El sol de la media tarde en Jerusalén tenía una cualidad pesada, dorada y polvorienta, que parecía aplastar el jadeo del calor más que iluminar la ciudad. En mi estancia, las sombras se alargaban como dedos oscuros a través de los ladrillos del suelo. No era un lugar fresco, pero al menos estaba a resguardo del fuego blanco del cielo. Me acerqué al rollo que había sobre la mesa de cedro, no para estudiarlo, sino para dejar que mis dedos recorrieran el cuero gastado. El polvo de la calle, traído por el viento del desierto, se sentía bajo las yemas. Todo aquí acumulaba polvo, hasta los pensamientos.
Había pasado la mañana en los tribunales, cerca de la puerta de la ciudad, observando. Siempre observando. Es la tarea de un hombre como yo, un escriba con cierta reputación de sabiduría, o al menos de discreción. Había visto al joven magistrado, investido con la autoridad del rey, dictar sentencia sobre una disputa de linderos. Su rostro era una máscara de solemnidad aprendida, pero sus ojos, oscuros y rápidos, delataban un nerviosismo profundo. Cumplía el ritual, pronunciaba las palabras, pero su mente parecía estar en otra parte, quizás en los aposentos frescos del palacio o en la compañía de una mujer de sonrisa fácil. Y sin embargo, su palabra era ley. Quien la desobedeciera, sentiría el peso de su poder.
Eso me hizo recordar. No es bueno para un hombre inquietarse demasiado por los decretos del poder. “Guarda el mandamiento del rey,” murmuro para mí, y la frase resuena en el aire quieto como un suspiro. Pero no es una obediencia ciega. Hay un arte en ello, un saber navegar aguas profundas y a veces traicioneras. ¿Quién le dirá a un hombre lo que ha de hacer bajo este sol abrasador? Los asuntos del poder son como un río crecido en primavera: impredecibles. Un hombre sensato conoce la corriente, siente su fuerza, y no se enfrenta a ella de frente. Sabe que hay un momento y un proceder para cada cosa, aunque el peso de la opresión pese sobre la tierra como una losa.
De repente, un aroma a pan recién horneado y a aceite de oliva subió desde la calle, mezclado con el olor persistente a estiércol y animales. La vida, sucia y ferviente, seguía su curso. Me levanté y me asomé a la ventana. Allí abajo, en la sombra irregular de una pared, vi a un hombre siendo golpeado por dos soldados. No gritaba. Sólo encogía los hombros, recibiendo los golpes con una resignación que helaba la sangre. No supe su crimen. Quizás había mirado a un oficial de cierta manera. O quizás era sólo el capricho de un momento, el abuso casual de un poder que no responde preguntas. Un nudo se formó en mi garganta. He visto esto una y otra vez: lugares donde hay justicia, donde debería brillar la ley, y en su lugar reina la iniquidad. Y digo que los impíos son llevados a la tumba con honores, mientras que los que hicieron el bien son olvidados en la ciudad. Es una neblina que confunde el alma, un sinsentido que se pega a la piel como el sudor.
Volví a la mesa, pero ya no podía concentrarme en los caracteres negros sobre el cuero. Mi mente viajó a los campos, a los viñedos en las colinas. Allí, el trabajo tiene una lógica. Siembras, cuidas, cosechas. No siempre es justo—una helada tardía, una plaga de langostas—pero es comprensible. En los palacios y los tribunales, la lógica se desvanece. Un hombre puede ascender por la sonrisa adecuada y caer por un rumor susurrado en la oscuridad. Todo ello lo he visto bajo el sol. Días de aflicción en los que el hombre se ve oprimido, sin consuelo. No tiene quien lo ayude. Y el poder de sus opresores es fuerte. Es entonces cuando uno comprende que no hay hombre que tenga potestad sobre el espíritu para retenerlo, ni potestad sobre el día de la muerte. No hay licencia en esa guerra, y la maldad no librará a los que la practican.
El día comenzaba a declinar, y el calor cedía un poco, transformándose en un bochorno más tolerable. Decidí dar un paseo. Al bajar a las calles, el bullicio me envolvió: mercaderes pregonando las últimas ofertas, niños corriendo entre las piernas de los adultos, el tintineo de los cencerros de las cabras. La vida, terca, seguía. Y en medio de ella, la gente celebraba, comía, bebía. Vi a un grupo de hombres saliendo de una posada, con las mejillas encendidas por el vino, riendo con una alegría que parecía desafiante, como si quisieran ahogar con ruido el silencio amenazante del mañana. Porque, ¿quién puede decir lo que traerá? Como el pez atrapado en una red traicionera o los pájaros cogidos en una trampa, así son enlazados los hombres cuando cae de repente sobre ellos el mal tiempo.
Pasé junto al muro del Templo. La piedra brillaba con el último resplandor anaranjado del sol. Allí, en ese lugar santo, las palabras son de eternidad, de un Dios que juzga. Pero aquí, en la calle, en el palacio, en el campo de batalla, lo que impera es la neblina. He aplicado mi corazón a todo esto, he escudriñado que los justos reciben lo que merecen los impíos, y los impíos lo que merecen los justos. Y digo que también esto es vanidad. Un soplo. Una neblina que se disipa.
No es una conclusión cómoda. No ofrece consuelo fácil. Pero es verdadera, tan verdadera como la piedra bajo mis pies. Por eso alabo la alegría, el simple pan compartido, el trabajo de las manos, el vino que alegra el corazón—no como un escape necio, sino como un frágil y precioso don en medio de la neblina. Porque ningún hombre puede descubrir el trabajo que se hace bajo el sol; por mucho que trabaje el hombre en buscarlo, no lo hallará; y aunque diga el sabio que lo sabe, no por eso lo puede descubrir.
Al regresar a casa, la noche había caído. Encendí una lámpara de aceite. Su pequeña llama bailaba, proyectando sombras movedizas en las paredes. Afuera, el universo indiferente seguía su curso: ciclos de estrellas, órbitas silenciosas, un tiempo que no se apresura ni se detiene para nadie. Y aquí dentro, un hombre con sus pergaminos, su polvo y su neblina. Sabiendo que, al fin, hay un misterio demasiado grande para nosotros. Y que quizás, en esa incapacidad de comprenderlo todo, resida no la desesperación, sino el principio de una sabiduría humilde y verdadera. La noche lo envolvía todo, y la neblina era ahora oscuridad. Pero la pequeña llama seguía ardiendo.



