El sol de Babilonia no era como el de casa. Aquí, golpeaba con un peso seco y polvoriento, achicharrando la tierra del canal Quebar hasta convertirla en grietas torturadas. El aire olía a río cenagoso, a aceite de cocina ajeno, a un humo constante que no era el del altar. En medio de ese exilio sofocante, la palabra de Yahvé cayó sobre Ezequiel no como un susurro, sino como un mandato tangible, una orden que le pesaría en los huesos.
“Toma una tableta de barro, hijo de hombre, y colócala ante ti. Traza sobre ella una ciudad: Jerusalén”.
Sus dedos, todavía callosos por el trabajo de otros tiempos, se hundieron en la arcilla húmeda que había traído de la ribera. No era el barro fino de los alfareros de Judea, sino uno áspero, mezclado con gravilla. Con la punta de un palo, comenzó a esbozar murallas. Los trazos no eran perfectos; la línea se quebraba donde un guijarro se atravesaba. Dibujó puertas, torres. Sin querer, su mente le puso sonidos a los muros silenciosos: el bullicio del mercado de los Peces, el canto de los levitas ascendiendo desde el templo, el rumor de su propio patio en la hora tranquila de la tarde. Un dolor sordo, antiguo, se anudó en su pecho. Esta no era un mapa; era una herida abierta sobre el barro.
Luego vino la parte que heló su sangre a pesar del calor.
“Ponte de lado, primero el izquierdo, y sobre él carga con la iniquidad de la casa de Israel. Los días que lo hagas, llevarás su culpa. Te he fijado los años de su iniquidad: trescientos noventa días. Un día por cada año”.
El suelo era duro, caliente. Se tendió sobre su costado izquierdo, la mejilla pegada al polvo. La postura era incómoda, denigrante. No era la postura de un orante, sino la de un prisionero, un hombre derribado. El primer día, el hormigueo comenzó pronto en el brazo que quedaba aplastado bajo el torso. Después vinieron los calambres. Miró de reojo la tableta de barro con la ciudad dibujada. Ahora la veía desde un ángulo extraño, distorsionada, como sitiada ya por su propia mirada oblicua. Ese era el mensaje: ellos, los exiliados aquí en Babilonia, estaban de lado, inmovilizados por el peso de su propia rebelión. Y Jerusalén, allá lejos, estaría pronto igual: postrada, inmovilizada por el asedio que Él mismo había decretado.
Los días se fundieron en una sola larga agonía de incomodidad. El sol trazaba su arco implacable sobre su cuerpo inmóvil. Por la noche, el frío del desierto se colaba en sus huesos, endureciendo los músculos ya doloridos. Su mujer, pálida y de ojos grandes como lagunas de silencio, le acercaba agua y un poco de pan. A veces intentaba hablarle, pero las palabras se le quedaban atascadas en la garganta. ¿Qué se le podía decir a un hombre que yacía en el suelo por orden divina? Ella se limitaba a sentarse a su lado, su presencia quieta siendo un bálsamo mudo. Los vecinos, los demás exiliados, empezaron a murmurar. Unos pasaban de largo, avergonzados. Otros se detenían a observar, con una mezcla de miedo y fascinación. “¿Ha enloquecido el sacerdote?”, susurraban. “Miren, mira lo que hace. Es una señal. Una señal terrible”.
Después de interminables semanas, la voz volvió. Había un cambio, una nueva capa de severidad.
“Y cuando acabes con estos, te acostarás sobre tu lado derecho, y cargarás con la iniquidad de la casa de Judá. Cuarenta días, un día por cada año”.
El cambio de lado fue un alivio breve y cruel. Los músculos atrofiados del izquierdo gritaron al estirarse, mientras el derecho se hundía en la ahora familiar tortura de la presión y la inmovilidad. Cuarenta días. Un número de prueba, de juicio. Moisés en el Sinaí, Israel en el desierto. Ahora él, Ezequiel, era el desierto, un páramo humano donde se consumía la sentencia de Judá.
Fue entonces cuando le dio las instrucciones sobre la comida.
“Toma trigo, cebada, habas, lentejas, mijo y avena. Ponlos en una vasija y haz con ellos pan. Es lo que comerás los trescientos noventa días que yazcas de lado. Tu ración será de veinte siclos de pan al día, y lo comerás a horas fijas. El agua, la beberás a razón de un sextario, a sorbos medidos”.
Calculó mentalmente. Veinte siclos. Era una ración de hambre, de asedio. Pan hecho de mezcla, de lo que se pudiera encontrar, pobre y basto. No era comida de sacerdote, era la pitanza de un hombre cercado, de una ciudad a la que se le estrangulan los víveres. Su mujer comenzó a preparar aquella mezcla desoladora. El olor que desprendía al cocerse era ácido, terroso, sin la fragancia cálida del puro trigo de Jerusalén.
