Biblia Sagrada

El Espejo de la Ley

El aire olía a tierra mojada y a lágrimas secas. Una pesadez que no era solo del calor, sino del alma colectiva, se cernía sobre la explanada frente a la Puerta de las Aguas. La gente, una masa de ropas desteñidas y rostros sombríos, no se apretujaba como en los días de fiesta. Había una distancia entre ellos, un espacio físico que parecía reflejar el abismo que sentían ante sí mismos. Esdras había leído la Ley durante horas, y las palabras, agudas como pedernal, habían hecho su trabajo: habían quebrantado el corazón de piedra.

Yo estaba allí, entre la multitud, con las rodillas hundiéndose en el polvo duro. Mi túnica, áspera y gastada, absorbía la humedad de la tierra. No era un ayuno proclamado, era uno que surgía del hueso, de la comprensión lenta y dolorosa de quiénes éramos… y de quién era Él.

Entonces se levantaron los levitas, sobre una plataforma de madera que crujió bajo sus pies. Sus voces no eran unísono al principio; una comenzó, grave y rota, y las otras se le unieron, como arroyos que encuentran el cauce de un río mayor. No cantaban. Declaraban. Y su declaración era una sombra alargada de nuestra historia.

“Tú, solo tú, eres Yavé,” comenzó uno, y su voz se perdió un momento en el viento que venía del desierto. Hizo una pausa, buscando las palabras en el silencio que nosotros llenábamos con nuestra respiración contenida. “Tú hiciste los cielos, el cielo de los cielos, con todo su ejército, la tierra y todo lo que hay en ella.”

No era una fórmula. El hombre que hablaba, un levita llamado Hasabías, tenía los ojos cerrados, pero no en éxtasis, sino en un esfuerzo de memoria tan profundo que las venas de sus sienes latían. Al mencionar la creación, no enumeró, sino que evocó. Habló de la oscuridad antes del alba, no como un vacío, sino como un lienzo tenso esperando la primera pincelada de luz. Habló del sonido del mar siendo puesto en su lugar, un rugido inicial que se convertía en ritmo perpetuo. Y nosotros, en el polvo, podíamos casi oler la hierba recién creada, sentir el frescor de la primera lluvia sobre un barro que nunca antes había sido mojado.

La narrativa fluyó, ya no como una crónica, sino como una confesión colectiva. Abram, sacado de Ur. No un héroe de estatuas, sino un hombre con el polvo de caminos extraños en sus sandalias, que escuchó una promesa y, contra toda esperanza, creyó. La voz de otro levita, más joven, tomó el relato al hablar del mar Rojo. No dijo “partiste las aguas”. Dijo: “Abriste un camino en el abismo, y el abismo quiso tragarse ese camino, pero tus plantas lo hicieron firme como el granito”. Yo miré mis propias manos, curtidas, y pensé en el fango de ese lecho marino, pisado por nuestros antepasados, temblando de miedo y de asombro.

Luego, la montaña. Sinaí. Aquí, las voces se hicieron más quietas, casi un susurro que obligaba a inclinarse para oír. “El monte humeaba, y el humo subía como el humo de un horno… y tú bajaste.” Había un temblor en la descripción, no por el espectáculo, sino por la proximidad. Dios, tan cerca que el aire olía a tormenta y a santidad. Y las palabras, escritas con su dedo. La ley. El regalo que nos mostró quiénes debíamos ser, y que ahora, escuchada de nuevo, nos mostraba tan claramente quiénes habíamos sido.

El relato se tornó amargo, como la hierba que comimos en Babilonia. El becerro de oro. No lo nombraron como un ídolo lejano, sino como el sonido del cincel contra el metal, un sonido que ahogó el eco del trueno del Sinaí. La rebelión en la frontera de la Tierra Prometida. El deseo cobarde de volver a la esclavura, porque lo conocido, aunque fuera miseria, era menos aterrador que la libertad exigente de Dios.

Y entonces, el milagro no fue el maná o las fuentes en la roca. El milagro, coreaban ahora los levitas con una mezcla de asombro y vergüenza, fue su paciencia. “Tú los sustentaste cuarenta años en el desierto; nada les faltó. Sus ropas no se envejecieron, y sus pies no se hincharon.”

