El aire olía a tierra húmeda y a hierba quemada, el olor perpetuo de la mañana en los patios del nuevo Templo. Eliab, un sacerdote de la línea de Sadoc, apoyaba la palma de la mano en la piedra fresca y lisa del quicio de la puerta oriental. Era una puerta monumental, de cedro macizo y reforzada con bronce, que permanecía cerrada seis días a la semana. Solo en sábado, y en el día de la luna nueva, se abría. Y hoy era sábado.
Desde su puesto, veía cómo los primeros rayos del sol rasgaban el cielo sobre el Monte de los Olivos, bañando de oro líquido el umbral sellado. No era solo una ceremonia; era una geografía sagrada. El Príncipe, el *nasi*, llegaría pronto desde el exterior, por el camino del este, y se detendría ante la puerta. Eliab recordaba las palabras del profeta, esas visiones que ahora eran piedra y ley: *La puerta del atrio interior que mira al oriente estará cerrada los seis días de trabajo; mas el día sábado se abrirá, y el día de la luna nueva se abrirá.* Todo tenía su orden, su medida precisa. Un ritmo impuesto no por el capricho, sino por la voluntad misma del que habita entre ellos.
Un murmullo creciente le anunció la llegada. No era una procesión bulliciosa, sino una comitiva solemne. Allí estaba el Príncipe, vistiendo lino blanco sencillo, sin los ornamentos de los antiguos reyes. Su autoridad era de otro tipo: la de un pastor bajo el Pastor supremo. Tras él, venían los sirvientes del Templo con los animales para el holocausto: un cordero sin defecto, seis corderos más, y un carnero. La provisión era del Príncipe, como estaba prescrito. Eliab observó los ojos tranquilos de los animales, el vapor de su aliento en el aire fresco de la mañana.
El Príncipe se detuvo en el umbral exterior, justo donde los rayos del sol empezaban a calentar la losa. Desde dentro, los sacerdotes, Eliab entre ellos, completaban el holocausto matutino regular. Solo entonces, en ese intervalo cargado de silencio y humo aromático, el Príncipe cruzó el umbral. No entraba en el atrio interior; se postraba allí, en el marco mismo de la puerta abierta, y adoraba. Era un acto de sumisión y de acceso, limitado y preciso. Eliab podía ver la nuca del hombre, la tensión devota de sus hombros inclinados. La ofrenda de su holocausto y sus ofrendas de paz se harían entonces, en ese lugar liminal entre el pueblo y el santuario.
La ceremonia procedió con una cadencia lenta, casi pesada. Los levitas despellejaban y cortaban las piezas. La sangre, recogida en tazones de bronce, era llevada al altar por los sacerdotes. El olor a carne quemándose sobre la leña de ciprés se mezclaba con el incienso, creando una nube espesa y dulzona que ascendía recta en el aire en calma. Eliab, al ver la grasa quemarse con un chisporroteo bajo, pensaba no en la muerte, sino en la consagración. Todo se consumía. Nada se guardaba. Era una entrega completa, un eco de la obediencia que ahora regía todas las cosas.
Cuando el Príncipe salió, lo hizo por el camino por el que había entrado. La puerta no se cerraba tras él de inmediato. Quedaba abierta hasta el atardecer, un portal de luz y gracia accesible. El pueblo común podía acercarse entonces al umbral de esa misma puerta, a adorar mirando hacia el interior, hacia el lugar donde el humo aún ascendía. Eliab vio a familias enteras, a ancianos con las manos temblorosas alzadas, a un niño que se dormía en los brazos de su madre, agotado por la larga espera. No era el caos bullicioso de las antiguas fiestas, sino una quietud expectante. La ley era clara: el pueblo adoraba desde el exterior, en orden, sin invadir los espacios reservados. Y así debía ser.
Al caer la tarde, cuando la sombra del pórtico oriental se alargaba como un manto púrpura sobre el atrio, Eliab, junto a otro sacerdote, empujaron las pesadas hojas de cedro. El chirrido del gozne era un sonido grave y final. La puerta se cerró con un golpe sordo que resonó en la plaza despejada. La luz quedó fuera. Dentro, solo las lámparas del Lugar Santo comenzaban a titilar en la penumbra.
Más tarde, en su celda austera, Eliab reflexionaba sobre el día. No eran solo rituales. En la ofrenda del Príncipe cada mañana, en la puerta que se abría y se cerraba con puntualidad celestial, en la provisión de harina y aceite medida al *hin*, veía los contornos de un mundo sanado. Un mundo donde la voluntad de Dios no era un misterio inescrutable, sino un camino pavimentado, con puertas y horarios. Donde el poder, encarnado en el Príncipe, no se exhibía, sino que se sometía, postrándose en un umbral. Donde el acceso a lo sagrado estaba regulado, pero garantizado. Era una belleza severa, como la geometría perfecta del Templo mismo.
Tomó una tablilla de cera y un estilo. Con mano temblorosa por el cansancio, no por la edad, empezó a anotar para los que vendrían después: *En el día de reposo, seis corderos sin defecto y un carnero sin defecto… y una ofrenda de un hin de aceite por cada efa…* Las palabras técnicas, secas. Pero entre línea y línea, en su mente, permanecía la imagen imborrable: el sol de la mañana atravesando la puerta abierta, iluminando el humo del sacrificio, y la figura postrada del Príncipe en el umbral, un puente silencioso entre el cielo que ordena y la tierra que, al fin, aprende a obedecer.




