Biblia Sagrada

La Petición de Sabiduría

El calor en Gabaón era denso, como un manto pesado que envolvía la llanura. No era el calor seco del desierto, sino uno húmedo, cargado del aroma de la tierra mojada y los miles de sacrificios que habían ascendido desde aquel lugar alto a lo largo de los años. Salomón sintió el peso de la tela de lino fina sobre sus hombros, no el peso físico, sino el otro, el que había comenzado a posarse sobre él desde el día en que el aceite de la unción resbaló por su frente. David, su padre, dormía en la tumba de la ciudad. El trono, ahora suyo, era de cedro y oro, pero a veces, en el silencio de la noche, le parecía hecho de espinas.

La caravana real había dejado Jerusalén al alba. El polvo levantado por los carros y los caballos flotaba aún en el aire, atrapando la luz del sol en un resplandor dorado y molestando los ojos. Salomón no viajaba solo. Los comandantes del ejército, los jueces, los jefes de las casas paternas, todos lo seguían. Era una procesión de poder, pero él, en lo más profundo, se sentía como un niño llevado de la mano a un lugar demasiado grande. Gabaón. Allí estaba la Tienda del Encuentro, aquella reliquia sagrada que Moisés había alzado en el desierto. No era el Arca; el Arca estaba en Jerusalén, bajo el dosel que David había preparado. Pero aquí, en este cerro pedregoso, permanecía el antiguo altar de bronce que Bezalel había hecho, el lugar donde, se decía, la presencia de Yahveh se posaba con una familiaridad antigua y terrible.

Al descender de su montura, sus sandalias pisaron la tierra reseca. Observó la Tienda. No era imponente como el palacio que comenzaba a imaginar. Era de pieles de carnero teñidas y lino fino, desgastada por el viento y el sol, un recordatorio ambulante de un pueblo errante. Sintió un escalofrío a pesar del calor. Aquello era historia viva. Era la fe de su padre, una fe nómada y feroz. Él, que soñaba con edificios permanentes, con reinos estables, se encontraba ahora ante la fragilidad itinerante de lo divino.

La ceremonia fue extensa. Los levitas, sus rostros solemnes, realizaban los ritos con una precisión milenaria. El olor a sangre y grasa quemada se mezclaba con el dulce aroma del incienso. Salomón presentó sus ofrendas, mil holocaustos, un número que hablaba de devoción y también de la abundancia que su padre le había legado. La pira del altar era un infierno crepitante, las llamas lamiendo el cielo que comenzaba a teñirse de púrpura con el ocaso. El humo ascendía en espirales gruesas, una columna que parecía unir, por un momento, la tierra polvorienta con el firmamento infinito.

Cuando cayó la noche, ordenó que lo dejaran solo. Sus sirvientes se retiraron con inquietud, acampando a cierta distancia. La luz de las antorchas en los postes del recinto bailaba sobre las pieles de la Tienda, dando vida a sombras movedizas. Salomón entró. No al santísimo —eso no le estaba permitido—, sino al lugar santo. El aire dentro era distinto, quieto, saturado de un olor a especias antiguas y aceite santo. La única luz provenía de una lámpara de aceite de oro, su llama parpadeante reflejada en los utensilios de bronce pulido. Se arrodilló. El silencio era absoluto, tan profundo que podía oír el latido de su propia sangre en sus oídos.

No suplicó riquezas. Las arcas de su padre estaban llenas. No pidió la vida de sus enemigos. Las fronteras estaban, por ahora, en calma. La imagen que lo abrasaba por dentro era la de los rostros que lo miraban en Jerusalén: los ancianos con sus pleitos interminables sobre linderos y heredades, los comandantes con sus informes de escaramuzas en las fronteras, las madres que reclamaban justicia por un hijo, los campesinos que discutían sobre un pozo. Rostros que esperaban algo de él. Un juicio. Una decisión. Una palabra sabia.

Y él no se sentía sabio. Se sentía joven, inexperto, abrumado por el legado de un gigante. Su padre había sido guerrero, poeta, amante, pecador, arrepentido. Un hombre de pasiones intensas que, al final, había encontrado gracia. Salomón era un hombre de paz, de planes, de arquitectura mental. ¿Pero cómo se gobernaba? ¿Cómo se discernía entre lo justo y lo conveniente? ¿Cómo se llevaba el peso de un pueblo que era, a la vez, pueblo de Yahveh y un conjunto de hombres y mujeres con hambre, envidias y sueños pequeños?