Mi vecino, un hombre mayor con cicatrices en los brazos, gimió en voz baja. Todos lo miramos. No con reproche, sino con reconocimiento. Sus ropas estaban raídas. Nuestros pies estaban llenos de ampollas. Él no había estado en ese desierto, pero nosotros, sus hijos, habíamos rehecho este muro con las manos llagadas y vestidos remendados. Él no los había abandonado. Ni a ellos. Ni a nosotros.

La conquista de la tierra, los jueces, los reyes… fue un ciclo lúgubre y repetitivo que los levitas narraron sin adornos. Pecado, opresión, clamor, liberación. Y otra vez. Como las estaciones. Como la respiración de un moribundo que se aferra a la vida. Dios daba, nosotros tomábamos y nos olvidábamos. Nos saciábamos de la tierra buena que Él nos dio, nos engordábamos, y luego, con el vientre lleno, empujábamos al Dador a la puerta.

La voz principal, ahora ronca por el esfuerzo, llegó al presente. “He aquí, hoy somos esclavos. La tierra que diste a nuestros padres, para comer su fruto y su bien, he aquí que somos esclavos en ella.” La palabra “esclavos” no se refería solo a Babilonia. Se refería a la deuda, al tributo al rey persa, a la vulnerabilidad de estos muros recién levantados. Pero, de manera más profunda, a la esclavitud que habíamos elegido una y otra vez: la del corazón.

Un silencio cayó, más elocuente que cualquier grito. Solo se oía el llanto de algunos niños, que no entendían, pero sentían el dolor de sus padres. El viento silbaba entre las piedras del muro nuevo.

Entonces, cambiaron el tono. No era un giro hacia la auto-compasión, sino un movimiento pesado, como el de un hombre que se levanta después de una caída. “Mas tú, por tus grandes misericordias, no los abandonaste en el desierto.” Comenzaron a enumerar, no nuestros pecados ahora, sino sus fidelidades. El pilar de nube y de fuego que no se apagó. El espíritu de instrucción que no se retiró. Las advertencias de los profetas, que eran un acto de amor obstinado. “Los amonestaste para hacerlos volver a tu ley.”

Y la confesión final, la que selló todo, surgió no como un suspiro de derrota, sino como un acto de extraño y doloroso valor: “Ellos, empero, se insolentaron, y no atendieron a tus mandamientos… y se hicieron duros de cerviz.”

Nosotros, el pueblo, no dijimos nada. Pero al escuchar esa sentencia sobre nuestros padres, la estábamos suscribiendo con nuestro propio silencio lloroso. Éramos la misma cerviz endurecida. Éramos los mismos oídos sordos.

La plegaria terminó donde empezó: con Dios. No con una petición exigente, sino con un reconocimiento abrumado de que todo, absolutamente todo—el aliento en nuestros pulmones, la piedra en el muro, la débil esperanza que nos hacía permanecer allí de rodillas—procedía de Él. “Tú eres Yavé, el Dios que escogió a Abram… y hallaste fiel su corazón delante de ti.”

El sol estaba alto ahora, implacable. El polvo se había adherido a nuestras caras surcadas por el llanto, formando un barro salado. Los levitas bajaron de la plataforma. No hubo un “amén” resonante. Hubo un sonido colectivo, un gemido profundo que era a la vez dolor y alivio, como el de un hueso dislocado que vuelve a su lugar.

Nos levantamos, lentamente, cada uno con un peso diferente al que había traído. No era el peso de la condena, sino el de una verdad aceptada. La historia no era solo un recuerdo. Era un espejo. Y en ese espejo, habíamos visto el rostro de un Dios que, a pesar de todo, seguía diciendo: “Sois míos”. El muro de piedra a nuestro alrededor ya no era solo una defensa contra los enemigos. Era, después de ese día, un recordatorio silencioso de otro muro, uno que nosotros habíamos quebrantado una y otra vez, y que Él, en su paciencia infinita, seguía sosteniendo.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *