Biblia Sagrada

La Ascensión y la Elección

El aire aún tenía esa frescura del alba, cargado con el olor a tierra húmeda y romero silvestre. Sobre la ladera del Monte de los Olivos, la luz era de ese color ceniciento que precede a la claridad, tornando las siluetas de los hombres en formas difusas, casi como sombras con peso propio. Jesús estaba con ellos. Lucas, siempre observador, notaba cómo la tela simple de la túnica del Maestro parecía atrapar los primeros y tenues rayos de sol, mientras el resto del mundo dormitaba en tonos grises y verdes oscuros.

No era una multitud. Eran los mismos de siempre, los rostros curtidos por el viento del mar de Galilea y los últimos tres años de caminos polvorientos y miradas inquisitivas. Pedro, con su ancha espalda y ese ceño que se suavizaba solo ante ciertas palabras; Juan, de mirada intensa y profunda; Andrés, el hermano callado; todos ellos. Había un silencio expectante, no incómodo, pero sí cargado. La pregunta de hacía unos días aún flotaba entre ellos, como el humo de una hoguera recién apagada.

«Señor,» había dicho uno, quizás el mismo Pedro o quizás Tomás, con esa mezcla de esperanza terrenal y desconcierto que les caracterizaba, «¿es en este tiempo cuando restaurarás el reino a Israel?»

Jesús no se había inmutado con la crudeza de la pregunta. Su respuesta ahora resonaba en sus oídos, mientras la luz crecía lentamente. «No les corresponde a ustedes conocer los tiempos o las fechas que el Padre ha establecido con su propia autoridad.» Sus palabras eran claras, como agua de manantial, pero dejaban un regusto a misterio. No era un reproche, sino una delimitación. Un trazar una frontera entre lo que debían anhelar y lo que debían hacer.

Luego, su voz tomó un tono distinto, una fuerza que era a la vez promesa y mandato. «Pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.»

Mateo, el antiguo recaudador, sintió un escalofrío que no era por el frío de la mañana. «Hasta los confines de la tierra.» Las palabras eran enormes, desbordaban el pequeño cerro, la ciudad amurallada a lo lejos, incluso el mar que algunos conocían tan bien. ¿Cómo? La pregunta práctica se atoró en su garganta, pero no la pronunció. Había aprendido que algunas respuestas llegaban con el camino, no antes de emprenderlo.

Mientras esto decía, sucedió. No fue un relámpago, ni un trueno. Fue algo para lo que no tenían palabras, y Lucas, médico y escritor, lucharía después por hallarlas, sabiendo que todas serían insuficientes. Jesús, el mismo que comía pescado asado con ellos en la orilla, que tenía cicatrices en sus manos, comenzó a elevarse. No como quien sube una cuesta, sino de una manera totalmente ajena a la naturaleza. Una suave y majestuosa ascensión que los dejó con la mirada fija en el cielo, la boca entreabierta, los pies clavados en la tierra.

Lo vieron elevarse, nítido contra el azul que ahora se hacía intenso, hasta que una nube, una de esas nubes blancas y densas de la mañana, lo recibió y lo ocultó a sus ojos. No fue violento. No fue ruidoso. Fue un acto de una solemnidad tan profunda que el mundo pareció contener la respiración. El canto lejano de un gallo en algún huerto les recordó de pronto dónde estaban.

Quedaron allí, inmóviles, alzando la vista hacia el cielo vacío. Minutos pasaron. Quizás uno, quizás cinco. Sus mentes, aturdidas, no medían el tiempo. Entonces, dos hombres aparecieron junto a ellos. No se acercaron por el sendero. Simplemente estaban allí, vestidos de blanco, con un semblante que no era del todo de este mundo. Sus voces fueron gentiles, pero cortaron la inmovilidad como un cuchillo afilado.

«Hombres de Galilea,» dijeron, y en ese apelativo había un reconocimiento a su origen humilde, a su humanidad perpleja, «¿por qué se quedan mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido llevado de entre ustedes al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que lo han visto irse.»

Las palabras actuaron como un despertador. Bajaron la mirada. Se miraron entre ellos. En los ojos de Pedro había un destello de comprensión nueva, ya no de pescador, sino de algo más. No se quedarían paralizados. Tenían una promesa y una orden. El regreso era seguro, pero la espera no sería ociosa.

El camino de regreso a Jerusalén, bajando por la falda del monte, fue silencioso al principio. El polvo se levantaba suavemente bajo sus sandalias. La ciudad, con su templo dorado centelleando bajo el sol ya alto, se veía distinta. Ya no era solo la ciudad que mataba a los profetas; era el punto de partida. «Jerusalén, Judea, Samaria…» La geografía de la promesa se iba desplegando en sus mentes.

Cuando llegaron, subieron al aposento alto donde se hospedaban. Era una habitación grande, con alfombras gastadas y el olor persistente a aceite de lámpara e incienso. Allí estaban, no solo los once, sino también las mujeres: María, la madre de Jesús, con un rostro sereno en el que se mezclaban la pena y una fe inquebrantable; Salomé; Juana; y otras. Y sus hermanos, aquellos que antes habían dudado, ahora parte del círculo íntimo. Era un grupo unido, pero la ausencia física de Jesús creaba un espacio palpable.

Pedro, finalmente, tomó la palabra. Su voz era grave, ronca por la emoción contenida. «Hermanos, tenía que cumplirse la Escritura, la que el Espíritu Santo pronunció de antemano por boca de David acerca de Judas.» Habló del campo comprado con las treinta monedas de plata, de la caída espantosa del que había sido uno de ellos. No había rencor en su tono, sino una tristeza solemne y un sentido de inevitación profética. «Porque está escrito en el libro de los Salmos: ‘Que su lugar quede desierto, y que no haya quien lo habite’, y también: ‘Que otro tome su cargo’.»

La propuesta fue clara: debían elegir a uno que hubiera estado con ellos desde el bautismo de Juan hasta el día de la ascensión, un testigo de todo, para que fuera, junto con los once, testigo de la resurrección. La lógica era impecable, divina y humana a la vez. Presentaron a dos: José, llamado Barsabás, también conocido como Justo, y Matías.

No lo echaron a suertes a la ligera. Primero oraron. Fue una oración colectiva, despojada, humana. No rezaron fórmulas elaboradas, sino que elevaron sus voces directamente, como hijos que hablan con un padre cuyo rostro no ven pero cuya presencia sienten cercana. «Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muéstranos a cuál de estos dos has escogido para recibir este ministerio apostólico, del que Judas se desvió para irse al lugar que le correspondía.»

Luego echaron suertes. Unas tablillas, quizás, o piedras marcadas en un cántaro de barro. Un método antiguo, que reconocía la soberanía última de Dios en la elección. La suerte cayó sobre Matías. Y en ese momento, sin fanfarria, sin una voz del cielo, fue añadido a los once apóstoles.

El relato de Lucas termina ahí, pero si uno cierra los ojos, puede casi oír los sonidos que siguieron: el murmullo de asentimiento, el roce de las túnicas al levantarse, el sonido de una jarra de agua al ser servida. No tenían aún el poder prometido. El Espíritu aún no había descendido con ímpetu. Pero ya no estaban mirando al cielo. Estaban juntos, en una habitación de Jerusalén, con una tarea por delante y una promesa latiendo en el centro de sus pechos, paciente como el pulso de la tierra, esperando el viento recio que estaba por venir. El capítulo había concluido, pero la historia, apenas comenzaba.

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