El aroma a sal marina y pescado seco aún se le pegaba a la piel, aunque hacía años que no echaba las redes. Simón Pedro, ahora Pedro para los hermanos que venían de lejos, apoyó los codos en la tabla desgastada de la pequeña mesa. A través de la ventana de la casa de Juan Marcos en Roma, la tarde se doraba sobre los tejados de la ciudad inmensa, un mundo tan alejado de las aguas quietas de Galilea que a veces le parecía un sueño pesado.
Tenía el papiro delante, y una mezcla de urgencia y ternura le apretaba el pecho. No escribía a una congregación sin nombre, sino a los dispersos, a aquellos que, como él, habían recibido una fe preciosa. Recordó sus manos, ásperas y fuertes, tomando la mano helada de su suegra para levantarla de la fiebre. Así era la fe: un contacto que transfería vida, un don que no se merecía pero que llevaba la firma indeleble de Aquel a quien llamaba “justo”.
La pluma se mojó en la tinta. No serían instrucciones frías. Sería un recordatorio, un testamento de viejo que ha visto la tormenta y el cielo despejado. “Que la gracia y la paz os sean multiplicadas”, empezó, y las palabras fluyeron con el ritmo pausado de quien ha aprendido a medir cada sílaba. No era multiplicación de bienes, sino de una presencia. La misma que había sentido en la barca, bajo la lluvia de luz en el monte, y hasta en el patio del sumo sacerdote, cuando el canto del gallo había partido su alma en dos.
Escribió entonces de las promesas. No eran contratos celestiales, sino las grandes y preciosas promesas que olían a madera recién cortada del barco de Noé, a tierra prometida bajo los pies de Abraham, a un espíritu nuevo anunciado por los profetas. Promesas que, en el Rabbi, se habían hecho carne y hueso. A través de ellas, se había hecho partícipe de la naturaleza divina. La frase era audaz, tan audaz que dejó la pluma suspendida un momento. No era deificación, sino participación, como una rama injertada que recibe la savia del olivo verdadero. Había escapado de la corrupción del mundo, no por su fuerza, sino porque esa savia nueva no podía pudrirse.
Pero entonces, su mente, práctica como la de un pescador que revisa los nudos de su red, pasó a lo concreto. La fe no era un estado de ánimo etéreo. Era el punto de partida. Y sobre esa roca, había que construir. Con la tenacidad de quien levanta una casa en tierra firme, enumeró los ladrillos vivos. A la fe, virtud. A la virtud, conocimiento. Un conocimiento que no era erudición farisaica, sino el conocimiento íntimo del que ama. Al conocimiento, dominio propio. Ahí, su rostro se ensombreció un instante, recordando noches de impulsos fallidos. Al dominio propio, paciencia. La paciencia del agricultor, la suya propia esperando en el atrio después de la negación. A la paciencia, piedad. La reverencia simple del centurión, de la mujer que tocó el manto. A la piedad, afecto fraternal. El amor philia, el de los amigos que comparten el pan y el riesgo. Y a todo ello, como la cúpula que corona el edificio, amor. Ágape. El amor que eligió lavar pies polvorientos, el que miró a Pedro junto a la brasa de la playa y no le reprochó, le dio una misión.
“Porque si estas cosas están en vosotros y abundan”, murmuró leyendo lo escrito, “no os dejarán estar ociosos ni estériles.” La imagen del higuera maldita, sin fruto, pasó por su memoria. La fe sin obras era muerta, sí, pero estas “cosas” eran las obras de la fe misma, el fruto natural de quien permanece en la Vid. Sin ellas, se era como el espejo empañado del viajero que olvida su propio rostro. La miopía espiritual. Se olvidaba de la purificación de los antiguos pecados, y tropezaba una y otra vez con la misma piedra.
Por eso escribía. Por eso urgía. La carpa de su cuerpo estaba gastada, las articulaciones le dolían como anuncios silenciosos. Sabía que su partida era inminente, como el desamarrar de una barca al alba. Y quería dejarles un recordatorio permanente. No una nueva ley, sino el mapa del camino que él había andado, torpemente, pero andado al fin.
Alzó la vista, como si a través de los muros de Roma pudiera ver las caravanas que llevaban sus palabras a Bitinia, al Ponto, a Galacia. A gente como Aquila y Priscila, como Lidia, como esclavos y libertos, soldados y comerciantes. “Procuremos, pues, con más diligencia hacer firme vuestra vocación y elección”, les instaba. No con temor servil, sino con la diligencia del arquitecto que comprueba cada cimiento. Porque haciendo esto, no caerían jamás. Y les estaría franqueada amplia entrada en el reino eterno. No una entrada furtiva, sino una bienvenida triunfal, como la de un general victorioso al que su señor recibe con honores.
El último tramo de la carta le salió de lo más hondo, con la autoridad del testigo ocular. No seguían fábulas ingeniosas, mitos hermosos pero vacíos. Les había hecho conocer el poder, la venida de nuestro Señor Jesucristo. Y entonces, la pluma se llenó de luz. “Pues cuando recibió de Dios Padre honor y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia.”
El recuerdo era tan vívido que el cuarto de Roma se desvaneció. Estaba otra vez en la montaña, el aire enrarecido y frío, la túnica de Jesús emitiendo una luz blanca como ninguna lavandería en la tierra podría lograr. Moisés y Elías hablaban con él. Y él, en su torpeza habitual, había querido hacer tres tiendas, quería detener el tiempo, encapsular la gloria. Pero entonces la nube, la voz. La misma que había rugido sobre el Sinaí ahora hablaba con ternura paternal: “Este es mi Hijo amado.” Y ellos, cayendo rostro en tierra, sobrecogidos de un terror sagrado. Luego, la mano familiar en su hombro. “Levantaos, no temáis.” Al alzar la vista, sólo estaba Jesús. Solo Jesús. Siempre Jesús.
Esa voz, afirmó con fuerza la pluma, fue la que oyeron. La profecía era cierta, como una antorcha en lugar oscuro. Hasta que el día alboree y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones. La profecía no era para interpretaciones privadas y caprichosas. Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana. Hombres, sí, hombres como él, cansados, temerosos, a veces necios. Pero movidos por el Espíritu Santo, hablaron de parte de Dios.
La lámpara de aceite comenzaba a chisporrotear. La noche había caído sobre Roma. Pedro enrolló el papiro con cuidado, ató una cinta sencilla. Su historia, su fe, su advertencia y su esperanza, quedaban allí consignadas. No era un texto perfecto de filósofo. Era la carta de un pescador viejo, marcado por cicatrices y por gracia, que desde la sombra de la partida, pasaba el testigo de la luz. Antes de entregárselo a Silvano, su fiel hermano, para que lo llevara a los dispersos, posó una mano callosa sobre el rollo. Que lo leyeran no como palabras muertas, sino como el eco de una voz en la montaña y el susurro del Espíritu en el corazón. Que construyeran su vida, ladrillo a ladrillo, sobre aquella roca. Para que, cuando amaneciera el día sin ocaso, estuvieran todos en casa.




