El aire en Tecoa olía a tierra seca y a hierba mustia. No era el olor del pasto fresco que conocían las ovejas, sino el aroma agrio de la llanura bajo un sol inclemente. Amós, con los callos de las manos endurecidos por el manejo de la pala y las tijeras de podar, no era hombre de visiones grandilocuentes. Su mundo era tangible: el vellón de una oveja enferma, la corteza de una higuera silvestre, el sonido del viento atravesando los barrancos de Judá. Pero aquel día, el viento traía algo más.
No fue un estruendo, ni una luz cegadora. Fue algo más profundo, una presión en el pecho que no tenía que ver con el calor, y un silencio tan denso que ahogaba el balido lejano del rebaño. El horizonte, de pronto, dejó de ser una línea de colinas pardas para convertirse en un umbral. Y a través de él, no vio con los ojos, sino con una certeza que le quebró las rodillas, la palabra del Señor.
No era un susurro. Era un torrente que brotaba desde el centro mismo de la creación, una voz que no sonaba en los oídos sino en los huesos. “Rugirá el Señor desde Sión, y desde Jerusalén dará su voz.” Y Amós, el pastor, el guardián de higueras, supo que ya no podía atender sólo a lo pequeño. La palabra lo ponía frente a lo inmenso: los reinos, las naciones, la trama de sangre y hierro que los hombres habían tejido en la llanura.
La primera visión no fue de Judá, ni de Israel. Fue de Damasco. Y no vio palacios ni mercados. Vió el valle de Aven, un lugar que debería ser de fertilidad, convertido en una enorme trilla. Pero en vez de trigo, se trillaba a hombres. Oía el crujir de los huesos, el metal de los trillos convertido en instrumento de tortura. Y vio a las huestes de Aram, lideradas por un tal Hazael, arrasando Galaad con una saña que iba más allá de la guerra; era una furia sistemática, como quien despedaza algo por puro desprecio. La voz, entonces, se hizo fuego: “Prenderé fuego en el muro de Damasco, y consumirá los palacios de Ben-hadad.” Amós sintió el calor del juicio, un fuego que no purificaba, sino que consumía lo podrido hasta los cimientos.
Luego, el foco de aquella terrible claridad se desplazó, hacia el sur y el oeste. A Gaza. Allí el pecado tenía otro sabor, no la crueldad frenética de la guerra, sino la frialdad calculada del comercio. Vio caravanas enteras de personas, capturadas no en batalla, sino en redadas cobardes, vendidas a Edom como quien vende sacos de grano. Eran comunidades arrasadas, familias rotas para siempre, todo por unas piezas de plata. El clamor de esos cautivos subía como un humo espeso hasta el cielo. “Prenderé fuego en el muro de Gaza, y consumirá sus palacios.” El fuego, otra vez. Justicia implacable contra el lucro edificado sobre la carne humana.
La palabra, inexorable, siguió su camino. A Tiro. La ciudad fenicia, orgullosa y mercante, había hecho lo mismo. Pero añadía un agravio: un pacto de hermanos roto. No sólo traficaban con vidas, sino que entregaban a pueblos enteros a Edom, olvidando todo acuerdo, todo lazo humano. La traición tenía un peso específico, y el Señor lo medía. El fuego anunciado para Tiro no sería distinto; alcanzaría sus fortalezas, aquellas que creían inexpugnables entre el mar y sus murallas.
Y así siguió. Amós, desde su colina polvorienta, fue testigo del juicio sobre naciones que nunca había pisado. Sobre Edom, el hermano eternamente airado, que perseguía a Judá con una saña sin tregua, sin piedad, ahogando hasta la última chispa de compasión. Sobre los amonitas, en Rabbah, cuyo crimen era una brutalidad sin sentido: destripar mujeres embarazadas en Galaad, un acto de pura vileza para ampliar sus fronteras. La voz del Señor, al denunciarlo, tenía un tono de hondo desprecio, como ante algo que ni siquiera merecía el nombre de guerra.
Por último, la visión se posó en Moab. Y aquí el pecado era de una profanación absoluta, un insulto a la muerte misma. El rey de Moab había quemado los huesos del rey de Edom hasta convertirlos en cal. No era un acto bélico, ni de codicia. Era un gesto de odio puro, una voluntad de borrar hasta la memoria física del difunto, de negar toda dignidad, toda esperanza incluso para los restos. Era romper un límite último. Y el fuego del juicio sobre Kerioth sonó, en el espíritu de Amós, como un eco necesario, la respuesta de un orden cósmico violado.
Cuando la presión en su pecho comenzó a ceder, y los sonidos del campo —un grillo, el viento— regresaron lentamente, Amós se encontró sudando y temblando, apoyado contra el tronco rugoso de una encina. No tenía tablas de piedra, ni rollos de pergamino. Sólo tenía la palabra, grabada ahora a fuego en su alma de pastor. Y supo, con una tristeza tan grande como la visión misma, que éste era sólo el principio. El rugido del León había comenzado por lejos, por los vecinos impíos. Pero el rugido, él lo intuía en lo más hondo, tiene un eco que regresa al lugar desde donde se lanza. Y el León había rugido desde Sión.
Tomó su cayado, de madera lustrada por su mano, y miró hacia el norte, hacia el reino de Israel, hacia Samaria. Una pesadez aún mayor se instaló en su espíritu. El juicio había comenzado por los de afuera. Pero la vara de la medida divina, una vez aplicada a los demás, no se quebraría ante el pueblo de la Alianza. Se ajustaría con mayor rigor. El aire seguía oliendo a tierra seca. Pero ahora, para Amós, también olía a ceniza futura.




