El calor en el valle del Jordán no era como el de ningún otro lugar. Era un calor húmedo y pesado, que se posaba sobre los hombros como un manto de lana mojada, y olía a tierra agrietada, a juncos podridos en la orilla y al aliento cálido de los rebaños que bajaban a beber. La polvareda se levantaba con cada movimiento, una neblina dorada y perpetua que cubría todo, pegándose a la piel sudada. Y en medio de aquel paisaje reseco, la voz.
No era un grito, ni un canto. Era una voz que cortaba el aire caliente como un hacha corta leña verde. Provenía de un hombre que parecía surgido de la tierra misma. Se llamaba Juan. Su piel era del color y la textura del cuero viejo, curtida por soles y noches a la intemperie. Vestía una túnica áspera, tejida con pelo de camello, que le colgaba de los huesos afilados. Un cinturón de cuero le ceñía los lomos. Comía lo que el desierto le ofrecía con mezquindad: langostas asadas al rescoldo, que crujían entre los dientes con un sabor a humo y sal, y miel silvestre, dulce y espesa, que encontraba en grietas de las rocas. No era un profeta de palacio, ni de sinagoga pulcra. Era una voz clamando en el yermo, y la gente, por extraño que pareciera, acudía.
No venían por espectáculo, al menos no todos. Venían porque algo en aquella voz desnuda y sin adornos resonaba en un lugar profundo y olvidado de sus almas. Llegaban desde las aldeas de Judea, desde Jerusalén misma, fariseos de rostros compuestos y túnicas con flecos largos, soldados con la mirada dura y vacía, campesinos con las manos encallecidas y el alma cargada. Una corriente humana que se filtraba por los caminos polvorientos hacia el río.
Y él los recibía a todos con la misma mirada inclemente, como si pudiera ver la arena acumulada en los pliegues de sus intenciones.
—¡Camada de víboras! —rugía, y las palabras hacía que más de uno diera un paso atrás, como si les hubiera lanzado una piedra—. ¿Quién os ha enseñado a huir de la ira que está por venir? ¡Producid, pues, frutos dignos de arrepentimiento! Y no os digáis a vosotros mismos: ‘Tenemos a Abraham por padre’. Porque os digo que Dios puede hacer surgir hijos de Abraham aun de estas piedras.
Sus palabras eran como el agua del Jordán en invierno: frías, claras, y que quitaban la respiración. No había consuelo barato, ni promesas fáciles. Hablaba de un hacha puesta ya a la raíz del árbol, de una criba que separaría el grano de la paja, quemando esta en un fuego que no se apaga. Y la gente, consternada, preguntaba: “¿Qué haremos entonces?”.
Y Juan, con una precisión brutal, les daba respuestas que no eran rituales, sino terrenales, inmediatas. Al que tenía dos túnicas, le ordenaba compartir con el que no tenía ninguna. A los publicanos, esos odiados recaudadores al servicio de Roma, les decía: “No exijáis más de lo que os está ordenado”. A los soldados, hombres a menudo brutales y corruptos: “No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis, y contentaos con vuestro salario”.
Era una justicia palpable, humana. Un arrepentimiento que se medía en actos, no sólo en palabras piadosas. Y la gente, uno tras otro, confesaba. Confesaba rapiñas pequeñas, envidias calladas, injusticias consentidas. Y luego, Juan los llevaba al río. No era un baño ceremonial, una purificación vacía. Era algo más visceral. Los hacía adentrarse en la corriente fría, los sumergía bajo el agua turbia que arrastraba limo y hojas secas. Salían jadeando, con los ojos enrojecidos, el cabello pegado a la frente, la túnica empapada y pesada. Pero en sus rostros había algo nuevo: un alivio fatigado, la pesadumbre de una carga que por fin había sido soltada en la corriente y se la llevaba el Jordán hacia el Mar Salado, para ser disuelta para siempre.
