El sol de la tarde, bajo y dorado, filtraba su luz entre los troncos de los nogales. El aire olía a tierra húmeda del riego reciente y a la dulzura pesada de las granadas maduras. Él estaba sentado en el borde de la era, viendo cómo ella bajaba desde la casa, sin prisa, como si su caminar fuera parte del crepúsculo.
No era la primera vez que la miraba, pero a veces la vista le llegaba de nuevo, con una fuerza que le quitaba el aliento. Hoy no era la mirada de un amante ansioso, sino la de un hombre que contempla una obra perfecta y familiar, y en esa familiaridad descubre nuevas profundidades.
Sus pies, calzados con sencillas sandalias, pisaban con seguridad los senderos de tierra. “¡Qué hermosos son tus pies en las sandalias, hija de príncipe!”, pensó, y las palabras le surgieron en un susurro que apenas alteró el silencio. Las curvas de sus caderas, el vaivén suave de su talle, le recordaban la elegante redondez de un joyel trabajado por manos maestras. No eran comparaciones rebuscadas; eran las imágenes que le nacían al verla, las únicas que podían capturar algo de su esencia. “Las curvas de tus caderas son como joyas, obra de manos de artista”.
Ella se detuvo junto a un almendro, y su mano, delgada y morena, acarició la corteza áspera. Él continuó, su voz un poco más firme, un hilo de sonido en el aire quieto. “Tu ombligo es una copa redonda que no le falta vino mezclado”. Hablaba de su centro, de ese lugar donde ella había estado unida a la vida antes de nacer, y que ahora era para él un cáliz de dicha, siempre lleno, siempre ofreciendo. “Tu vientre, un montón de trigo cercado de lirios”. Era la promesa de abundancia, de vida sostenida, la imagen de la cosecha segura y dorada, rodeada de la belleza frágil y blanca de las flores del campo.
Ella volvió la cabeza y le sonrió, sin sorpresa, como si escuchara el rumor de sus pensamientos. Él se levantó y dio unos pasos hacia ella. “Tus dos pechos son como dos crías, gemelos de una gacela”. La comparación le vino de verlas correr, libres y gráciles, por los valles al amanecer. Eran vida y belleza en movimiento, en pareja, en armonía.
“Tu cuello es como una torre de marfil”. Lo llevaba alto y sereno, con una dignidad que no era altivez, sino fortaleza tranquila. “Tus ojos, como los estanques de Hesbón, junto a la puerta de Bat-rabim”. No eran ojos superficiales; en ellos había profundidad, quietud, reflejos del cielo y misterio. En ellos uno podía mirarse y perderse. “Tu nariz, como la torre del Líbano que vigila hacia Damasco”. Era el perfil firme y definido de su rostro, algo que hablaba de carácter, de una presencia que dominaba con suavidad el paisaje de su faz.
“Tu cabeza se yergue sobre ti como el Carmelo”. Su cabellera, negra y abundante, le caía en ondas como las laderas cubiertas de bosque del monte. “Y el cabello de tu cabeza, como la púrpura real”. A la luz del atardecer, los reflejos azulados y profundos en su pelo negro sí le recordaban el tinte precioso de los reyes, un manto digno de ella. “Un rey está prendado de tus bucles”.
Él estaba ya cerca. Podía sentir el calor de su piel, oler el perfume que ella misma se había preparado con aceite de nardo y mirra fina. Todo el poema hasta entonces había sido contemplación. Ahora, la presencia lo abrumaba. “¡Cuán bella eres y cuán placentera, oh amor, con tus delicias!”. Ya no eran metáforas. Era la realidad abrumadora de ella, de su proximidad, de la felicidad que solo su presencia le procuraba.
“Tu estatura es semejante a la palmera”, dijo, y su voz era áspera por la emoción. La palmera, esbelta, fructífera, de sombra generosa. “Y tus pechos, a los racimos”. Pensó en subir por esa palmera, en tomarse de sus ramas. “Dije: Subiré a la palmera, asiré sus ramas”. Era el deseo de poseer esa belleza, de participar de su fruto. “Deja que tus pechos sean como racimos de vid”. Que fueran para él, abundantes y dulces. “Y el perfume de tu boca, como de manzanas”. Se inclinó un poco, y el aroma suave de su aliento, fresco y dulce, confirmó sus palabras. “Y tu paladar, como el buen vino…”
Se calló un instante, mirándola directamente a los ojos. El vino bueno, el que se guarda para las celebraciones, el que entibia el cuerpo y alegra el corazón. “Que se desliza suavemente para mi amado, y hace hablar los labios de los durmientes”. Era un vino que no embriagaba con crudeza, sino que suavizaba todo, que incluso a un hombre dormido le haría murmurar palabras de amor.
Ella no dijo nada. Extendió la mano y le tomó la suya. Sus dedos se entrelazaron. Entonces fue ella quien habló, y sus palabras fueron la respuesta perfecta, el círculo que se cerraba. “Yo soy de mi amado, y conmigo es su deseo”.
Lo miró, y en sus ojos, aquellos estanques profundos de Hesbón, él vio todo su mundo reflejado. “Ven, amado mío, salgamos al campo, pasemos la noche en las aldeas”. No era una huida, sino una invitación a ir más allá, a dejar el espacio de la contemplación por el de la compañía activa, a compartir la cotidianidad de los viñedos y los pueblos. “Levantémonos de mañana a las viñas; veamos si brotó la vid, si se abrió la flor, si florecieron los granados”. Era el deseo de construir juntos, de ver crecer la vida, de comprobar la promesa de la fecundidad. “Allí te daré mis amores”.
Él sintió entonces el olor acre y dulce de las mandrágoras que crecían silvestres al borde del sendero, la hierba de los amores, y supo que todas las puertas, todas las esencias preciosas, estaban a su disposición con ella. “Las mandrágoras dan su olor, y a nuestras puertas hay toda clase de frutos exquisitos, nuevos y antiguos”. Era el presente y el pasado, la novedad del amor que se renueva cada día y el tesoro acumulado de los días compartidos. “Oh amado mío, lo he guardado todo para ti”.
Y allí, bajo el almendro, con el último resplandor del sol en sus rostros, ya no hubo más palabras. Solo el susurro de las hojas, el olor a tierra y a granada, y la certeza tranquila de que el poema, lejos de haber terminado, apenas comenzaba de nuevo, con cada alba, en cada viña que recorrieran juntos.




