Aquella noche, en las estancias altas del palacio de Susa, el sueño se le había vuelto esquivo al rey Asuero. No era el vino, ni el peso de la corona. Era una inquietud sorda, un malestar sin nombre que le hacía dar vueltas en el lecho de marfil. El aire, pesado y cálido, olía a jazmín y a polvo de mármol. Finalmente, con un gruñido de fastidio, se levantó. Las baldosas del suelo estaban frías bajo sus pies descalzos. Llamó a un sirviente con un gesto seco.
—Tráeme el libro de las memorias, las crónicas. Que me las lean. Quizá el aburrimiento me devuelva el sueño.
El sirviente desapareció en la penumbra del corredor y regresó pronto, cargando un pesado rollo de pergamino. Un lector, un eunuco de voz monótona y clara, comenzó a pasar las páginas. Los nombres y los hechos se sucedían en la quietud de la noche: impuestos recaudados, provincias pacificadas, insurrecciones sofocadas. El rey apoyaba la cabeza en la mano, los ojos entrecerrados, escuchando sin escuchar. Hasta que de pronto, una mención le hizo levantar la mirada.
—Espera. Lee eso de nuevo.
El lector tosió, un poco nervioso, y repitió:
—«En el mes de Nisán, del año duodécimo del rey Asuero, los eunucos Bigtán y Teres, guardianes del umbral, concibieron un complot para asesinar al rey. El hecho fue descubierto y dado a conocer al rey por Mardoqueo el judío, hijo de Jair, de la tribu de Benjamín, que servía a las puertas del palacio.»
Un silencio se extendió. El rey se incorporó. El recuerdo, vago y lejano, cobró forma de pronto. Recordaba la conmoción, los dos hombres ahorcados en la horca, la sensación de peligro que se desvanecía. Pero no recordaba nada más.
—¿Y qué se hizo para honrar a este Mardoqueo? ¿Qué recompensa o dignidad se le otorgó por este servicio? —preguntó, frunciendo el ceño.
Los cortesanos que asistían, medio dormidos, se miraron entre sí. El más anciano, un hombre de rostro surcado de arrugas, respondió con voz temblorosa:
—Mi señor, nada se ha hecho por él. No hay registro de honra alguna.
Asuero se quedó quieto. Aquella injusticia, pequeña pero clara, se le antojó de pronto la causa de su insomnio. Un hombre le había salvado la vida y el reino lo había olvidado. Eso no podía quedar así.
—¿Quién hay en el patio? —inquirió, impaciente.
—Mi señor, el visir Hamán acaba de entrar en el patio exterior. Ha venido a primera hora para hablar contigo —informó otro sirviente.
El rey esbozó una sonrisa seca. La providencia, o el azar, parecían aliarse con él esa madrugada.
—Que pase.
Hamán entraba con el pecho henchido de orgullo. La noche anterior había sido larga y amarga, llena de rabia por el desaire de aquel judío insolente, Mardoqueo, que seguía negándose a inclinarse ante él. Pero ahora, con la primera luz del alba filtrándose por las columnas, su ánimo estaba decidido. Iba a pedir al rey, nada menos, la horca para el hombre. Una horca bien alta, de cincuenta codos, plantada en el centro de la ciudad, para escarmiento de todos. Se ajustó el fajín de púrpura y avanzó con paso firme.
Antes de que pudiera abrir la boca para exponer su petición, el rey le salió al encuentro con una pregunta inesperada.
—Hamán, ven acá. Quiero consultarte algo. ¿Qué debe hacerse con un hombre a quien el rey desea honrar?
Hamán se detuvo en seco. Su mente, ágil y vanidosa, trabajó a toda velocidad. “¿A quién desearía honrar el rey más que a mí mismo? Sin duda se refiere a mí.” Una oleada de calor le subió por el cuello. Contuvo una sonrisa de triunfo.
Se aclaró la garganta, adoptando un aire de falsa modestia y profunda sabiduría.
—Mi señor, para el hombre a quien el rey desea honrar —comenzó, midiendo cada palabra—, debe hacerse lo siguiente: que traigan el vestido real que el rey suele usar, y el caballo que el rey monta, y que lleven puesta en la cabeza del caballo una corona real. Que entreguen el vestido y el caballo a uno de los príncipes más nobles del rey, y que vista al hombre a quien el rey desea honrar, y que le haga montar en el caballo por la plaza de la ciudad. Que el príncipe proclame delante de él: “¡Así se hace con el hombre a quien el rey desea honrar!”