Y luego, el golpe final, la humillación que le hizo revolverse en su postura forzada, como si quisiera escapar de su propia piel.
“Cocerás tu pan a la vista de todos, sobre excremento humano”.
Un gemido se le escapó. No de dolor físico, sino de puro horror ritual. La ley era clara: lo inmundo alejaba de la presencia de Dios. Y ahora Él mismo le ordenaba contaminar su comida, hacer de su necesidad diaria un espectáculo de impureza. Era el colmo de la ruptura. Jerusalén, la ciudad santa, sería reducida a tal extremo de desesperación que sus hijos comerían lo impuro, profanados por el hambre y la desgracia.
“¡Ay, Señor Yahvé!”, protestó, su voz ronca por el desuso y el polvo. “Mi alma no se ha contaminado. Desde mi juventud hasta ahora, nunca he comido animal mortecino ni desgarrado, ni ha entrado en mi boca carne abominable”.
Un silencio. Luego, la respuesta, que no era un perdón, sino una concesión amarga.
“De acuerdo. En lugar de excremento humano, te permito usar estiércol de vaca. Con él cocerás tu pan”.
El alivio fue relativo. Seguía siendo inmundicia, suciedad, pero al menos era la de un animal permitido, una sombra de la ley en medio de la transgresión forzada. Su mujer, con los ojos bajos y las manos temblorosas, recogió el combustible repugnante. El fuego crepitó con un chisporroteo sucio, y el humo que ascendía del pan de mezcla olía a campo podrido, a perdición. Cada bocado que Ezequiel llevaba a su boca, midiendo escrupulosamente la ración, sabía a ceniza y a sumisión. No solo simbolizaba el hambre de Jerusalén, sino la amarga verdad de que el juicio de Dios a veces contamina al mismo que lo anuncia, envolviéndolo en la realidad del pecado que denuncia.
Así transcurrieron los días, los meses. Su cuerpo se convirtió en un mapa de dolores. Su barba creció salvaje, enmarañada de polvo. La tableta de barro con la ciudad dibujada se agrietó bajo el sol, como si la propia Jerusalén se resquebrajara ante sus ojos. A veces, en sus momentos de mayor desfallecimiento, las visiones se mezclaban con la realidad: veía el rostro de su mujer convertido en el de una madre desolada en las calles de Sion, veía a los niños de Babilonia jugar y sus risas se transformaban en llantos de hambre provenientes de las murallas que él había trazado.
Hasta que por fin, un día, la cuenta llegó a su fin. No hubo trompetas, ni voz audible. Solo una certeza interior, un peso que se alzaba de sus hombros después de haber moldeado huecos profundos en ellos. Con un esfuerzo sobrehumano, empujó su cuerpo hacia arriba. Los huesos crujieron, los músculos se negaron a obedecer. Cayó de rodillas primero, jadeando, mientras la sangre volvía a circular por sus miembros entumecidos con un dolor agudo y punzante.
Se arrastró hasta la tableta de barro. La ciudad que había dibujado ya era casi irreconocible, borrosa, hecha trizas por las grietas. La miró largamente. Luego, con una piedra pesada que tenía a mano para otro fin, la alzó con sus brazos débiles y la estrelló contra el suelo.
Los pedazos de arcilla seca saltaron en todas direcciones. Jerusalén, en su representación, quedó hecha añicos.
No dijo nada. No hacía falta. El acto completo —los días yaciente, el pan inmundo, la ciudad despedazada— era la palabra. Una palabra más elocuente que cualquier discurso. Una parábola vivida en la carne, un grito mudo de advertencia tallado en el tiempo y el sufrimiento.
Su mujer se acercó y, sin preguntar, comenzó a recoger los fragmentos con cuidado, como si fueran los pedazos de algo sagrado que ya no existía. Él la miró, y por primera vez en mucho tiempo, sus ojos se encontraron. En los de ella vio comprensión, un dolor compartido, y una pregunta terrible y silenciosa: ¿serviría de algo todo aquel sufrimiento?
Ezequiel no tenía respuesta. Solo sabía que había sido fiel al mandato. Se llevó una mano al costado, donde el dolor persistiría como un recuerdo físico de la carga de Israel. Afuera, en el camino polvoriento del exilio, la vida de Babilonia seguía su curso indiferente. Pero él ya no era el mismo. Se había convertido en un signo. Y los signos, a veces, están hechos de barro, de hambre y de silencio.