La expectación crecía como la hierba después de una lluvia repentina. Todos se preguntaban en sus corazones si acaso Juan sería el Mesías, el Ungido que esperaban. Él lo percibía, y su negativa era tan vehemente como sus denuncias.
—Yo, a la verdad, os bautizo con agua —declaraba, su voz áspera pero ahora con un tono de humildad que antes no se percibía—. Pero viene uno más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
Había en sus ojos, al decir esto, una mezcla de temor reverente y anhelo. No se consideraba el centro, sino la voz que prepara el camino. El que allana los senderos torcidos para el paso de Otro.
Y un día, entre la multitud anónima que llegaba desde Galilea, apareció Él.
No hubo fanfarria. No hubo un resplandor en el cielo. Solo un hombre más, de rasgos comunes, piel curtida por el sol de Nazaret, con la sencilla túnica de un artesano. Pero Juan se detuvo en seco. La palabra que tenía preparada se quebró en sus labios. Miró a aquel hombre, y en sus ojos, que habían desnudado a fariseos y a soldados, se vio una conmoción tan profunda que por un instante pareció perder su formidable firmeza. La multitud, atenta, guardó silencio, percibiendo que algo trascendente pasaba.
Fue Jesús quien habló primero, con una calma que era como un oasis en el bullicio del río.
—Bautízame a mí también, Juan.
Juan negó con la cabeza con violencia, retrocediendo casi un paso, como si la petición fuera un carbón encendido.
—¿Yo debo ser bautizado por ti, y tú vienes a mí?
La paradoja era total. El que proclamaba un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados, tenía ahora ante sí al único que no tenía de qué arrepentirse. El que anunciaba al más fuerte, era requerido por Él como si fuera un discípulo más. Pero Jesús se acercó, y su mirada no era de autoridad imponente, sino de una determinación serena y llena de propósito.
—Permítelo ahora —dijo, y su voz, aunque suave, tenía el peso de la plenitud de los tiempos—. Porque así conviene que cumplamos toda justicia.
*Cumplir toda justicia*. No era sólo para dar ejemplo, era un acto de solidaridad profunda, de sumergirse en la condición humana hasta el fondo, de santificar las aguas mismas del río al unirse al pueblo en este rito de renovación. Juan, comprendiendo algo que no podía articular con palabras, asintió.
Los dos hombres entraron en el agua. El Jordán fluía alrededor de sus piernas. Juan, con una mano temblorosa que antes había sido firme, apoyó la espalda de Jesús y lo sumergió bajo la superficie. El silencio fue total. Solo el sonido del agua al cerrarse. Fue un instante breve, eterno.
Cuando Jesús emergió, el agua cayendo en gotas brillantes de su rostro y cabello, algo sucedió que sólo unos pocos, quizás sólo Juan, percibieron en su totalidad. El cielo, de un azul desvaído por el calor, no se rasgó con estruendo, pero sí se abrió de una manera íntima y abrumadora. Fue como si la esencia misma de lo divino, su aliento vital, descendiera con la suave pero tangible forma de una paloma, posándose sobre Él. Y al mismo tiempo, una Voz, no la áspera voz del profeta, sino una Voz que parecía surgir de la creación misma y a la vez de una profundidad insondable de amor y afirmación, llenó el espacio interior de Juan, y quizás el de Jesús mismo:
—Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.
Luego, todo volvió a la normalidad. El calor, el zumbido de los insectos, el murmullo confuso de la multitud que, ignorante del momento cósmico que acababa de presenciar, volvía a sus preocupaciones. Jesús salió del agua y se perdió entre la gente, rumbo al desierto, a un enfrentamiento distinto y más solitario. Juan se quedó junto al río, mirando la mancha húmeda en la arena donde Jesús había estado de pie. La misión de la voz no había terminado, pero ahora sabía, con una certeza que le quemaba en el pecho, que su eco ya no era solo de advertencia, sino de testimonio. El más fuerte había llegado. Y las aguas del Jordán, desde ese día, llevarían para siempre el recuerdo silencioso de haber tocado al Hijo amado.