Hamán hablaba con un brillo de ambición en los ojos. Ya se veía a sí mismo, enfundado en la púrpura del rey, cabalgando el corcel real, la multitud vitoreando su nombre. Era la escena perfecta.
El rey Asuero asintió, lentamente. Parecía satisfecho con la respuesta.
—Bien dicho, Hamán. Date prisa, entonces. Toma el vestido y el caballo, tal como has explicado, y haz exactamente eso con Mardoqueo el judío, que está sentado a la puerta del palacio. No omitas nada de todo lo que has dicho.
Por un instante, el mundo de Hamán se detuvo. El sonido de la fuente en el patio, el canto lejano de un pájaro, la respiración de los guardias, todo se desvaneció en un zumbido sordo. Solo unas palabras resonaban, martilleando en su cráneo: “…con Mardoqueo el judío”. La sangre se le heló en las venas. Una amargura tan intensa que le quemó la garganta le impidió respirar. Había cavado su propia fosa con palabras doradas.
—Sí… sí, mi señor —logró balbucear, haciendo una reverencia tan profunda que casi pierde el equilibrio.
Salieron al patio, donde la mañana empezaba a clarear. Allí estaba Mardoqueo, sentado en su sitio habitual, con su túnica modesta y su rostro sereno. Hamán tuvo que aproximarse, con el manto real plegado sobre sus brazos, seguido por criados que llevaban el caballo engalanado. El odio que sentía era un veneno físico, pero la orden del rey era irrevocable.
—Levántate —dijo la voz de Hamán, ronca y forzada.
Mardoqueo lo miró, sin sorpresa, sin júbilo, con una calma que a Hamán le resultó insufrible. Le ayudó a ponerse el manto real, le ajustó los pliegues. Luego, con los dientes apretados, Hamán hizo que Mardoqueo montara el caballo. Él mismo, el primer ministro, tomó las riendas y comenzó a caminar delante del animal, por la plaza mayor de Susa.
La ciudad despertaba. Los mercaderes levantaban los toldos de sus puestos, las mujeres acudían a la fuente. Y todos se detenían, boquiabiertos, al ver el desfile inaudito: el judío Mardoqueo, vestido como el rey, cabalgando solemnemente, y el poderoso Hamán, el hombre que todo el mundo temía, gritando como un pregonero cualquiera:
—¡Así se hace con el hombre a quien el rey desea honrar!
La voz de Hamán se quebraba de rabia y humillación. Cada paso era una agonía. Cada mirada de asombro de la gente era un puñal. Al final del recorrido, cuando ayudó a Mardoqueo a desmontar, este solo le inclinó ligeramente la cabeza, un gesto de reconocimiento cortés, no de sumisión. Luego, Mardoqueo se quitó el manto real, se lo devolvió, y volvió a su sitio en la puerta del palacio, como si nada hubiera ocurrido.
Hamán, en cambio, huyó. Corrió hacia su casa con la cabeza cubierta por el manto, ahogado en vergüenza y furia. Al llegar, se desplomó en un diván, gimiendo. Su esposa Zeres y sus amigos acudieron alarmados. Él, con la voz entrecortada, les contó lo sucedido. Cuando terminó, hubo un silencio espeso, cargado de mal augurio.
Zeres, pálida, fue la que habló, y sus palabras cayeron como piedras en un estanque quieto.
—Si ese Mardoqueo, ante quien has comenzado a caer, es de la raza de los judíos, no podrás con él. Ante él caerás sin remedio.
Aún estaban hablando, con el ánimo por los suelos, cuando llegaron los eunucos del rey. Habían venido a buscar a Hamán con urgencia. El banquete que la reina Ester había preparado estaba listo. Hamán se levantó, se compuso la ropa, tratando de ocultar el desastre en sus ojos. Pero mientras caminaba de vuelta al palacio, escoltado, un frío que nada tenía que ver con la mañana se le instaló en el corazón. La rueda había comenzado a girar, y él, que creía empujarla, se encontraba ahora atrapado en sus radios. La honra que había diseñado para sí mismo se había convertido, con una ironía divina y terrible, en el preludio de su propia ruina.




