El calor era pegajoso, como una segunda piel sobre la tierra. En aquellos días, el aire olía a polvo caliente, a incienso barato quemado en altares improvisados, y a algo más, algo rancio que se colaba desde el corazón de los hombres. La llanura donde se alzaba la ciudad de Henoc era un hervidero bajo el sol inmisericorde. Desde la colina donde pacían sus ovejas, Lamec, un hombre de rostro surcado por el viento y la desconfianza, veía el humo de los hornos de ladrillo subir en columnas torcidas, como serpientes negras ascendiendo hacia un cielo cada vez más indiferente.
Las cosas ya no eran como en los relatos de su abuelo Matusalén. Este hablaba, con la voz quebrada por los años, de un mundo más diáfano, donde la presencia del Creador se sentía en la brisa de la tarde. Ahora, la presencia se sentía de otra manera. Una opresión. Un peso. Los «hijos de Dios», aquellos linajes que guardaban el conocimiento del principio, habían empezado a bajar de sus tierras altas y a mezclarse con las hijas de los hombres. No fue un rapto épico, sino algo más lento y corrosivo. Los vieron y las desearon, dice el rollo antiguo. Y tomaron para sí las que quisieron. Lamec lo había visto. Eran guerreros, altivos, con una luz extraña y arrogante en la mirada. Se establecían entre los hombres, imponiendo su fuerza y un saber que aturdía. De aquellas uniones nacieron gigantes. No monstruos de fábula, sino hombres de una estatura y una violencia desmedidas. Los llamaban Nephilim. Su fama se extendía. Eran cazadores, no de bestias, sino de hombres. Su nombre se convertía en susurro de terror.
En el mercado, el aire vibraba con un murmullo agrio. «Todo designio de los pensamientos de su corazón era sólo el mal continuamente», rezaba la escritura. Lamec lo palpaba. Las disputas por un puñado de cebada acababan en puñaladas traperas. La risa era áspera, burlona. La justicia había devenido en una palabra hueca, negociada por los más fuertes, por aquellos con espadas largas y mirada de hielo. La tierra, que antes parecía gemir bajo tanta maldad, ahora gritaba. Los ríos bajaban turbios, como si arrastraran sangre seca. Las cosechas, aunque abundantes, tenían un sabor a ceniza. La corrupción no era sólo moral; era una mancha que se filtraba en el barro, en el agua, en el aire que todos respiraban.
Y en medio de aquel clamor sordo, estaba Noé. Hijo de Lamec, pero tan distinto a su tiempo que parecía un anacronismo viviente. No era un anciano venerable, sino un hombre en la plenitud de sus años, de manos callosas por el trabajo de la madera y la tierra. Su mirada era quieta, como la de quien mira a lo lejos, más allá del horizonte de humo y avaricia. Encontró gracia a los ojos de Yahweh. La frase del escriba sonaba fría en el pergamino, pero para Lamec tenía el calor de un rescoldo en la noche. La gracia no era un premio, sino un reconocimiento. Noé caminaba con el Creador. Lo sabía porque lo veía. Mientras otros levantaban torres de ambición, él cuidaba de su viña con una paciencia obstinada. Mientras la ciudad se entregaba a festines donde la lujuria y la crueldad se hermanaban, la casa de Noé al anochecer resonaba con las sencillas oraciones que su mujer, Naamá, enseñaba a sus hijos: Sem, Cam y Jafet.
Una tarde, el silencio cayó sobre la tierra con un peso físico. No era la quietud del ocaso, sino una pausa densa, cargada. El viento cesó. Los pájaros enmudecieron. Lamec, en la puerta de su tienda, sintió un frío que le subió por la espina dorsal. Miró a su hijo, que estaba corrigiendo el mango de un azadón. Noé alzó la cabeza lentamente. Su rostro se demudó. No era miedo lo que Lamec vio allí, sino un dolor profundo, un quebranto que parecía venir de muy dentro, como si una cuerda muy tensa en su corazón se hubiese roto.
—Padre —dijo Noé, y su voz era un hilo ronco—. El Espíritu no contenderá para siempre con el hombre.
No explicó más. No hacía falta. Lamec lo supo. Era el juicio. No un arrebato de ira, sino la triste conclusión de una paciencia infinita y agotada. «Me pesa haberlos hecho», había dicho el Creador. El verbo hebreo, «nachem», resonaba en el alma de Lamec con un eco desgarrador: arrepentirse, condolerse, respirar con pesar. El dolor de Dios. No la furia de un tirano, sino la amargura de un alfarero ante la vasija que, a pesar de todos sus esfuerzos, se torció irremediablemente entre sus dedos.
Los días siguientes, Noé comenzó a trabajar en el declive de un valle alejado. No construía una casa más grande. Trazó en el suelo, con carbón y cuerda, una forma imposible: un arca. Un cofre monumental. La gente venía a burlarse. «¡Noé el loco! ¡Construye un barco donde no hay mar!». Los Nephilim pasaban a caballo, y su risa era como el retumbar de piedras. Noé no respondía. Golpeaba la madera de gofer con su mazo, un golpe tras otro, ritmo de fe en un mundo de ruido. La orden había sido precisa: dimensiones exactas, tres pisos, una ventana al cielo, una puerta en el costado. Un designio de salvación en medio de la sentencia.
Lamec a veces se sentaba en una piedra, viendo trabajar a su hijo. El sonido del cincel era lo único puro en aquel aire viciado. Pensaba en la ironía. La tierra estaba llena de violencia, y la respuesta de Dios era una caja de madera. No un ejército, no un fuego caído del cielo. Un refugio. Una manera de empezar de nuevo, de salvar el aliento de vida de entre el fango. La alianza aún no se nombraba, pero ya se intuía en la textura de la madera, en la precisión de las medidas. Había una promesa enclavada en cada tablón.
Mientras, el mundo seguía su curso. Comían, bebían, se casaban, daban en matrimonio. La normalidad era la máscara más aterradora. La corrupción era tan total que ya ni se percibía como tal. Era la vida. Sólo el repiqueteo obstinado del mazo de Noé, día tras día, año tras año, marcaba una diferencia. Un recordatorio. Un latido de esperanza en las entrañas de un organismo muerto.
Lamec no viviría para ver el agua caer. Lo sabía. Sus huesos eran ya viejos y cansados de cargar con el peso de una época maldita. Pero una tarde, poniendo una mano callosa sobre el hombro de su hijo, embadurnado de resina y serrín, sintió una paz extraña. La misma paz que debió de tener Enoc cuando caminó con Dios y luego, simplemente, no fue. Allí, frente a la osamenta gigantesca de aquel arca que se alzaba contra un cielo plomizo, entendió que la misericordia a veces tiene la forma de un hacha y un martillo, y que la nueva vida siempre nace, primero, del sonido de la madera que se trabaja contra toda esperanza. Respiró hondo, y por primera vez en mucho tiempo, el aire no le supo a ceniza.




