El calor comenzaba a ceder, transformándose en un bochorno pesado que anunciaba el ocaso. El levita ajustó el talabarte del asno con movimientos lentos, de hombre cansado. Había estado cuatro días completos en la casa de su suegro, en Belén de Judá, y cada jornada había sido un forcejeo de palabras melosas y ruegos insistentes. La mujer, su concubina, permanecía en silencio, un bulto inmóvil sobre el otro jumento. El suegro había insistido hasta el último momento: “Te ruego que pases la noche y alegres tu corazón”. Pero algo en el pecho del levita, una opresión que no era solo del viaje, le urgía a partir. Quería poner distancia, no solo de Belén, sino del sabor agridulce del reencuentro, de la reconciliación frágil que lo había traído hasta allí. Ella había huido de su casa en las montañas de Efraín, y él había venido a buscarla, a hablarle al corazón. Pero las palabras se habían atascado.
Tomaron el camino de regreso, ascendiendo hacia las tierras altas. El sol, bajo y anaranjado, alargaba las sombras de los olivos retorcidos. El levita cabalgaba ensimismado, el rumor de los cascos en la tierra polvorienta era el único ritmo de su pensamiento. La mujer no miraba atrás. Pasaron Jerusalén, o Jebús, como aún la llamaban algunos. El criado, un muchacho del lugar con los ojos siempre atentos, se acercó.
—Señor, mira, la ciudad de los jebuseos. Es lugar bueno para pasar la noche.
El levita negó con la cabeza, con una brusquedad que lo sorprendió incluso a él mismo.
—No entraremos en ciudad de extranjeros, que no son de los hijos de Israel. Seguiremos hasta Guibeá, o hasta Ramá.
Había un principio en esa decisión, sí, pero también un desasosiego profundo, una sensación de que solo entre los suyos encontraría sosiego para aquella inquietud que lo acompañaba.
La noche los alcanzó cuando aún estaban en el camino, una noche sin luna que cayó de repente, como un manto espeso. El aire se volvió frío. Al fin, divisaron las siluetas oscuras de las casas de Guibeá, en el territorio de Benjamín. Se detuvieron en la plaza, un espacio de tierra apisonada donde ya no había nadie. El silencio era total. Se apearon, los músculos entumecidos, y permanecieron allí, con los animales resoplando, esperando que alguien saliera, que alguna puerta se abriera ofreciendo la hospitalidad que era ley y costumbre. Nadie vino.
Estaban a punto de resignarse a pasar la noche a la intemperie, cuando un hombre viejo, cargando un haz de leña sobre los hombros, apareció al final de la calleja. Venía del campo, de trabajar la viña. Su paso se detuvo al verlos. El levita se adelantó, y su voz sonó ronca en el silencio.
—Perdón, anciano. Venimos de Belén de Judá y vamos a las montañas de Efraín. Es mi casa. Pero aquí, en Guibeá, nadie nos ha ofrecido posada. Nosotros tenemos paja y forraje para nuestros asnos, y pan y vino para mí, para tu sierva y para este joven que me acompaña. No nos falta nada, excepto un lugar donde reposar.
El viejo lo observó, y su mirada fue luego hacia la mujer, quieta junto al asno, y al muchacho. Una tristeza profunda, antigua, pareció cruzar su rostro ajado por el sol. Quizás vio en ellos el reflejo de una época que se desmoronaba, donde un viajero ya no podía confiar en la puerta del prójimo.
—Paz a vosotros —dijo al fin, y su voz era grave y cansada—. Yo proveeré todo lo que necesitéis. Solo, no paséis la noche en la plaza.
Los llevó a su casa, una construcción de piedra modesta. Desuncir los asnos, llevarlos al establo trasero, todo se hizo en un silencio práctico. Dentro, el calor de un fuego bajo y el olor a cebada cocida los envolvió. Lavaron sus pies polvorientos, y el anciano sirvió de su propia provisión, añadiendo a lo que ellos llevaban. Por un momento, en la tenue luz de la lámpara de aceite, con el vapor de la comida subiendo entre ellos, pareció respirarse un hálito de normalidad, de la antigua *hesed*, la misericordia pactada del pueblo de Dios.
