El sol comenzaba a caer sobre las colinas, tiñendo de ámbar el polvo del camino. Bajo la sombra amplia de un viejo sicomoro, el abuelo Eleazar ajustó su manto sobre los hombros y miró al niño a su lado. El pequeño, llamado Natán, tenía los ojos fijos en el horizonte, donde el día se despedía en silencio.
—Abuelo, ¿por qué siempre damos gracias después de cenar? —preguntó el niño, jugueteando con una ramita seca.
Eleazar sonrió, y sus arrugas se profundizaron como cauces secos en la tierra de verano. No respondió de inmediato. Tomó un sorbo de agua de su odre, que sabía a cuero y a camino, y comenzó a hablar, con una voz que era como el roce de la arena contra la piedra.
—No damos gracias por la costumbre, Natán. Damos gracias porque recordar es un deber. Y hay una canción antigua, la cantaban mis abuelos y los abuelos de mis abuelos, que nos enseña a no olvidar. Es como un río que nunca se seca.
Hizo una pausa, buscando las palabras que no estaban escritas en pergaminos, sino grabadas en el corazón.
—Al principio, antes de los montes y de los vientos, solo estaba el Caos. Un vacío sin forma, profundo y oscuro. Y entonces, Él, cuyo nombre pronunciamos con temblor, habló. No con un trueno atronador, sino con una palabra que era como el primer latido de un corazón. Y de la nada, brotó la luz. No la luz del sol, que llegaría después, sino una luz pura, que separó por primera vez la tiniebla de la claridad. Y esa primera luz fue un acto de bondad gratuita. Porque su misericordia permanece para siempre.
Natán había dejado caer la ramita. Miraba ahora a su abuelo, y en sus ojos se reflejaba el último fulgor del día.
—Luego —continuó Eleazar, bajando la voz como si contara un secreto—, tomó esa luz y la moldeó. De una parte hizo el sol, un gigante de fuego que gobierna el día con mano firme. No lo puso ahí por casualidad, sino para marcar los tiempos, las fiestas, los caminos. Para calentar la tierra y madurar la higuera. Y de otra parte, sacó la luna y las estrellas, esa miríada de puntitos de plata que velan nuestro sueño. Cada una en su puesto, como un ejército silencioso de fidelidad. Y todo esto, ¿sabes por qué? Porque su misericordia permanece para siempre.
Una brisa fresca subía del valle, trayendo el olor a tomillo y tierra húmeda. Eleazar se envolvió más en el manto.
—Hubo un día en que el agua se rebeló. Cubría la tierra toda, y no había lugar para el hombre. Entonces, con una fuerza que partiría los cedros del Líbano, separó las aguas. Les dijo: “Hasta aquí llegarás”. Y las aguas superiores, las que guardan la lluvia en sus aljibes celestes, obedecieron. Y las aguas inferiores, las de los ríos y los mares, retrocedieron para mostrar la tierra seca, la roca firme bajo nuestros pies. Nos dio un hogar entre lo alto y lo profundo. Porque su misericordia permanece para siempre.
La historia fluía ahora, y Eleazar ya no miraba al niño, sino al pasado que se levantaba ante él como una visión.
—Pero la memoria es frágil, hijo mío. Nosotros, su pueblo, olvidamos. Caímos en la oscuridad de corazones ajenos, en la esclavitud de Egipto. El lodo de los ladrillos se nos metió en el alma. Gemíamos, y nuestro clamor era tan amargo como el ajo silvestre. Y Él, en su fidelidad que no se cansa, nos escuchó. No con indiferencia, sino con entrañas de padre. Y alzó la mano contra el orgullo de los opresores. Con señales que cortaban la noche, con plagas que hablaban un lenguaje de justicia. Y nos sacó de allí, con mano fuerte y brazo extendido. Nos liberó no porque lo mereciéramos, sino porque su misericordia permanece para siempre.
La noche había caído por completo. Una estrella temprana titilaba sobre el sicomoro.
—El camino no fue fácil —susurró Eleazar, y su voz se quebró un instante—. Ante nosotros, el mar, rojo y furioso como la gran ira. Detrás, el estruendo de los carros de guerra, el relinchar de los caballos. El miedo, un sabor a metal en la boca. Entonces, otra vez, la palabra. Un viento del este, áspero y seco, sopló toda la noche. Y al amanecer… al amanecer, Natán, el mar se había partido en dos. Un camino de tierra húmeda, con paredes de agua temblando a derecha e izquierda, como cortinas de cristal. Cruzamos corriendo, con el corazón en la garganta. Y a nuestro perseguidores, los arrojó en las profundidades. Nos salvó de la mano del fuerte. Porque su misericordia permanece para siempre.
El niño se había acurrucado contra su abuelo, buscando calor.
—Y después, el desierto. Cuarenta años de polvo y sed. Nos guió con una nube de día, fresca como una sombra en la roca. Y de noche, con una columna de fuego, que calentaba el frío que baja de las estrellas. Nos dio de beber de la peña, agua que brotó de la piedra más dura. Y del cielo nos hizo llover pan, ese maná que sabía a lo que cada uno anhelaba. Alimentó a un pueblo entero, hambriento y quejoso. Porque su misericordia permanece para siempre.
Eleazar hizo otra pausa, larga, como si el recuerdo le pesara.
—Llegamos, por fin, a esta tierra. No era un regalo sin precio. Había gigantes en ella, reyes poderosos en ciudades altas. Seón de Hesbón, Og de Basán… reyes que escupían desafío desde sus murallas. Y Él los entregó en nuestras manos. Nos dio sus tierras como heredad, un hogar para la viuda, para el huérfano, para el extranjero que vive entre tus puertas. No por nuestra espada, ni por nuestro arco. Sino porque su misericordia permanece para siempre.
Un silencio se extendió, solo roto por el canto lejano de un grillo. Eleazar puso una mano callosa sobre la cabeza del niño.
—Por eso damos gracias, Natán. Por el primer alba y por esta noche. Por el pan de la mañana y por el agua fresca. Por la liberación pasada y por la que quizá necesitemos mañana. Porque en cada respiro, en cada amanecer, en cada acto de bondad que vemos o que hacemos, late ese mismo pulso inquebrantable. Él es quien nos sustenta, desde el vientre de nuestra madre hasta el último suspiro. Nos rescata de nosotros mismos, una y otra vez. Nos da el pan en el desierto de nuestros días. Y nos ofrece, no un palacio, sino esta tierra bajo nuestros pies, este cielo sobre nuestras cabezas, este momento compartido bajo un árbol viejo. Todo, todo es un eco de esa verdad que sostiene el universo.
Natán no dijo nada. Solo asintió, con los ojos brillantes en la oscuridad. Y en su pequeño corazón, la frase antigua comenzaba a echar raíces, no como una repetición hueca, sino como un descubrimiento lento y profundo: su misericordia, en efecto, permanece para siempre.




