Biblia Sagrada

El Pan en el Desierto

El sol de media tarde caía a plomo sobre la ribera del lago, y con él, una multitud que parecía no tener fin. Habían seguido a Jesús hasta aquel paraje árido, un lugar de piedras calizas y arbustos espinosos, arrastrados por una necesidad más profunda que el hambre, pero el hambre, al final, siempre se impone. Llevaban tres días escuchándole, tres días en los que el tiempo se había detenido, y ahora, el estómago vacío empezaba a recordarles su condición mortal.

Jesús, con el rostro curtido por el sol y la fatiga, se volvió hacia sus discípulos. Su voz era áspera, no por enfado, sino por la misma sequedad que todos respiraban.

—Siento compasión de esta gente. Ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer. Si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino, y algunos han venido de lejos.

Los discípulos se miraron entre ellos, incómodos. Andrés fue quien habló, con ese tono práctico del que está acostumbrado a lidiar con lo imposible.

—¿De dónde podrá sacar alguien aquí, en este desierto, pan para que coman todos?

Fue entonces cuando Felipe, con los labios agrietados, hizo un cálculo rápido y absurdo.

—Ni con doscientos denarios de pan bastaría para que cada uno recibiera un pedazo.

El aire espeso y caliente se llenó de un silencio incómodo. Doscientos denarios. Era el jornal de meses de trabajo. Una cifra que sonaba a sueño inalcanzable. Jesús no pareció inmutarse. Su mirada recorría la multitud, hombres, mujeres, niños con los ojos vidriosos por el cansancio.

—¿Cuántos panes tienen ustedes? —preguntó, con una calma que contrastaba con la ansiedad palpable del grupo.

Andrés, tras un rápido cuchicheo con algunos otros, se acercó con un muchacho que llevaba una pequeña canasta de mimbre.

—Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos… pero ¿qué es esto para tantos?

Jesús tomó los panes. Eran pequeños, densos, del color de la tierra. Los peces, dos sardinas plateadas que ya empezaban a oler a sal y a calor. No hizo un discurso. No alzó la voz de manera dramática. Con una naturalidad que casi pasaba desapercibida, alzó la vista al cielo, dio gracias y partió aquellos panes. Luego hizo lo mismo con los peces. Y se los dio a sus discípulos.

—Repártanlos —les dijo.

Lo que sucedió entonces no fue un estallido de luz ni un trueno sobrenatural. Fue algo más íntimo, más profundo. Los discípulos empezaron a repartir. Y la cesta no se vaciaba. Las manos se extendían, recibían un trozo de pan, un fragmento de pescado, y la cesta seguía teniendo pan. Seguía teniendo pescado. No era magia, era una quieta, serena multiplicación de la sustancia. Como si el mismo polvo del desierto se transformara en alimento bajo la palabra de agradecimiento.

La gente comió. No un bocado simbólico, sino hasta quedar satisfecha. Se oían risas aliviadas, suspiros de bienestar, el murmullo de miles de personas saciándose en medio de la nada. Y cuando terminaron, Jesús volvió a hablar, con esa misma sencillez desarmante.

—Recojan los pedazos sobrantes para que no se pierda nada.

Y ellos recogieron. Y llenaron doce canastas. Doce cestos rebosantes de las sobras de aquellos cinco panes y dos peces. Doce testamentos de un exceso desbordante, de una abundancia que nacía de lo insignificante.

Después, Jesús despidió a la multitud, que emprendió el regreso a sus casas con el cuerpo fortalecido y el alma llena de una pregunta que no se atrevían a formular. Él, junto con sus discípulos, subió a la barca y pusieron rumbo a la otra orilla, hacia la región de Dalmanuta. El lago estaba en calma, pero una tensión nueva se había instalado entre el grupo.

Fue durante la travesía cuando se dieron cuenta de que se habían olvidado de comprar pan. Solo tenían un pan en la barca. Y entonces Jesús, mirando el horizonte de agua, les habló con una severidad que les cortó la respiración.

—Miren, cuídense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.

Los discípulos se miraron, confundidos. Sus mentes, prácticas y terrenales, dieron un salto inmediato.

—Es porque no tenemos pan —murmuró uno.

—Se ha enfadado porque nos olvidamos de comprar comida —susurró otro.

Jesús, al darse cuenta de sus cuchicheos, se volvió. Su mirada era penetrante, casi dolorosa.

—¿Por qué están comentando que no tienen pan? ¿Todavía no entienden? ¿Es que tienen la mente embotada? ¿Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen? ¿No se acuerdan? Cuando partí los cinco panes para los cinco mil, ¿cuántas canastas llenas de sobras recogieron?

—Doce —respondieron a coro, con la voz baja.

—Y cuando partí los siete panes para los cuatro mil, ¿cuántos cestos recogieron?

—Siete —dijeron, esta vez con un atisbo de vergüenza.

Jesús los miró a cada uno, y su voz se suavizó, cargada de una paciencia infinita.

—¿Y todavía no comprenden?

No era una reprimenda por la falta de pan. Era una tristeza profunda porque, después de haber visto la provisión sobrenatural, después de haber recogido con sus propias manos la evidencia tangible del poder de Dios, seguían preocupados por la comida del día siguiente. La levadura de los fariseos no era la falta de planificación, era la incredulidad. Era esa mirada corta que solo ve lo inmediato, lo tangible, lo que se puede contar y medir, y se olvida del que multiplica lo insignificante.

La barca siguió su rumbo, meciéndose suavemente. El único pan, el de verdad, estaba allí, con ellos, y no se habían dado cuenta.

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