Biblia Sagrada

La Bendición Cruzada de Jacob

La estancia olía a especias secas, a lana antigua y a la tierra húmeda traída por los pies desde el exterior. Jacob se incorporó con dificultad sobre el lecho de pieles, apoyando la espalda en una almohada de lino rellena de paja. El esfuerzo le arrancó un jadeo seco, un sonido que parecía sacudirle desde algún lugar profundo, como si el viento soplara a través de una grieta en una roca vieja. La luz del atardecer, anaranjada y polvorienta, se filtraba por la abertura de la tienda y le daba a su pelo blanco, desplegado sobre los hombros, un extraño brillo de brasa a punto de apagarse.

Había llamado a José. Y José había venido, trayendo consigo a sus dos hijos. Los miraba ahora desde la penumbra de su rincón. Manasés, el mayor, y Efraín, el menor. Dos muchachos egipcios en su vestimenta, con el corte de pelo propio de la corte, pero que llevaban en la sangre, él lo sabía, el eco de la promesa. Los vio inclinarse, el gesto torpe pero respetuoso. Un dolor, o tal vez no era dolor sino una emoción demasiado vasta para tener nombre, le oprimió el pecho.

“Acércalos,” dijo Jacob, y su voz era un susurro áspero, como el roce de dos piedras. José los tomó de la mano y los llevó hasta el borde del lecho. El anciano alargó un brazo tembloroso. Sus manos, nudosas y surcadas de venas azuladas como mapas de ríos secos, se posaron sobre las cabezas de los muchachos. Los dedos de Jacob exploraron los rostros, los contornos de los pómulos, la curva de las frentes. La vista le fallaba, convertía el mundo en un par de manchas de luz y sombra, pero el tacto… el tacto aún podía ver. Podía leer la historia en los huesos.

“No esperaba volver a verte,” murmuró Jacob, y esta vez no hablaba a los niños, sino a José. Su voz cobró un poco de fuerza, un hilo de claridad en la niebla. “Pero Dios me ha permitido ver también a tu descendencia.”

José no dijo nada. Se había arrodillado en el suelo de tierra apisonada, y un brillo húmedo le velaba la mirada fija en el rostro consumido de su padre. Jacob respiró hondo, y el aire silbó en su pecho. Retiró las manos de las cabezas de los niños y, con un movimiento lento que parecía costarle un esfuerzo inmenso, las cruzó sobre su propio pecho.

“El Dios ante quien caminaron mis padres Abraham e Isaac,” comenzó, y las palabras ya no eran susurros, sino una declaración baja, grave, que llenaba la tienda con el peso de los siglos, “el Dios que me ha apacentado desde que soy mío hasta este día, el Ángel que me ha redimido de todo mal…”

Hizo una pausa. El título “Ángel” se quedó flotando en el aire cargado. No era un mensajero cualquiera. Era Aquel que lucha, que bendice, que aparece en el vado del torrente cuando la noche es más negra. Jacob cerró los ojos, viendo no la penumbra de la tienda, sino el resplandor de una hoguera bajo un cielo estrellado en Betel, la figura misteriosa junto al Jaboc, las piedras erguidas como testigos mudos.

Abrió los ojos, o lo que quedaba de su visión dirigida hacia donde sabía que estaba José.
“Bendiga a estos jóvenes,” continuó, y cada palabra era como una piedra preciosa que sacaba de la memoria y colocaba en su sitio. “Sea llamados en ellos mi nombre, y el nombre de mis padres Abraham e Isaac. Y multiplíquense en gran manera en medio de la tierra.”

Luego, vino el silencio. Un silencio tenso, expectante. José notó la posición de su padre, las manos aún cruzadas. Algo no encajaba. Los muchachos estaban colocados así: Manasés, el primogénito, a la derecha de Jacob (la izquierda del anciano, dada su orientación), y Efraín a su izquierda (la derecha del anciano). La bendición de la diestra, la posición de primacía, correspondería naturalmente a Manasés.

Pero Jacob desenlazó sus brazos. Su mano derecha, temblorosa pero decidida, se elevó y fue a posarse, no sobre la cabeza de Manasés que tenía a su izquierda, sino que la cruzó por delante de su propio cuerpo. José contuvo la respiración. Vio la mano nudosa, la palma abierta como un mapa de destinos, descender suavemente sobre la cabeza de Efraín, el menor, que estaba a su derecha. La mano izquierda, casi al mismo tiempo, se movió hacia la cabeza de Manasés.

