómo los lirios del campo, que ni hilan ni tejen, eran vestidos por Dios con una gloria mayor que la de Salomón.
Cuando cesó de hablar, el silencio no se rompió de inmediato. No hubieorn aplausos, ni gritos de adhesión. Era un silencio denso, cargado. La multitud comenzó a dispersarse lentamente, bajando la colina, pero no con la prisa con la que había subido. Caminaban pensativos, como si llevaran algo frágil y tremendamente valioso dentro. Elías se quedó sentado un rato más. El sol ya no pesaba igual. La luz, que antes era opresiva, ahora bañaba el valle con una claridad distinta. Las palabras no habían sido un consuelo barato ni una promesa fácil. Habían sido un desafío abismal, un llamado a una justicia que excedía con creces la de los escribas y fariseos, una justicia que nacía del corazón transformado.
Se levantó, y al hacerlo, notó que la pregunta, aquel vacío con forma de duda en su pecho, ya no estaba. En su lugar había una tarea, un camino escarpado que subía más alto que el monte donde estaban. No tenía un mapa detallado, pero tenía una brújula clara: la imagen de un Padre cuyo amor era como ese sol, implacable y generoso, y la voz que le decía, a él, un simple tejedor de Magdala, que era sal de la tierra y luz del mundo. Bajó la colina, y sus pasos, aunque cansados, tenían una firmeza nueva. El polvo que levantaban parecía brillar, por un instante, bajo la luz de la tarde.




