Biblia Sagrada

El Corazón Nuevo de la Tierra

El sol de la tarde, un disco opaco tras el polvo que siempre levantaba el viento, se inclinaba sobre las montañas de Israel. No eran montañas de verde y frescura, como cantaban los viejos. Eran lomas desdentadas, pedregosas, costras de tierra agrietada donde solo medraba el cardo y la retama. Desde la altura donde yo apacentaba—si se le podía llamar así a vigilar unas pocas cabras escuálidas—se veían los esqueletos de las aldeas. Muros derruidos que mostraban sus entrañas de barro seco, vigas ennegrecidas por el fuego, silencio. Un silencio pesado, cargado de los ecos de las risas que ya no estaban, de los llantos que se habían apagado camino a Babilonia.

La tierra misma parecía avergonzada. La habían pisoteado ejércitos extraños, la habían repartido como botín aquellos que, desde sus ciudadelas, decían: “¡Ajá! Estas alturas eternas han pasado a ser nuestra posesión”. La habían dejado vacía, desolada, una carcasa bajo el cielo. Y hasta las rocas, pensaba yo, acurrucado bajo un algarrobo raquítico, hasta las rocas deben sentir la quemazón de la burla.

El viento, ese *hamsín* que todo lo seca, soplaba trayendo no frescura, sino el olor a tierra estéril y a memoria amarga. Mis padres, antes de cerrar los ojos para siempre en este exilio dentro de la propia tierra, hablaban de higueras gordas, de viñas que escalaban las laderas, de aceitunas que reventaban de aceite. A mí solo me había tocado heredar la sed. Y la culpa. Porque ellos también susurraban, en las noches sin luna, que esta desnudez de la tierra era el espejo de la nuestra. Que habíamos manchado los collados con altares a dioses de barro, que habíamos profanado el nombre con nuestras vidas. La tierra, decían, había vomitado a sus habitantes. Y tenía razón. Uno miraba alrededor y solo veía el vómito seco de la ira.

Pero aquella tarde, la quietud comenzó a cambiar. No fue un trueno. Fue algo más profundo, como si las propias entrañas de los montes gimieran. Un susurro que no venía del aire, sino de abajo. Las cabras se agruparon, inquietas, con sus balidos roncos. Yo me puse en pie, la piel erizada. Y entonces, lo oí. No con los oídos, no. Se plantó dentro del pecho, una palabra sólida, pesada, que desplazó todo el aire de mis pulmones.

“Y tú, montañas de Israel…”

La voz no tenía dirección. Venía de todas partes y de ninguna. Era como si la tierra seca, las piedras calientes, los arroyos muertos, hablaran al unísono.

“…daréis vuestras ramas y llevaréis vuestro fruto para mi pueblo Israel, porque está cerca el tiempo de volver.”

Miré alrededor, desesperado. Solo estaban las lomas yermas, el cielo cobrizo. Pero las palabras seguían, tallándose en el aire quieto.

“Porque se os ha dicho: ‘¡Devoradora de hombres eres, y has privado de hijos a tu nación!’, por tanto, no volverás a devorar hombres, ni más privarás de hijos a tu nación, dice el Señor.”

Era como si la tierra, esa tierra acusada y avergonzada, se estremeciese al oír su propia absolución. La culpa no era solo nuestra. La tierra había sido mancillada, violenta, había bebido sangre inocente por siglos. Y ahora, esa misma voz que juzga, la estaba limpiando. No por mérito de las rocas, sino por amor a su propio nombre, que los pueblos habían blasfemado al ver este yermo diciendo: “Estos son el pueblo de Yahvé, y de su tierra han salido.”

La voz hablaba de celo. Un celo ardiente, terrible, no solo contra Israel, sino a favor de él. Por su nombre. Por la promesa antigua que era más fuerte que nuestra infidelidad. Y entonces, llegó la lluvia.

No comenzó con nubes. Cayó de un cielo casi despejado, primero una gota gruesa que levantó una mota de polvo, luego otra, y de pronto, un aguacero limpio, dulce, que no olía a tormenta sino a origen. El agua no resbaló sobre la tierra endurecida. La tierra la bebió con un ansia que parecía un gemido de placer. Un aroma a tierra mojada, a vida latente, se elevó de los collados como incienso. Mis pies se hundían en un barro fresco donde antes solo había grietas. Era el primer acto del lavado. No un lavado superficial. La voz hablaba de ser rociado con agua limpia, de una purificación que iba a lo más hondo.

