Biblia Sagrada

Corazón y migajas en Tiro

El aire en la costa de Tiro y Sidón olía a sal y a tierra húmeda. Yeshúa había buscado aquel recodo del Imperio, un lugar de sombra bajo los techos de tejas romanas y el murmullo del griego comercial, para descansar un poco de las multitudes y del peso constante de las miradas que lo escudriñaban. Pero la fama, como el polvo del camino, se le había pegado a los talones y viajaba de boca en boca más rápido que sus pasos.

En Jerusalén, la noticia de su huida hacia territorio pagano había llegado a oídos de un grupo de escribas y fariseos. Con aquel celo amargo que nace más de la disputa que de la devoción, emprendieron el viaje. No fue difícil encontrarlo; la gente señalaba hacia la casa donde se hospedaba como se señala un pozo en el desierto.

Se presentaron con la solemnidad de una embajada, sus mantos con flecos impecables, una barrera de tela y tradición entre ellos y el polvo del camino gentil. No había saludo, ni cortesía.

—Maestro —dijo uno, con una voz que pretendía ser mesurada pero que llevaba el filo de la acusación—, ¿por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los ancianos? No se lavan las manos cuando comen pan.

Yeshúa los miró. Su cansancio no era físico, sino esa fatiga profunda que produce el ver siempre el corazón torcido detrás de las palabras rectas. En el patio, unos niños jugaban con unas piedras. Una mujer fenicia, desde una puerta cercana, observaba la escena con curiosidad.

—Y vosotros, ¿por qué quebrantáis el mandamiento de Dios a causa de vuestra tradición? —respondió, y su tono no era áspero, sino cargado de una tristeza pesada—. Porque Dios dijo: «Honra a tu padre y a tu madre», y también: «El que maldiga a su padre o a su madre, que muera». Pero vosotros decís: «Si alguien dice a su padre o a su madre: ‘Cualquier ayuda que pudiera darte es *corbán*’ —es decir, ofrenda dedicada a Dios—, entonces ya no tiene que honrar a su padre». Así invalidáis la palabra de Dios por vuestra tradición. ¡Hipócritas!

La palabra cayó como una losa. Los fariseos se tensaron. Él continuó, señalándolos no con el dedo, sino con la verdad desnuda de sus actos.

—Bien profetizó Isaías acerca de vosotros cuando dijo: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto; sus enseñanzas no son más que reglas humanas».

Luego, volviéndose hacia la gente que comenzaba a congregarse, les dijo con una claridad que cortaba como el viento del mar:

—Escuchad y entendid: no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de la boca; eso es lo que lo contamina.

Los discípulos, más tarde, en la penumbra de la casa, se le acercaron con cierta inquietud.

—¿Sabes que los fariseos se ofendieron al oír tus palabras?

Yeshúa suspiró, un suspiro que parecía venir de un lugar muy hondo.

—Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial será desarraigada. Dejadlos; son guías ciegos guiando a ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en un hoyo.

Pedro, confundido como a menudo le ocurría, insistió:

—Explícanos esa parábola.

Yeshúa se sentó, tomando un pedazo de pan sin comerlo.

—¿También vosotros estáis sin entendimiento? ¿No comprendéis que todo lo que entra por la boca va al vientre y después se echa al excusado? En cambio, lo que sale de la boca proviene del corazón, y eso es lo que contamina. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre; pero el comer sin lavarse las manos no contamina al hombre.

Al día siguiente, caminando por los límites de aquella región, una mujer salió a su encuentro. No era judía; era cananea, de esos pueblos antiguos que los hijos de Israel debían haber expulsado. Su rostro estaba marcado por una angustia urgente. Se acercó sin el recato que otras mujeres mostraban, gritando con una voz ronca de tanto suplicar:

—¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es atormentada cruelmente por un demonio.

Yeshúa no le respondió palabra. Siguió caminando, como si no la hubiera oído. Los discípulos, incómodos ante aquel llanto persistente y la mirada de los transeúntes, se le acercaron.

—Despídela —le dijeron, casi rogando—, porque viene gritando detrás de nosotros.

Él se detuvo entonces, y volviéndose, miró a la mujer. No con indiferencia, sino con la mirada de quien está midiendo la profundidad de un pozo.

—No fui enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

Pero ella no se dio por vencida. Se acercó más, y postrándose delante de él, dijo con una humildad que no era sumisión, sino la fuerza del que no tiene nada que perder:

—¡Señor, ayúdame!

Entonces vino la palabra que habría desanimado a cualquiera. Una palabra dura, áspera, que resonaba con el eco de siglos de separación:

—No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos.

El silencio se hizo entre los presentes. La mujer levantó la cabeza. En sus ojos no había indignación, sino una chispa de comprensión rápida, aguda. Había captado no el insulto, sino la imagen. Y se aferró a ella.

—Sí, Señor —dijo, y en su voz había ahora un atisbo de algo parecido a una sonrisa triste—; pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.

Yeshúa la contempló. Y en su rostro, por primera vez en aquel viaje, se dibujó una expresión de admiración genuina, de gozo ante la fe encontrada en el lugar más inesperado.

—Oh mujer, grande es tu fe —dijo, y las palabras eran cálidas, como un reconocimiento entre iguales en el espíritu—. Hágase contigo como quieres.

Y en ese mismo instante, su hija quedó sana. La mujer se marchó sin otro ceremonial, su espalba erguida ahora no por la desesperación, sino por una gratitud que llenaba el aire a su paso.

Yeshúa siguió su camino, bordeando el mar de Galilea, hasta subir a un monte solitario. Allí se sentó. Pronto llegaron a él cojos, ciegos, mudos, lisiados, y muchos otros. Los puso a los pies del monte, en aquella hierba seca y polvorienta, y los curó a todos. La gente se maravillaba al ver a los mudos hablando, a los lisiados sanos, a los cojos andando, y a los ciegos viendo. Y glorificaban al Dios de Israel.

Al atardecer, los discípulos se acercaron con preocupación práctica.

—El lugar es desierto, y la hora ya es avanzada. Despide a la multitud para que vayan a las aldeas y compren comida.

Yeshúa los miró. En sus ojos parecía resonar aún el eco de la fe de la mujer cananea, esa fe que había recogido migajas de una promesa que no era, en principio, para ella.

—No tienen necesidad de irse —dijo con tranquilidad—. Dadles vosotros de comer.

La perplejidad fue total.

—No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.

—Traédmelos acá.

Mandó entonces a la gente recostarse sobre la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces, alzó la vista al cielo, y dio gracias. No fue una oración larga ni dramática; fue un susurro de gratitud confiada. Luego partió los panes y los dio a los discípulos, y los discípulos a la multitud. Y comieron todos, hasta saciarse. Y recogieron lo que sobró de los pedazos: doce cestas llenas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Después, mientras las primeras estrellas se encendían sobre el mar oscuro, Yeshúa despidió a la multitud. Subió a la barca con sus discípulos, y la proa se orientó hacia la otra orilla. El agua chapoteaba contra el casco de madera. Él miraba la estela espumosa que dejaban atrás, pensando quizás en corazones lejanos, en tradiciones vacías, en una fe que había encontrado su hogar en el pecho de una extranjera, y en el pan que, cuando se parte con las manos agradecidas, siempre sobra.

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