Era un gesto torcido, un gesto que contradecía el orden establecido. Un gesto, pensó José con un sobresalto, que él mismo había visto en sueños: gavillas que se inclinaban, astros que rendían homenaje. Un orden nuevo impuesto por una voluntad más alta.

“Padre mío,” dijo José, y su voz sonó extraña, urgente, rompiendo el solemne ritual. “No así.” Se inclinó hacia delante, como queriendo guiar las manos del anciano. “Este es el primogénito. Pon tu diestra sobre su cabeza.”

Jacob no apartó las manos. Ni siquiera pareció molesto. Una sonrisa leve, casi imperceptible, jugó en sus labios secos. Era la sonrisa de quien conoce un secreto que los demás aún no alcanzan a ver.

“Lo sé, hijo mío, lo sé,” dijo, y su voz tenía ahora una ternura infinita, una paciencia de quien ha luchado con Dios y con los hombres y ha prevalecido. “Él también será un pueblo, y también será engrandecido. Pero su hermano menor será mayor que él, y su descendencia será plenitud de naciones.”

Y entonces, allí, en la penumbra creciente, con el olor a cilantro y comino flotando en el aire y el último resplandor del sol acariciando los flecos de la tienda, Jacob los bendijo. No con fórmulas huecas, sino sumergiéndolos en la corriente poderosa de la promesa.

“El Dios en cuya presencia han caminado mis padres,” prosiguió, y ahora su voz era un canto ronco, un rumor de aguas profundas, “el Dios que me mantiene desde que yo soy hasta este día, el Ángel que me libera de todo mal, bendiga a estos jóvenes. Y sea perpetuado en ellos mi nombre, y el nombre de mis padres Abraham e Isaac. Y crezcan multiplicándose sobre la tierra.”

Las manos, ya no temblorosas sino firmes por un poder que no era suyo, presionaron las cabezas. En ese instante, algo pasó. No fue un rayo, ni un temblor. Fue más bien como si la tienda se hubiera expandido, como si sus paredes de pelo de cabra se hubieran disuelto para abarcar desiertos y ríos, montañas y llanuras. José lo sintió. Sintió que su padre no estaba solo bendiciendo a sus hijos. Estaba transfiriendo. Pasando la antorcha. Inscribiendo a Efraín y a Manasés, no como nietos, sino como patriarcas, en la línea misma de la herencia. Eran Rubén y Simeón, Levi y Judá. Eran parte del mosaico.

Cuando Jacob retiró las manos, el cansancio lo inundó como una ola. Se dejó caer hacia atrás sobre las pieles, agotado. La luz se había ido casi por completo. José, con el corazón palpitándole en la garganta, hizo una seña a sus hijos. Los muchachos, solemnes y confusos, retrocedieron y salieron en silencio, dejando a padre e hijo a solas con el crepúsculo y el peso de lo sagrado.

José se quedó mirando el perfil de su padre contra la oscuridad. No era solo un anciano moribundo. Era un puente. El último eslabón de una cadena que empezó en Ur, que pasó por promesas hechas bajo las estrellas, por risas incrédulas en una tienda, por luchas junto a un arroyo, por sueños y traiciones, por pozos secos y carros dorados. Y ese puente, ahora, se extendía hacia un futuro que él, José, no vería. Un futuro donde sus hijos llevarían el nombre de Israel.

Jacob abrió los ojos una vez más, y en la oscuridad, a José le pareció que brillaban con una luz propia.
“He aquí, yo muero,” dijo, tan sencillamente como quien anuncia la lluvia. “Pero Dios estará con vosotros, y os hará volver a la tierra de vuestros padres.”

Luego, cerró los ojos. El silbido de su respiración se hizo más regular, más profundo. José permaneció arrodillado un tiempo largo, hasta que la noche se hizo completa. El aroma de las especias se mezcló con el de la tierra nocturna. Y en su mente, más claras que cualquier recuerdo del esplendor de Menfis, se quedaron grabadas para siempre la imagen de aquellas manos cruzadas, torciendo el curso de la historia, y el suave, irrevocable peso de la diestra sobre la cabeza del más pequeño.

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