Los días que siguieron fueron un lento milagro. No fue instantáneo, como en los relatos de los profetas de antaño. Fue como ver a un moribundo recuperar el color. Un verde pálido, tímido, asomó en los rincones más protegidos de las montañas. Luego, brotes de hierba entre las piedras. Los arroyos, que solo eran lechos de guijarros blancos, comenzaron a musitar con un hilo de agua claro. La tierra dejaba de estar desnuda. Se cubría, como vestida para una boda.

Y con la tierra, algo se removía en nosotros, los pocos que habíamos quedado, los escombros humanos entre las ruinas. No era alegría aún. Era un desasosiego profundo, una conmoción. Porque la voz había prometido algo más aterrador que viñas y trigo. Había dicho: “Os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne.”

Uno podía ver reverdecer un campo y sentirse esperanzado. Pero ¿cómo se ve un corazón cambiado? Yo me tocaba el pecho, aún lleno de rencores viejos, de miedos tallados a fuego, de esa dureza que te permite sobrevivir pero no vivir. Un corazón de piedra es práctico. No se quiebra. Un corazón de carne… eso suena a algo que puede sangrar, que puede dolerse, que puede amar y, por tanto, ser herido de nuevo. ¿Era esa la promesa? ¿Quitar la coraza para sentir todo, hasta el dolor de la verdad?

La restauración física era un signo, un andamio para lo otro. Llegaron noticias, primero lejanas, luego concretas. Gentes del exilio, nuestros hijos, nuestros hermanos, emprendían el camino de vuelta. No eran las multitudes triunfales de los salmos. Eran caravanas cansadas, rostros marcados por Babilonia, cargando niños y escasas pertenencias. Los veíamos bajar por los pasos de la montaña, y llorábamos sin saber por qué. Llorábamos por lo perdido y por lo imposible que ahora caminaba hacia nosotros.

Ellos llegaron a las aldeas en ruinas. Y en lugar de lamentos, hubo un silencio extraño, ocupado. Las manos se pusieron a la obra. No se reconstruyó todo igual. Algunos muros se dejaron como memorial. Pero de las piedras negras surgieron casas nuevas. Los arados, por primera vez en décadas, encontraron una tierra que cedía, grata, fértil. La tierra daba su fruto, no con avaricia, sino con abundancia que parecía una sonrisa.

Y entonces, lentamente, empezó lo otro. Lo del corazón. No fue un relámpago. Fue como la lluvia suave que empapa la tierra. Empezamos a hablar sin el veneno de la recriminación. A compartir el pan sin calcular quién había sufrido más. A rezar no pidiendo venganza, sino dando gracias por un día más de paz. El odio hacia los que nos habían oprimido no se convirtió en amor de golpe, pero se desprendió de nosotros como una corteza seca. Dejó de importar. Había un espacio nuevo dentro del pecho, y ese espacio lo estaba llenando algo… alguien. Su Espíritu.

No es que fuéramos buenos. Éramos frágiles, memoriosos, a veces tropezábamos con la vieja desconfianza. Pero ya no éramos esclavos de ella. Había una ley escrita ahora en ese corazón de carne, una inclinación suave hacia lo bueno, un repelor íntimo ante la mentira. Éramos su pueblo. No por nuestra fidelidad, que era paja, sino por su fidelidad, que era roca. La tierra florecía alrededor, sí. Las cosechas llenaban los graneros. Pero el verdadero milagro, el fruto durable, estaba en eso: en poder mirar al otro, y a uno mismo, sin la losa de la vergüenza eterna. En saberse, por fin y para siempre, habitados.

Yahvé había hecho lo que dijo. Por amor a su nombre. Y nosotros, las montañas reverdecidas, los valles fructíferos, los hombres y mujeres de corazón nuevo, éramos su testimonio mudo y elocuente. No un monumento a nuestra resistencia, sino un canto vivo a su gracia inagotable. La tierra ya no bebía sangre. Bebía el rocío de la misericordia, y nosotros con ella.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *