El sol de mediodía caía a plomo sobre los tejados planos de Jope. Pedro sentía el calor de las piedras a través de las suelas de sus sandalias mientras caminaba por la azotea de la casa de Simón el curtidor. El olor a sales marinas y cueros en curtimiento se mezclaba en el aire pesado. Era la hora de la oración, pero algo le retenía allí arriba, una inquietud que no acababa de entender.
Se apoyó en la pared blanca de cal, mirando hacia el mar. Las olas rompían con monotonía contra los acantilados, un sonido que conocía bien después de tantas semanas en esta casa junto al mar. De pronto, sin previo aviso, el mundo pareció detenerse. No fue un sueño, sino algo más vívido, como si una cortina se hubiera descorrido entre lo visible y lo invisible.
Vio el cielo abierto y algo semejante a un gran lienzo que descendía suspendido de sus cuatro extremos. Dentro había toda clase de cuadrúpedos, reptiles y aves, aquellos mismos que la Ley declaraba impuros. Oyó entonces una voz que no provenía de ningún lugar y a la vez de todas partes: «Levántate, Pedro, mata y come».
La repulsión fue instantánea, visceral. «De ninguna manera, Señor; porque ninguna cosa común o impura entró jamás en mi boca». La respuesta llegó con una firmeza que le estremeció: «Lo que Dios limpió, no lo llames tú común».
Esto se repitió tres veces, como si la verdad necesitara tiempo para abrirse paso entre sus certezas más profundas. Luego, el lienzo desapareció hacia el cielo, dejándole perplejo y con el corazón acelerado.
Mientras aún trataba de dar sentido a lo visto, unos pasos resonaron en la escalera de piedra. Eran tres hombres—un centurión romano y dos soldados—con el polvo del camino aún en sus ropas. Sus modales eran respetuosos pero directos. El más anciano, un siervo de nombre Justo según supo después, explicó que Cornelio, centurión de la cohorte Itálica en Cesarea, hombre piadoso y temeroso de Dios, había tenido una visión donde un ángel le ordenaba enviar por Pedro.
Algo hizo clic en el espíritu de Pedro. Aquella coincidencia temporal no podía ser casualidad. «Voy con vosotros», dijo simplemente, invitándoles a pasar la noche bajo el techo de Simón, algo que nunca habría hecho antes de aquella visión.
Al día siguiente, seis hermanos de Jope se unieron a ellos en el viaje a Cesarea. La caminata de dos días estuvo llena de conversaciones entrecortadas y largos silencios. Pedro observaba cómo los soldados romanos—aquellos que representaban el poder opresor—trataban con inusual cortesía a los judíos que los acompañaban.
Cuando llegaron a la casa de Cornelio, encontraron algo inesperado. No solo el centurión, sino también sus familiares y amigos cercanos—todos gentiles—los esperaban con ansia. La casa estaba llena de rostros que reflejaban una sincera búsqueda espiritual. Cornelio, un hombre de military porte pero con ojos sorprendentemente humildes, cayó a sus pies en actitud de reverencia.
«Levántate—dijo Pedro alzando su voz por primera vez—, yo mismo soy un hombre».
Al entrar, su mirada recorrió el círculo de personas reunidas. Vió soldados romanos, comerciantes griegos, sirvientes locales—todos incircuncisos, todos técnicamente impuros según las tradiciones que había guardado desde niño. Pero recordó las palabras: «Lo que Dios limpió, no lo llames tú común».
«Vosotros sabéis—comenzó, buscando las palabras—que es prohibido para un varón judío juntarse o acercarse a un extranjero». Hizo una pausa, sintiendo el peso de siglos de tradición rompiéndose dentro de él. «Pero Dios me ha mostrado que a ningún hombre debo llamar común o impuro».
Entonces Cornelio contó su propia visión: un ángel de pie en su casa, diciéndole: «Cornelio, tus oraciones y tus limosnas han subido para memoria delante de Dios. Envía, pues, a Jope y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro».
Pedro sintió cómo el Espíritu le impulsaba a hablar con una libertad que nunca antes había experimentado. Comenzó a explicarles el mensaje de paz por Jesucristo, Señor de todos. Habló de cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, que anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo. Relató la crucifixión y la resurrección, cómo ellos—los apóstoles—habían comido y bebido con él después que resucitó de entre los muertos.
«Mandó—continuó, con la voz cargada de emoción—que predicásemos al pueblo, y testificásemos que él es el que fue destinado por Dios para ser Juez de vivos y muertos. De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre».
Mientras aún hablaba estas palabras, ocurrió lo inaudito. El Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. Los judíos creyentes que habían venido con Pedro—hombres circumcisos—quedaron atónitos al ver que el don del Espíritu Santo se derramaba también sobre los gentiles, porque los oían hablar en lenguas y magnificar a Dios.
Fue un momento de caos sagrado. Algunos lloraban, otros alzaban las manos hacia el cielo, varios hablaban en idiomas que nunca habían aprendido. La presencia divina era tan tangible que se podía casi palpar en el aire.
Pedro miró a los seis hermanos que lo habían acompañado desde Jope. Sus rostros reflejaban el mismo asombro que él sentía. «¿Acaso puede alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?»
Nadie objetó. Allí mismo, en el atrio de la casa de un centurión romano, bautizaron a los nuevos creyentes en el nombre de Jesucristo. El agua corría sobre rostros de todas las naciones representadas en Cesarea, y Pedro comprendió que algo fundamental había cambiado para siempre en el pueblo de Dios.
Los días siguientes en Jope fueron de una tranquilidad engañosa. Pedro sabía que la noticia llegaría a Jerusalén antes que él. Y así fue. Cuando finalmente regresó a la ciudad santa, los creyentes circumcisos—aquellos que provenían del fariseísmo—lo confrontaron directamente.
«¿Por qué entraste en casa de hombres incircuncisos y comiste con ellos?»
Pedro no se defendió. En cambio, les relató todo por orden, desde la visión en la azotea hasta el descenso del Espíritu sobre la casa de Cornelio. No omitió detalles, describiendo cómo Dios mismo había validado su acción al dar el mismo don a los gentiles que a ellos.
«Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?»
El silencio que siguió fue profundo. Podía verse en sus rostros la lucha entre la tradición y la evidencia divina. Finalmente, uno de los más respetados—un anciano que había sido fariseo—rompió el silencio.
«¡Así que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!»
La declaración resonó en la sala. No era una concesión a regañadientes, sino un reconocimiento gozoso de la obra de Dios. Algunos comenzaron a alabar en voz alta, otros abrazaban a Pedro, comprendiendo que las fronteras del reino se habían expandido más allá de lo que jamás imaginaron.
Pedro salió al atardecer, caminando por las calles estrechas de Jerusalén. Las sombras alargadas de los edificios se extendían sobre el empedrado. Recordó las palabras de Jesús antes de ascender: «Me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra». Ahora entendía mejor lo que aquello significaba. El evangelio ya no era solo para los hijos de Abraham según la carne, sino para todos los que a lo lejos estuvieran—gentiles incluidos—que el Señor llamaría.
Una brisa fresca bajaba de los montes de Judea, y en ella parecía soplar un nuevo tiempo para el pueblo de Dios.