Abrió los labios y su voz, al principio un hilo de aire, se fue fortaleciendo en la penumbra.

“Yahveh, Dios de mi padre David,” comenzó, y el título resonó en el espacio reducido. “Tú fuiste grande en misericordia con él, porque caminó delante de ti en fidelidad, en justicia y con rectitud de corazón. Y tú le mantuviste esta tu gran misericordia, y le diste un hijo que se sentara en su trono, como en este día.”

Hizo una pausa, tragando saliva. El polvo del viaje le secaba la garganta.
“Ahora pues, Yahveh Dios, cumple la promesa que hiciste a David mi padre. Porque tú me has hecho rey sobre un pueblo tan numeroso como el polvo de la tierra. Dame, te ruego, sabiduría y ciencia para salir y entrar delante de este pueblo. Porque ¿quién podrá gobernar a este tu pueblo tan grande?”

No fue una petición elocuente. Fue la oración rota de un hombre que sentía el abismo entre el cargo y la capacidad. No pidió gloria, ni larga vida, ni la muerte de sus rivales. Pidió la herramienta para servir. Pidió un corazón que escuchara. Pidió entender.

Se quedó allí, arrodillado, hasta que sus músculos protestaron con dolor. La llama de la lámpara seguía parpadeando, su luz constante en la oscuridad que lo rodeaba. No hubo trueno. No hubo terremoto. Pero, en un momento dado, una quietud diferente llenó el lugar. Una certeza. No una voz audible, sino una impresión clara y profunda en su espíritu, como si una palabra se hubiera escrito directamente en su mente.

Y la palabra fue: “Porque esto ha estado en tu corazón, y no has pedido riquezas, bienes, gloria, la vida de tus enemigos, ni aun has pedido larga vida, sino que has pedido para ti sabiduría y ciencia para gobernar a mi pueblo, sobre el cual te he puesto por rey, sabiduría y ciencia te son dadas. Y también te daré riquezas, bienes y gloria, como nunca las hubo entre los reyes antes de ti, ni las habrá después de ti.”

No fue un acuerdo. Fue un don. Un torrente de claridad que pareció lavar la niebla de su incertidumbre. No era que de repente supiera todas las cosas, sino que supo que sabría discernir. Que tendría el entendimiento para escuchar, para pesar, para juzgar. La carga no se había aliviado, pero ahora sentía que sus hombros podían soportarla.

Salió de la Tienda al aire de la noche. Las estrellas, incontables, parecían más brillantes, más cercanas. El campamento dormía. Un centinela tosió a lo lejos. Respiró hondo, y el aire, ahora fresco, le llenó los pulmones. Regresó a su tienda real con pasos firmes. Al día siguiente, al ofrecer nuevos sacrificios y celebrar un festín con todos sus siervos, hubo algo distinto en su mirada. Los hombres que lo observaban, los mismos jefes y comandantes, notaron un cambio sutil. No era arrogancia. Era una serenidad nueva, una luz de profunda atención en sus ojos.

De regreso a Jerusalén, mientras su carro avanzaba por el camino polvoriento, no veía sólo colinas y rebaños. Veía sistemas de riego, veía lugares para almacenes, veía la necesidad de administradores íntegros. Y, sobre todo, veía a su pueblo no como una masa indiferenciada, sino como un tejido complejo de historias, necesidades y derechos. La sabiduría no era un título. Era una lente a través de la cual mirar el mundo. Y Yahveh se la había dado.

Años después, cuando los embajadores de tierras lejanas llegaran con sus enigmas y sus regalos exóticos, cuando la fama de su juicio se extendiera hasta los confines del mundo conocido, Salomón recordaría siempre aquella noche en Gabaón. No el humo de los sacrificios, ni el brillo del oro del altar, sino la oscuridad silenciosa de la Tienda, el frío del suelo en sus rodillas, y la simple, abrumadora petición de un corazón que, por un instante, había entendido cuál era el único verdadero tesoro. Y cómo, al pedir ese tesoro, todo lo demás había sido añadido.

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