Fue un espejismo. El ruido llegó de golpe, envolvente y brutal. Golpes contra la puerta, no para llamar, sino para derribarla. Voces alteradas, muchas, una turba. El anciano se puso de pie, pálido. Asomó la cabeza por la ventana y lo que vio lo hizo estremecer. Hombres de la ciudad, el rostro distorsionado por una intención vil, cercaban la casa.
—¡Saca al hombre que ha entrado en tu casa! —rugió una voz—. ¡Queremos conocerlo!
La expresión era clara, y su obscenidad resonó en la estancia como un golpe. El levita sintió un frío que le subió desde los talones. El anciano, temblando de indignación y de miedo, salió a la puerta y trató de razonar con ellos.
—Hermanos míos, no hagáis tal maldad. Este hombre es mi huésped. No cometáis esta infamia. Aquí está mi hija virgen, y la concubina de este hombre. Os las traeré, y las humillaréis, y haréis con ellas lo que os parezca bien. Pero a este hombre no le hagáis este ultraje.
Sus palabras, desesperadas y terribles, caían en el vacío de una concupiscencia sorda. La turba no quería razones. El levita, presa de un pánico ciego, empujó a su concubina hacia la puerta. Sus manos la tomaron de los hombros, la hicieron cruzar el umbral, y luego cerró la hoja de madera con un ruido seco. Oyó un grito, ahogado al instante por el clamor de la multitud. Después, solo ruido de arrastres, de risas bajas, de violencia que se consumía en la oscuridad.
El resto de la noche fue un largo desvarío. El levita permaneció sentado en el suelo, junto a la puerta, la cabeza entre las manos. El anciano lloraba en un rincón. El criado, paralizado. Afuera, el sonido cesó mucho después. Un silencio espantoso llenó las horas hasta el alba.
Con los primeros visos grises de la mañana, el levita abrió la puerta. El mundo amanecía indiferente. Y allí, tendido en el umbral de la casa, con las manos sobre el quicial, como si en su último aliento hubiera intentado entrar, estaba el cuerpo de la mujer. Su túnica estaba desgarrada. No se movía. Él se inclinó.
—Levántate —dijo, y su voz le sonó ajena, como de otro—. Vamos. Es de día.
Ella no respondió. La tocó, y la frialdad de su piel le habló de una verdad que su mente se negaba a aceptar. La cargó entonces, con un esfuerzo enorme, y la acomodó sobre el asno. Ató el cuerpo con cuerdas, con la meticulosidad de un sonámbulo. No habló con el anciano. No miró atrás. Emprendió el camino a su casa, en las montañas de Efraín.
El viaje de regreso fue la antítesa del anterior. No había calor que ceder, ni esperanza, ni propósito. Solo el balanceo lúgubre del fardo sobre el animal. Al llegar, entró en su casa. Tomó un cuchillo de carnicero, afilado y pesado. Con una calma funesta, con una precisión que emanaba de la locura, despedazó el cuerpo de su concubina en doce trozos. Miembro a miembro. Los envió, por mensajeros veloces, a todos los confines de Israel. Con cada porción, una sola palabra, un grito escrito en la sangre de la acción: “Mirad lo que han hecho los de Benjamín en Guibeá. Mirad lo que ha sucedido en Israel. Consideradlo, resolvedlo, y hablad.”
Y cuando los enviados partieron, él se quedó solo, en el silencio de su casa, mirándose las manos. No lloraba. Solo respiraba, hondo, como si el aire también le hubiera sido arrebatado. La historia, la terrible historia, ya no era suya. Era de todo Israel. Y el eco de su horror, como un trueno mudo, comenzaba a extenderse por las montañas y los valles, anunciando una tormenta de sangre y de juicio que nadie, en aquellos días sin rey, podría detener.



