Biblia Sagrada

El Discurso de Bildad

El viento que bajaba de las montañas aquella tarde no traía consigo el frescor habitual, sino una calina espesa y polvorienta que se colaba por los pliegues de las tiendas. La llanura, de un color pajizo y agotado, parecía contener la respiración. En el círculo de silencio que era el campamento de Job, solo se oía el susurro rasposo de aquel aire y el leve gemido de un perro a lo lejos. Bildad de Suah, sentado sobre un escabel bajo, sentía el peso de las miradas de los otros dos amigos, pero sobre todo sentía el peso de la aflicción de Job, que yacía en el suelo, una figura demacrada envuelta en un sayal áspero.

Habían pasado días de discursos que giraban en el mismo círculo de dolor e incomprensión. El corazón de Bildad, un corazón recto y seco como la madera de acacia, se llenaba de una inquietud que confundía con celo. Veía en la desgracia de Job no un misterio, sino un síntoma. Y creyendo actuar como un cirujano que corta para salvar, tomó aliento. Su voz, cuando por fin rompió el silencio, no fue un trueno, sino un rumor grave y sostenido, como el de una corriente subterránea.

—¿Hasta cuándo pondréis lazos a las palabras? —comenzó, dirigiendo su mirada más allá de Job, hacia el horizonte quemado por el sol—. Entended, luego hablaremos. ¿Por qué somos tenidos por bestias, y nos hacemos viles a vuestros ojos?

Pero estas preguntas eran solo el preludio. Su mente, educada en la simetría inexorable de la retribución, ya estaba trazando el cuadro de una ley moral tan fija e inmutable como el curso de los astros. No hablaba para consolar, sino para ilustrar. Para mostrar el destino que, en su entendimiento, inevitablemente esperaba al impío. Y Job, en su negativa a confesar una culpa oculta, se estaba alineando, a los ojos de Bildad, con ese arquetipo.

—Apaga la luz del impío —dijo, y sus palabras comenzaron a tejer imágenes en el aire caliente—. Y la llama de su fuego no brille. Se oscurece la luz en su tienda, y su lámpara sobre él se apaga.

Imaginaba, al decirlo, la escena con una nitidez dolorosa. No la tienda de Job, pobre y llena de cenizas, sino la morada de un hombre soberbio. Veía cómo la penumbra entraba no al anochecer, sino a pleno mediodía, como una mancha de aceite espeso. La lámpara, que colgaba del poste central, se consumía sin chispa, ahogada por una oscuridad que era más que ausencia de luz: era la presencia activa de la desgracia.

—Sus pasos firmes se estrechan —continuó, y el ritmo de su discurso tomó la cadencia de una letanía funeraria—. Su propio consejo lo derriba. Porque es echado en la red por sus propios pies, y sobre la malla anda.

Era la imagen del cazador cazado, del hombre que cae en la fosa que cavó para otro. Bildad lo veía con claridad: el lazo oculto entre la hierba, el peso del cuerpo que activa el mecanismo, la sacudida brutal. No era un accidente; era la consecuencia material de una vida torcida.

Y luego vino la procesión de terrores, enumerados con una meticulosidad que aspiraba a ser pedagógica, pero que sonaba a maldición. Porque Bildad, en su afán por defender la justicia de Dios, terminaba pintando un cuadro donde Dios solo aparecía como juez ejecutor, distante y severo.

—De abajo son turbados sus fuerzos, y del arriba son derribados —pronunció, y un escalofrío, ajeno al calor reinante, pareció recorrer el círculo—. Su raíz se seca hacia abajo, y su rama es cortada arriba. Su memoria perece de la tierra, y no tiene nombre por las calles.

Era la aniquilación total. No solo la muerte del cuerpo, sino la erradicación del recuerdo. El árbol que muere desde la raíz oculta y desde la copa visible, dejando solo un claro baldío en el bosque de la humanidad. La imagen era poderosa, terrible en su finalidad. El impío no dejaba estela, ni herencia, ni un susurro en las conversaciones de los vivos. Era arrojado de la luz a las tinieblas, y echado fuera del mundo.

Bildad hizo una pausa, dejando que el silencio absorbiera el peso de sus palabras. Su mirada, por fin, se posó en Job. No vio al amigo de antaño, al hombre justo y temeroso de Dios que todos conocían. Vio la encarnación provisional de ese principio de maldad que acababa de describir. Vio la tienda oscura, los pasos apresados por el dolor, la red de aflicción que lo envolvía. Vio el principio del fin.

—Esto es el lugar del que no conoce a Dios —concluyó, y su voz bajó hasta casi convertirse en un murmullo cargado de ominosa certeza—. Y la morada del impío.

Al terminar, no hubo un gesto de compasión, ni una mano tendida. Solo la satisfacción amarga de quien ha dicho una verdad dura, creyendo que esa dureza era en sí misma una forma de fidelidad. El viento siguió soplando, arrastrando arena contra las lonas de las tiendas. Job, en el suelo, no respondió de inmediato. El relato de Bildad había llenado el aire no de claridad, sino de una oscuridad distinta: la de un dogma que, por muy ordenado que pareciera, era incapaz de contener el grito desgarrado de un hombre inocente. La teología de Bildad era perfecta, simétrica, y completamente ajena al misterio que se desarrollaba, sufriente y real, ante sus propios ojos. Había descrito con maestría el destino de un fantasma, de un arquetipo de maldad, mientras a su lado, en la carne viva y sangrante de su amigo, el Dios vivo escribía una historia mucho más profunda e inescrutable.

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