Biblia Sagrada

El Viento y la Cosecha

El aire olía a polvo y a hierba chamuscada. Era un calor pesado, el que aplasta los hombros y mete su jugo amargo entre los dientes. Ezequías apoyó la azada en la tierra agrietada y se enjugó el sudor con el antebrazo. Desde su parcela en las afueras de Samaria, veía la ciudad brillar bajo un sol despiadado. No era el brillo del agua ni de la vida; era el destello ciego del metal y de la piedra labrada con prisas.

Más tarde, en el mercado, el murmullo era diferente. No era el rumor de las oraciones en el atrio del templo, ese sonido que recordaba de niño, grave y profundo como el fluir de un río subterráneo. Este era un zumbido agrio, lleno de transacciones rápidas y risas forzadas. Habían levantado un nuevo altar en la plaza, no para el Dios de los padres, sino para algo más tangible. Lo llamaban “el becerro”, una figura de oro fundido con los ingresos del grano y el aceite. Sus cuernos relucían de manera obscena, y a su alrededor los mercaderes de Tiro y los oficiales del rey hacían tratos, jurando por su nombre y por el nombre de Baal en la misma frase, como si no supiera la diferencia el cielo.

Ezequías pasó de largo, con el ceño fruncido. En su bolsa de lana sentía el peso ligero de unas pocas monedas, el pago por la última cosecha, magra como estaba. Compró un trozo de pan duro y un puñado de lentejas. Mientras el vendedor le daba el cambio, un pregonero del palacio real comenzó a anunciar una nueva alianza con Asiria. “Fuerza y seguridad”, gritaba el hombre. “El rey ha escrito un pacto, y los grandes de Asiria lo han sellado. ¡La paz está asegurada!”. Algunos aplaudieron. Ezequías escupió suavemente al polvo. Recordó las palabras de su abuelo, un hombre viejo y áspero como un tronco de olivo: “Si pactan con el dragón, se convertirán en su comida. Solo que el dragón come despacio”.

En casa, su mujer, Noemí, removía un puchero con expresión cansada. “¿Trajiste la sal?”, preguntó sin levantar la vista. Él asintió, dejando la bolsa pequeña sobre la mesa de piedra. “Y más noticias del rey. Alianza con Asiria”. Ella dejó la cuchara de madera. Un silencio espeso se coló en la habitación, solo roto por el chisporroteo del fuego. “Vendrán”, dijo ella al fin, con una voz tan plana que daba miedo. “No por la paz. Vendrán por lo que tenemos. Por lo que nos queda”.

La noche cayó como un manto pesado. Ezequías no podía dormir. Salió al pequeño patio, donde una higuera raquítica daba una sombra irrelevante. Miró al cielo, a ese mar negro tachonado de plata. ¿Dónde estaba la voz que hablaba a Samuel? ¿Dónde el fuego que consumió el altar de Elías? Ahora solo había un silbido en el viento, un sonido seco como de huesos rotos. Sembraban viento, eso hacían. Sembraban viento con sus pactos hechos sin consultar, con sus altares construidos para calmar su propia ansiedad, no para honrar al Santo. Y lo que cosecharían… lo que cosecharían sería el torbellino. No una tormenta de agua que limpia, sino un remolino de polvo y fuego que arrasa todo a su paso. La mies no tendría harina; si llegaba a dar espiga, la devoraría el extraño. Eso decía la ley. Él la había leído, allá en la sinagoga, antes de que los sacerdotes se interesaran más por las ofrendas de los ricos que por las palabras del rollo.

Al amanecer, el sonido de cuernos de guerra desgarró el aire. No eran los shofarim del Jubileo, rotos y llenos de esperanza. Eran cuernos de metal, estridentes, urgentes. Desde la muralla, se veían columnas de polvo en el horizonte, hacia el oriente. Asiria. No venían como aliados. Venían como el ave de rapiña sobre la casa de Jehová, precisamente porque habían quebrantado el pacto, porque habían multiplicado altares para pecar. Ezequías miró su campo, la tierra que había arañado con sus uñas y su sudor. La tierra que, a pesar de todo, amaba. Sintió un dolor profundo, no solo por el miedo, sino por la profunda estupidez de todo. Habían fabricado un ídolo con su plata y su oro, un dios hecho por manos de hombre, y ahora ese dios mudo e inerte sería llevado como botín a Nínive. Un trofeo absurdo. Y ellos… ellos irían detrás, dispersos, como semilla arrojada a un barbecho de piedras.

No gritó. No lloró. Recogió un puñado de tierra seca y lo dejó escurrir entre sus dedos. Era el polvo del que estaban hechos. Y al polvo, en deshonra, parecían empeñados en volver. El viento, ese que habían sembrado con tanta soberbia, comenzó a soplar con fuerza, levantando un manto marrón que oscureció el sol naciente. La cosecha había llegado.

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