Biblia Sagrada

El Salmo que Baila en la Memoria

La memoria es un lienzo extraño. No recuerdo el rostro de mi abuelo con claridad, pero recuerdo sus manos, nudosas como raíces de olivo, pasando las páginas del libro. Recuerdo la luz de aquella tarde en la aldea, un polvo dorado que bailaba entre los postigos medio cerrados. Y recuerdo su voz, grave y ronca, salmodiando palabras que entonces solo eran sonido: “Cuando salió Israel de Egipto, la casa de Jacob de un pueblo extraño…”

Yo era un niño, y Egipto era solo un nombre en un mapa polvoriento. Pero en su voz, Egipto era un peso, un silencio opresivo, el sabor a hierro de las cadenas. No nos explicaba los versículos; los habitaba. Cerrábamos los ojos, y él nos llevaba de la mano por esa geografía sagrada y temblorosa.

“Judá vino a ser su santuario, Israel su señorío.”
Dejaba que las palabras resonaran. Luego, con un hilo de voz, decía: “No eran un ejército. Eran un santuario ambulante. Donde plantaban sus tiendas, allí estaba el lugar santo. Donde pisaban, allí empezaba la tierra de Dios. Llevaban la libertad como un altar portátil.” Y uno miraba el patio de tierra fuera de la casa y casi podía ver las estacas de las tiendas clavándose en la promesa.

Entonces venía el prodigio, y su voz cambiaba, se hacía baja, casi de asombro. “El mar lo vio y huyó; el Jordán se volvió atrás.”
No eran metáforas para él. “¿Has visto alguna vez al mar *huir*?”, preguntaba, y sus ojos brillaban. “No es una marea que baja. Es un animal que, de repente, ve algo más grande que su propia furia, algo que lo llama por un nombre que solo su Creador conoce, y retrocede con un gruñido de espuma, enseñando el lomo oscuro de la tierra que nunca había visto el sol. El Mar Rojo no se abrió por cortesía. Huyó. Tuvo miedo.” Yo contenía la respiración, imaginando ese muro de agua sosteniendo su propio terror, los flancos relucientes del abismo por donde pasaba, con sandalias gastadas, mi propia sangre antigua.

Y luego, lo imposible hecho danza. “Los montes saltaron como carneros, los collados como corderos.”
Aquí se le quebraba un poco la voz. “Piensa en los montes de Moab, niño. Macizos, anclados en los siglos, más viejos que cualquier rey o imperio. Piedra sobre piedra, pesados de historia y silencio. Y los vio pasar… y no pudieron quedarse quietos.” Hacía un gesto con la mano, un pequeño temblor hacia arriba. “No fue un terremoto. Fue un *reconocimiento*. Fue como si, por un instante, la creación entera recordara su infancia, el día en que fue llamada a existir de la nada. Y al ver pasar al Pueblo de la Promesa, al santuario vivo, los montes perdieron su compostura. Saltaron. No con terror, sino con una alegría torpe, enorme, como un cordero recién nacido. Los collados, las pequeñas colinas, brincaron detrás, en un corro de júbilo pétreo.” Sonreía. “Hasta la tierra inanimada reconoce a su Dios, cuando pasa por en medio de los que Él ha redimido.”

Hacía una pausa larga, dejando que el eco de los montes saltarines se apagara en el cuarto. La luz ya era tenue. Entonces, la última pregunta, la que siempre me helaba la espina dorsal.

“¿Qué tuviste, oh mar, que huiste? ¿Y tú, oh Jordán, que te volviste atrás? ¿Y vosotros, montes, que saltasteis como carneros? ¿Y vosotros, collados, como corderos?”
El silencio era absoluto. Él buscaba mi mirada en la penumbra. “No lo preguntaba el salmista por no saber la respuesta”, susurraba. “Lo preguntaba para que *nosotros* la dijéramos. Para que la gritáramos.”

Y entonces, su mano, que antes había estado quieta sobre el libro, se alzaba, no con dramatismo, sino con una certeza tranquila, solemne.

“¡Salta, tierra, en presencia del Señor, en presencia del Dios de Jacob!”
No era un mandato. Era una invitación. Una revelación. El mar no huyó del pueblo. El Jordán no se retiró ante los sacerdotes. Los montes no saltaron por las tribus. Todo, toda la fuerza bruta de la creación, retrocedió, tembló, y bailó por una sola razón: porque Aquel que la había hecho caminaba, invisible pero real, en medio de ellos. El Dios de Jacob. El que había tomado a un engañador, a un hombre que huía, y lo había nombrado Israel. El que transforma identidades. El que hace de esclavos un santuario. El que convierte el desierto en un atrio y el lecho de un río en un camino sagrado.

“Él es la roca”, decía mi abuelo al final, cerrando el libro con suavidad. “Todo lo demás… los mares, los ríos, los montes… es agua que huye, tierra que baila. Solo Él permanece. Y si Él va contigo, hasta el desierto más seco se estremece.”

Años después, leo solo el mismo salmo. Ya no está su voz, pero en el silencio entre versículo y versículo, todavía oigo el crujir de la arena bajo millones de pies, el retumbo lejano de los montes despertando de su sueño de siglos, y el susurro del viento en el desierto, que aún lleva la huella de aquel paso sagrado. Y comprendo que el salmo no es un recuerdo. Es una profecía permanente. Una llamada a que todo, hasta lo más sólido en mi vida, aprenda a saltar de gozo, o a huir despavorido, cuando Él pasa por en medio.

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